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Con el asaí, las mujeres impulsan un futuro sostenible en la Amazonía

En el corazón del bosque amazónico boliviano, donde los ríos Madre de Dios y Beni dibujan la vida de Riberalta, una comunidad llamada Buen Retiro decidió no seguir el camino de la extracción que agota el bosque. Allí, el asaí -fruto silvestre de tonos violetas intensos- dejó de ser un alimento tradicional para convertirse en una apuesta colectiva: conservar el bosque y abrir camino a la bioindustria.

Antonio Eid Peredo


Es el primer martes de agosto y la planta de procesamiento de asaí está en silencio. Las máquinas descansan, limpias, a la espera del fruto para procesar. Afuera, en el bosque, las palmeras lucen cansadas: sus flores no cuajan, otras se secan y algunas colapsan tras el fuego. Birginia Justiniano, de 28 años, recorre las salas, familiar con cada uno de los equipos que ha aprendido a manejar.

“Este año no hay fruto en Buen Retiro. Los incendios nos destruyeron todo”, dice la productora de asaí y una de las fundadoras de esta procesadora.

En 2024, el fuego arrasó 2.905.900 hectáreas en el Beni, 29% del total nacional, según los datos de la Fundación Tierra. Solo en Riberalta, fueron 104.345 hectáreas, afectando a 73 comunidades. El fuego y el humo le pasaron factura a la producción de asaí en Buen Retiro, que se redujo en 90%.

El bosque resiste y la cosecha de asaí continúa. Sin embargo, los incendios de 2024 diezmaron la producción en un 90%. El impacto del fuego aún es evidente. Fotos: FAO.

 

De recolectoras a bioindustriales

En este bosque que ahora luce decaído nació un emprendimiento a partir del fruto del asaí y llevó a un grupo de comunarios a dejar de ser tan solo recolectores. En 2018, ocho mujeres y seis hombres fundaron la Asociación Agropecuaria de Productores de Majo y Asaí de Buen Retiro (Aagropama BR), luego de que otra asociación dejara de comprarles el fruto. Empezaron transformando el asaí en jugo artesanal para Riberalta.

Aquel año, Birginia machacaba asaí con sus manos en un tacú y vendía apenas 50 botellas de jugo artesanal en Riberalta. Entonces, cortar la palmera para extraer palmito era algo común. Hoy se la protege y se extraen sus frutos para valorizarlos sin derribar la palmera.

“Yo decía: vamos a ver qué pasa. Ahora veo que esto sí funciona, que sí podemos”, dice Briginia con convicción.

Mientras los hombres se encargaban de la recolección, las mujeres asumieron la tarea de transformar el fruto y abrir mercados, no solo en Riberalta, sino también en otros municipios. Poco a poco, la venta de jugo comenzó a dar resultados y pronto vieron la necesidad de dar un salto mayor. Así, en 2023 inauguraron una planta bioindustrial de 288 metros cuadrados, construida con una inversión de 500 mil bolivianos reunidos a través de fondos propios, cooperación internacional y aportes estatales.

Hoy, su comunidad tiene una planta capaz de procesar 3.000 kilos diarios de frutos. Un salto que cambió vidas, pero que demandó mucho esfuerzo.

“De poco hicimos mucho. De botellas a toneladas, de tacú a máquina”, resume Sandra Justiniano, expresidenta de la asociación.

Ahora, bajo normas del Servicio Nacional de Sanidad Agropecuaria e Inocuidad Alimentaria (Senasag), se recibe el fruto, lava, cuece, enfría, despulpa, envasa, sella y congela.

“La vida de las productoras cambió, liberaron tiempo para vivir: “Ya no molemos todo el día. Podemos estar con nuestros hijos”, dice Atseria Divibay, otra productora.

Hoy en Buen Retiro saben que la bioindustrialización es mucho más que una fábrica gigante. Es transformar en la comunidad, agregar valor y abrir mercados sin talar el bosque.

La palmera como icono

Alta, de hojas plumosas y racimos violetas, da un fruto lleno de antioxidantes, grasas saludables y vitaminas. El asaí ha sido clasificado como superalimento, destacado por contener antocianinas hasta 15-30 veces mayores que en el vino tinto, y ácidos grasos beneficiosos. Estos datos están respaldados por estudios científicos recientes que comprueban su alto poder antioxidante y su efecto saludable sobre el metabolismo.

Pero el asaí no es solo alimento ni economía. Como todas las palmeras amazónicas, cumple funciones vitales para el bosque: evapotranspira como los árboles, liberando humedad que regresa en forma de lluvia, y sus raíces profundas bombean agua subterránea hacia la superficie, ayudando incluso a recuperar arroyos secos. De su copa y de sus frutos se beneficia una cadena de vida: loros, tucanes, pavas y murciélagos, pero también jochis, antas, taitetús y hasta peces en zonas inundables.

