Durante años evité la poesía. Estaba de tal manera obcecado en el universo de las ficciones, de las novelas, y había atesorado y sufrido tal cantidad de historias, tal cantidad de preguntas en la memoria anímica hasta el punto de que una novela me llevaba a otra y esta a otra y en última instancia, a escribir, que consideré que no había tiempo para el placer de abandonar la tierra, el fango de la naturaleza para sobrevolar la especie humana. Porque sí, consideraba a los poetas como de otra carne, de otra especie. Incluso a los malditos, esos que son capaces de volar y sumergirse y vuelven a la tierra como si nada hubiera sucedido, aunque hayan quedados rotos por dentro. Durante años imaginé a los poetas y a los novelistas de esta manera: unos desplegando sus alas sobre la llanura de la condición humana, y los otros, arrastrándose en la mierda, en busca de lo que jamás podrán hallar.

Llegué a conocer algunos/as durante mis noches de doble Luna. Y me sorprendía de qué manera eran capaces, de repente, de coger una servilleta de papel, en aquellos bares que ya no existen, y arrancar un trozo de eternidad en un instante en el que, mientras yo procuraba no caer del taburete, ellos sublimaban la instantánea para luego dejar de levitar y hasta compadecerse de mi estado. Parte de todo esto quedaba en mí, pero yo debía regresar a casa (mi habitación de hostal) para dar forma al germen de lo que quizás engendraría una historia. Pero ahí no acababa la cosa. Si finalmente la historia prosperaba, tocaba entregarse a la tarea de arrastrarse, de meterse, de encarnar sobre el papel ese personaje, esa vivencia compartida, ese no saber por qué de todo aquello. Y hacerlo con constancia, al abrigo de la luz de las páginas que van trazando una vida que no existe más que en la cabeza del autor, probablemente durante un año y pico, sin que nadie sepa lo que sucede, totalmente solo, sin más consuelo que el de reconocerse uno mismo en la misma ficción, en la escena del taburete, en el vuelo rasante y hermoso del poeta que, desde el mismo barro, contemplamos como se contempla a alguien que consigue huir de un incendio devastador, al abrigo de las últimas luces del crepúsculo.

En unos minutos, aquella poeta había convertido la trivialidad en poesía, y pude leerlo. Todos los que estábamos allí pudimos hacerlo. Todos fuimos de alguna manera partícipe de ese haz de creación. Pudo hacerlo en su casa, cuidándose de la miradas, pero tarde o temprano lo hubiéramos leído. Todo se reduce a eso. Un vuelo efímero y precioso que todos podemos, si no apreciar, al menos ver; pero yo tuve que arrastrarme durante un año para acabar aquella primera historia. Para cuando lo hice, casi no quedaba nadie, y además corría el riesgo de que nadie quisiera leerla. Escribir un párrafo puede ser arriesgado, no hay margen de error, es cierto, pero el novelista vive y muere todas las noches, y eso que no hablo de la posibilidad de que el libro jamás llegue a la gente. Esto, en mi corta imaginación, solo puede llamarse estercolero, barrizal.

Como digo, la belleza acendrada de las palabras al crepúsculo, y la errante marcha sobre la tierra; ambos, ave y animal de la ciénaga, llegan, si han dicho la verdad, su verdad, a la misma isla, cada vez más distante, cada vez más amenazada por la marea.