Cuerpos de mujeres como territorios de paz y no de guerra

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El titular de mi columna más que un deseo es un ansia porque hoy la realidad evidencia que nuestros cuerpos son territorios de guerra y no de paz. Los datos y relatos de los feminicidios en la última semana de marzo de 2022 son tan escabrosos como dolorosos. Y es que estamos tan golpeadas no sólo porque cada tres días, desde hace casi 11 años, nos han arrebatado la vida de 1.116 mujeres y sus familias, sobrevivientes de la tragedia y trauma, como producto de un patrón de comportamiento en el que el agresor/asesino dispone de la vida de mujeres y de la manera más vil determina ocultar la evidencia deshaciéndose de sus cuerpos como si fueran un trasto: ese objeto, no sujeto, que no sirve para nada, que carece de valor o que está estorbando.

Otro dato no menor es que el 54 por ciento de las causas abiertas por el Ministerio Público, de acuerdo con el fiscal Williams Alave en el programa La Razón Radio en marzo pasado, tienen que ver con violencia de género, así como la referencia de que la mayor parte de personas que están privadas de libertad en los recintos penitenciarios son por estos hechos (acoso, violación, y el extremo feminicidio), o que en Bolivia en el primer trimestre de 2022 se incrementaron en un 43 por ciento las tentativas de feminicidio, según la Fiscalía General del Estado. Esta instancia también reportó también el aumento de 810 casos, es decir el 7%. en las cifras de denuncias por violencia hacia la mujer en el primer trimestre de este año, con relación con el mismo periodo de tiempo en 2021.

Estos datos deberían ser suficientes para abordar esta falla estructural con políticas públicas más ambiciosas, oportunas y sostenidas en los diferentes niveles de gobierno (La Paz es el departamento donde más casos críticos se presentan), en el presupuesto del Estado y en medidas que luchen contra este flagelo que cada vez lacera nuestro débil tejido social.

Y estos hechos no son menores, pues son la muestra de que el hombre violento considera que el cuerpo de la mujer le pertenece, por lo que puede quitarle el último aliento y eliminarlo. Ese es hoy territorio de guerra y durante siglos se ha mantenido en ese estado. Históricamente ha constituido lugares privilegiados para el despliegue de relaciones de poder inequitativas que trasciende al ámbito personal/privado y que implica a cuestiones públicas/colectivas.

Valeria Martinengo nos recuerda que las condiciones sociales e históricas de transición al capitalismo y de acumulación originaria hacen visibles que los cuerpos de las mujeres fueron terreno de explotación afín de su conquista como medios para la reproducción y la acumulación del trabajo, parafraseando a Silvia Federici, quien alerta: “En la sociedad capitalista, el cuerpo es para las mujeres lo que la fábrica es para los trabajadores asalariados varones: el principal terreno de su explotación y resistencia…”.

Desde esta perspectiva, ambas autoras coinciden en que el entramado de desigualdades que se ha construido en el cuerpo del proletariado mundial ha trascendido su capacidad hacia la globalización de una explotación con rostro femenino, ya no solo del hombre por el hombre, sino de la mujer por el hombre, a propósito de la carga que implica la economía del cuidado y que descansa principalmente en nosotras.

Así es innegable advertir que aún existe una fuerte violencia desplegada hacia las mujeres y que la conquista de los cuerpos sigue siendo una precondición para la acumulación de trabajo y riqueza. Reduciendo al sujeto, ser mujer, a un mero objeto de reproducción, satisfacción y sometimiento cotidiano.

Las luchas de hoy -vitalizadas por voces y miradas femeninas cada vez más jóvenes, frescas y contestatarias- alientan a mirar los cuerpos de las mujeres como los principales terrenos para ejercer nuestra acción y desplegar resistencias orientadas a sus (re)conquistas.  

Las legislaciones vigentes, nacionales e internacionales, implican importantes avances con relación a la declaración de derechos, producto de la lucha colectiva sostenida por las mujeres durante décadas. Sin embargo, la distancia entre la letra de las leyes mencionadas y las garantías para el ejercicio de tales derechos es todavía un abismo. Giulia Marchese señala con acierto que “las leyes habilitan posibilidades para enunciar y denunciar las prácticas opresivas y violentas que vivimos, y este movimiento nos posiciona en otro lugar subjetivo produciendo nuevos sentidos y significados”.

Debido a que la violencia en la cotidianidad asume códigos, orienta conductas, impone símbolos y significados según los cuales se vive, educando a mujeres y a comunidades, así como enmarca trayectorias en caminos de vida condicionados, dañados y que se reproducen de generación en generación, como señala Karl Marx “la violencia es lo que asiste la (re)producción de la historia”, lo que genera las condiciones para la (re)producción del sistema” patriarcal, unidireccional y depredador.

Por eso nuestras luchas se encaminan a considerar nuestros cuerpos como territorios libres y de autodeterminación para decidir sobre nuestros cuerpos en la maternidad o no y sobre la libertad para definir nuestra sexualidad; sobre la estética según nuestros propios constructos y voluntades y no pensando en códigos de cosificación o de estereotipos sexualizados afianzados por la industria y mercado; y sobre la libertad de acción y expresión desde nuestras propias realidades y perspectivas femeninas y feministas.

La crítica/acción contra la violencia hacia nuestros cuerpos como mujeres contribuye a revelar las diferencias, fragmentaciones y jerarquizaciones de cuerpos sexualizados y racializados. Marchese propone realizar el análisis territorio-cuerpo y tutelaje desde el cual erradicar la violencia y reconstruir condiciones de habitabilidad y convivencia.

Estas reflexiones intentan responder a una pregunta común que está inquietando a parte de una sociedad que hasta hace poco se mostraba ajena a la problemática: ¿Qué está pasando, por qué tanta violencia y saña hacia la mujer? La sola duda nos abre a un momento de oportunidades para la deconstrucción, reconstrucción y producción de nuevas subjetividades y códigos de interrelación, entre hombres y mujeres, y entre nosotras y nosotres.

Escribo mi columna con los ojos nublados por las lágrimas, mezcla de rabia y dolor, lo único que queda es luchar, cuestionar, interpelar y proponer a la sociedad y a los administradores del Estado y la justicia la demanda de que nuestros cuerpos de mujeres sean territorios de paz: ¡Nos queremos vivas, seguras, sin miedo, nos queremos libres!