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Cuando la narcocultura alimenta el narcoterrorismo

Márcia Batista Ramos

El mundo observó, recientemente, escenas que ya no pueden ser interpretadas como simples operativos de seguridad pública, sino como episodios de guerra interna. En Río de Janeiro, el avance de las fuerzas policiales hacia el “Complexo do Alemão” encontró una respuesta propia de un conflicto armado no convencional: barricadas con fuego, explosivos, drones, fusiles automáticos y una logística diseñada no para la huida, sino para la resistencia y la muerte. Lo que allí se manifestó no fue delincuencia común, sino narcoterrorismo plenamente estructurado.

Estas imágenes no emergen de la nada ni responden a un estallido espontáneo de violencia. Son el resultado de décadas de normalización simbólica del crimen, de la progresiva legitimación cultural, política y territorial de organizaciones que dejaron de operar en la sombra para convertirse en poderes fácticos. Cuando el delito no se oculta, cuando se exhibe con estética propia, lenguaje codificado y control social, el problema deja de ser policial y pasa a ser civilizatorio.Comando Vermelho: del encierro al dominio territorial.

El “Comando Vermelho” no nació en la favela, sino en la cárcel. Surgió hace casi medio siglo en el presidio de “Cándido Mendes”, en “Ilha Grande” en Rio de Janeiro, bajo el nombre de “Falange Vermelha”, como una alianza circunstancial entre presos comunes y militantes políticos de izquierda encarcelados durante la dictadura militar brasileña. Ese origen híbrido —donde la retórica ideológica se mezcló con la lógica del delito— dejó una marca indeleble en su estructura y en su narrativa fundacional.Lo que comenzó como una organización de resistencia carcelaria se transformó rápidamente en la mayor estructura criminal de Río de Janeiro. A lo largo de los años, el Comando Vermelho se expandió, se fragmentó, se reconfiguró y sobrevivió a la muerte o captura de sus principales líderes. Cada golpe estatal fue respondido no con debilitamiento definitivo, sino con mayor enraizamiento territorial, mayor sofisticación armamentista y una creciente internacionalización de sus operaciones.

Hoy, su capacidad bélica y estratégica desborda cualquier noción de criminalidad convencional. El arsenal, el número de hombres, la coordinación desde centros penitenciarios y la presencia en rutas internacionales del narcotráfico sitúan a esta organización en el terreno de lo que debe nombrarse sin ambigüedades: una estructura narcoterrorista.

Estados paralelos y poblaciones cautivas.

El núcleo del problema no es únicamente la violencia, sino el vaciamiento progresivo del Estado. Allí donde el Estado no logra ejercer soberanía efectiva —o donde solo irrumpe de forma eventual y militarizada— el crimen gobierna. En vastas zonas urbanas, las organizaciones armadas regulan la vida cotidiana: imponen normas, castigos, economías ilegales y silencios forzados. La población no elige; queda atrapada.

Cuando cientos de territorios urbanos quedan fuera del control estatal, ya no hablamos de “zonas rojas” ni de “barrios conflictivos”, sino de territorios sustraídos a la legalidad democrática. El narcoterrorismo no solo trafica drogas: administra miedo, disciplina cuerpos y suspende derechos fundamentales.Las alianzas históricas del Comando Vermelho con redes internacionales —incluidas conexiones con el narcotráfico andino— confirman que este fenómeno es transnacional. Su impacto excede a Brasil y compromete a toda América Latina, donde la fragilidad institucional y la corrupción ofrecen terreno fértil para su expansión.

La narcocultura: cuando el crimen se vuelve relatoUno de los aspectos más inquietantes de este fenómeno es su dimensión simbólica. La narcocultura no se limita a expresiones artísticas o mediáticas: se infiltra en discursos políticos y académicos que relativizan la violencia, justifican al victimario y desplazan toda la responsabilidad hacia el Estado como entidad abstracta y culpable de todos los males.Reconocer las desigualdades estructurales, la pobreza histórica y la exclusión social es indispensable. Pero otra cosa muy distinta es romantizar al narcoterrorismo como forma de resistencia. Cuando el criminal es presentado como héroe popular y la organización armada como respuesta legítima a la injusticia, el terror adquiere un barniz moral que lo vuelve aceptable.

Esta narrativa, presente en ciertos sectores de la izquierda latinoamericana, termina siendo funcional al crimen organizado. Al negar el carácter terrorista de estas estructuras, se les concede legitimidad cultural, espacio político y protección discursiva. El resultado es devastador, pues, la violencia se normaliza y el miedo se institucionaliza.

Operativos, polarización y la ilusión de la solución inmediataLas acciones policiales, por necesarias que sean, no constituyen por sí solas a una solución estructural. Cada incursión armada, cada operativo espectacular, suele venir acompañada de una mayor polarización social y de un debate empobrecido. Se instala una falsa dicotomía: o se defiende al Estado o se defiende a los pobres, como si ambas posiciones fueran irreconciliables, dejando de lado el verdadero problema: la criminalidad.

Esa simplificación es una trampa. Sin políticas públicas sostenidas, sin recuperación integral del territorio, sin ruptura de las economías criminales y sin una confrontación cultural directa con la narcocultura, la violencia se reproduce como un ciclo histórico.

Nombrar el horror: una responsabilidad ética.

Mientras sigamos llamando “bandas” a ejércitos irregulares; mientras confundamos exclusión social con legitimidad criminal; mientras el terror sea excusado en nombre de discursos ideológicos, el narcoterrorismo continuará expandiéndose.

Nombrar el fenómeno con precisión no es un acto retórico: es un acto ético y político. Porque cuando la narcocultura alimenta el narcoterrorismo, lo que está en juego no es solo la seguridad pública, sino la posibilidad misma de la democracia, del Estado de derecho y de la vida civil en orden y progreso, en Iberoamérica.

Callar, relativizar o romantizar no es neutralidad: es complicidad.

Bibliografia

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Arias, E. D. (2006). Drugs and Democracy in Rio de Janeiro: Trafficking, Social Networks, and Public Security. Chapel Hill: University of North Carolina Press.

Dias, C. N. (2011). Da pulverização ao monopólio da violência: expansão e consolidação do PCC no sistema prisional paulista. São Paulo: Editora IBCCRIM.

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Reguillo, R. (2012). Culturas juveniles: formas políticas del desencanto. Buenos Aires: Siglo XXI.

Shelley, L. (2014). Dirty Entanglements: Corruption, Crime, and Terrorism. Cambridge: Cambridge University Press.

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