Crimen y castigo

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En una tarde extremadamente calurosa de principios de julio… Así comienza una de las novelas más hipnotizantes que ha parido la literatura mundial: Crimen y castigo, de Fedor Dostoyevski. Es la historia de un doble asesinato y del infierno posterior que vive el protagonista, por cuyo sentimiento de culpabilidad y otros rasgos humanos es posible llegar a empatizar con él. Hay crímenes y crímenes, castigos y castigos…

En estos días de julio boliviano, obviamente con menos carga emocional que Rodia Raskolnikov, un “exceso” de sinceridad llevó al ahora exvocero de Comunidad Ciudadana (CC) a cometer un error que en nuestro desorbitado contexto puede ser un “crimen”. Un crimen político, nada de qué asustarse, y ha sido él, si bien con otras palabras, el primero en admitirlo.

En política, aunque suene mal, impúdico, el que no calcula, pierde. No saber medir las consecuencias, darse cuenta en milésimas de segundo que el poderoso rival descargará toda su artillería en la frasecita de los 10 millones y las kermeses, es un crimen de lesa ingenuidad que se paga hasta con la renuncia y la lapidación en redes sociales: con castigo. Eso, por un lado: la falta de previsión, la incontinencia verbal; por el otro: la sagacidad del zorro que está atento al menor descuido de su presa para saltarle a la yugular.

Fiel a su estilo, sin privarse de los ataques, al venírsele el mundo encima Diego Ayo expresó su sentimiento de culpabilidad: ¿es posible empatizar con él aun cuando su honestidad al desnudo exhibió además, como una espina clavada, un dejo de rencor? Como fuera, su caso sirve para pensar el modo en que reaccionamos, la forma en que nos comportamos como sociedad; ya él y su conocida inteligencia (analítica, cognitiva) repasará con calma sus “crímenes” sociales —de los que nadie está exento y en los que interviene otro tipo de inteligencia (intuitiva, emocional).

Con la incorporación a la vida cotidiana del sistema de valores de la política aparece un neologismo no reconocido por la oficialidad de la RAE que se usa festivamente para insinuar la autoeliminación de alguien por soltura de lengua: el “sincericidio”. Volvamos a Ayo: si se considerase excesivo el presupuesto de su exagrupación, en buen plan correspondería sancionar —castigar— a CC por su “oneroso crimen” (dicen que el oficialismo gastará 10 veces más), no a la persona que divulgó el monto. El exvocero dijo lo que (más o menos) era, fue sincero. Pero su sinceridad, de acuerdo con los valores de la política ya adueñados por la sociedad toda, es un sincericidio.

Penalizar la honestidad se ha convertido en uno de los deportes favoritos de quienes, paradójicamente, se sienten listos identificando “sincericidas”. Es cierto: en el ingrato marco de su trabajo, lo de Ayo entra en la categoría de las imprudencias; “manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra”, dijo Clemenceau. Pero, en un mundo impregnado de hipocresías y de valores trastrocados, “la palabra se ha dado al hombre para encubrir su pensamiento”, dijo Talleyrand-Périgord.

¿Cómo nos comportamos frente a casos como el de Ayo? En general decidimos mal sobre la política al igual que lo hacemos sobre otros aspectos, por ejemplo, como cuando pensamos el presente y nos olvidamos del futuro; cuando por atender lo urgente, descuidamos lo necesario. En países como el nuestro hay urgencias por resolver (en el presente), pero también necesidades que pasan esencialmente por cultivar el desarrollo humano mediante el incentivo del conocimiento y de un entorno creativo (para el futuro). Lo triste es que en países como el nuestro andamos borrachos de política improductiva y mezquina y, por eso, satisface sobremanera la coyuntural metida de pata (el crimen); entonces, no se piensa con vivacidad en lo urgente ni en lo necesario, sino en el meme para viralizar la condena (el castigo).

La coincidencia del mes de julio se extiende al origen del nombre del protagonista de la novela, Raskolnikov: proviene de la palabra rusa “raskol”, que significa “cisma”. En CC, no hubo abandono por discrepancia sino por daño autoinfligido y escarmiento viral.