Cuando la izquierda actúa igual que la derecha

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El domingo pasado (13-11-2022) hubo dos marchas importantes en los dos países a los que pertenezco: Bolivia y México. La primera fue en Santa Cruz convocada por el Comité Cívico demandando que se lleve a cabo el Censo, la segunda en la Ciudad de México con la intención de frenar la reforma de López Obrador que pretende desaparecer el Instituto Nacional Electoral. Ambas fueron multitudinarias –en diferentes escalas–, y aunque tienen un abismo de distancia, tal vez la principal convergencia fue que los gobiernos respectivos son de la autodenominada izquierda, o más bien de lo que yo llamo la “izquierda de Estado”.

No me voy a referir al contenido de las demandas. En lo que quiero concentrarme es en la reacción de los gobernadores. En Bolivia una exsenadora escribía un tuit satisfecha por el comportamiento represor de la policía y las Fuerzas Armadas, y dirigentes de la COB dieron un ultimátum para que los cívicos abandonen el país. La exsenadora corresponsable del vacío de poder en el 2019 que tanto costó al país –cuánto nos hubiera ahorrado si con agallas y autonomía hubiera asumido el gobierno en su momento–, se sentía muy cómoda utilizando las fuerzas del orden que en otros tiempos reprimían a los suyos, ahora contra los manifestantes. Gozaba del sentimiento de mandar, de ser obedecida por los profesionales de las golpizas callejeras. Ya decía Sancho en Don Quijote: “yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado”. La luchadora social que otrora fue reprimida, ahora disfruta del privilegio de ser autoridad (lo es hace ya casi dos décadas, no hay que olvidarlo).

Por su parte, en México me impresionó la reacción de las autoridades que en su momento participaron en decenas de marchas, pero que ahora les tocaba desprestigiar una movilización ciudadana. Un senador reportó el número de participantes desde un centro de monitoreo oficial, dijo que había 10.000 personas mientras que los organizadores sostenían que fueron 400.000. Los intelectuales que alguna vez leí y respeté, ahora sólo descalificaban a los marchistas con los mismos argumentos que ellos recibieron unos lustros atrás. Se burlaban, estigmatizaban a quienes en su legítimo derecho salieron a protestar pacíficamente. El yerro fue tal que la propia jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, tuvo que desmentir el cálculo al día siguiente: “no hubo dolo en medición de la marcha, fue una mala estimación” afirmó.

El punto es que en ambos casos, los dueños del poder, que hace poco estaban luchando en las calles, tomando avenidas y que ahora les toca gobernar, utilizan los medios públicos, los argumentos, las mañas, las mentiras de las que fueron víctimas, ahora en contra de los que protestan. Es brutal: el niño violado se convirtió en violador; nada nuevo, Orwell ya contó la historia en Rebelión en la granja. Lo he dicho en otras ocasiones, la política te convierte en lo que aborrecías.

Daría la impresión que cuando la izquierda llega al poder se convierte en una nueva derecha en cuestión de meses. Todas las promesas de cambio del sentido de la política, del impulso al diálogo, al consenso y la pluralidad, se diluyen y opera un revanchismo furioso. Todo indica que izquierda y derecha forman parte de un monstruo de dos cabezas. Me queda claro que insistir en esas categorías, sea para posesionarse política o analíticamente es insuficiente y limitado –hasta engañoso–, prefiero pensar en la naturaleza del animal político vs. ciudadanos que no atraviesan por el ejercicio del poder.

En esta discusión, parece pertinente preguntarnos qué es la izquierda y quiénes son los que pertenecen a esta tradición. Para ello, traigo una discusión que se dio en México la semana pasada. El viernes 11 de noviembre, el laureado escritor Juan Villoro escribió un artículo en el periódico Reforma respondiendo a López Obrador porque lo criticó por no plegarse a su libreto. En su alegato, Villoro desempolvó su propio texto escrito en el 2006 en un evento de apoyo a la candidatura del actual gobernante: “contra la convicción sin fisuras de la secta y las reducciones del integrismo, un gobierno de izquierda debe ofrecer la mejor plataforma para ser criticado y para aprovechar la utilidad social de la discrepancia”. Hoy el autor afirma: “Estamos muy lejos de ver reflejado ese ideal. El Presidente ha convertido su opinión en incontrovertible discurso hegemónico”. Y continúa: “el Presidente me descalifica por criticar en la revista Proceso la creciente militarización del país, la falta de respeto a la ciencia, la salud, la educación y la cultura, el ninguneo a los pueblos originarios, el apoyo a proyectos ecocidas como el Tren Maya y los continuos ataques a feministas, expertos y periodistas. Nada de eso se puede asociar con un gobierno de izquierda”.

Muchos de los que en algún momento apoyamos con entusiasmo ingenuo los gobiernos de “progresistas”, terminamos a la vuelta de los años con una profunda decepción. Insisto con Villoro: nada de lo que vemos en los hechos se puede asociar con un gobierno de izquierda.