Su semilla, que representa cerca del 80% del fruto, tiene alto potencial para la producción de carbón vegetal o biocarbón, útil como regenerador de suelos, además de ser fuente de celulosa para usos industriales. Sus raíces, en la medicina tradicional, se emplean como infusión para aliviar fiebres y como tónico energético. Y sus hojas y troncos, al caer, aportan materia orgánica y refugio, regenerando los suelos y sosteniendo la biodiversidad.

“Hoy la cuidamos, limpiamos la maleza para que crezca”, cuenta Sandra.

Un gran potencial

Aagropama BR articula una red con más de 300 familias proveedoras, en comunidades indígenas chacovo, cavineña y tacana, provenientes de Beni y Pando. Es un movimiento que resalta el potencial amazónico.

De acuerdo con una investigación realizada en 2019 por el biólogo Vincent Vos, se estima que en Riberalta hay más de 22 millones de palmeras de asaí, capaces de producir 85 millones de kilos anuales de fruto, equivalentes a 207 millones de bolivianos. Una riqueza que, bien gestionada, podría poner al asaí como el complemento de la castaña.

Ese potencial se plasma en precios: 5 bolivianos por kilo del fruto y 23 bolivianos por kilo de pulpa procesada. Ese margen de ganancia, en el caso de Buen Retiro. financia la asistencia técnica a la asociación, víveres para las familias y salud comunitaria.

A partir del proyecto, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés), y Aagropama BR apoyan con guardería para 28 niños de la comunidad y atención médica periódica. En dos meses atendieron 70 consultas respiratorias, cutáneas y pediátricas, según datos de la asociación.

“Antes íbamos al monte con los niños. Ahora puedo trabajar tranquila”, dice Birginia.

Ella compró una casa y un auto, que maneja largas horas para trasladar los racimos desde zonas alejadas.

 “El asaí es muy buen alimento, los niños crecen más fuertes si lo toman’’, asegura la productora.

Entre el bosque vivo y el arrasado

El contraste entre un bosque vivo y otro arrasado se hace evidente en la provincia Vaca Diez, donde se encuentra la asociación. Buen Retiro conserva 18.000 hectáreas de bosque en pie, mientras que, en esa misma provincia, se perdieron casi 96.800 hectáreas de bosque natural solo en 2024, según datos de Yanine Domínguez, de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

Frente a esta pérdida, las comunidades de Riberalta apuestan por planes de manejo que combinan conservación con producción, principalmente de castaña (Bertholletia excelsa), asaí (Euterpe prepcatoria Mart) y majo  (Oenocarpus bataua).

Además, la asociación ha ampliado su cobertura. Desde 2022, Aagropama implementa un plan de manejo de 3.000 hectáreas de bosque primario, con certificación orgánica y Sistema Participativo de Garantías (SPG). En 2023 se sumó un plan similar en Villa Victoria, en Pando, con 3.000 hectáreas, diseñado de modo participativo. El objetivo para este año es ampliar otras 3.000 hectáreas en las comunidades pandinas Nazareth y Flor de Octubre.

“Manejar el bosque permite producir asaí con valor agregado y conservarlo”, explica Álvaro Suárez, coordinador de proyectos de la FAO, institución que apoya esta iniciativa.

El jugo es uno de los principales productos de Buen Retiro. Fotos: FAO.

Asaí en la política nacional

El asaí ya llegó al debate legislativo. En mayo de 2025, el Senado recibió un proyecto de ley presentado por el senador Fernando Vaca Suárez para proteger la cadena productiva de la castaña y de los frutos amazónicos. La propuesta identifica al asaí como el segundo producto estratégico, después de la castaña, con un mercado global estimado en 1.500 millones de dólares y un crecimiento proyectado de 800 millones en los próximos años.

En 2024 las exportaciones de asaí bordearon los 10 millones de dólares, muy lejos de las enormes cifras alcanzadas por Ecuador, Brasil e incluso Perú.

El proyecto de ley alerta sobre la necesidad de frenar el contrabando, impulsado por precios más atractivos en Brasil, donde una lata puede llegar a más de 125 bolivianos, mientras en Bolivia se comercializa a 50 bolivianos. Esto afecta la producción interna y deja sin fruta a las plantas de procesamiento locales. Pese a esto, el tema aún no es prioridad política, advierten líderes benianos que impulsan la agenda.

Incendios y sequía, las grandes amenazas

Los incendios no son hechos aislados. Cada año, entre julio y octubre, se queman bosques para agricultura y ganado, explica Daniel Wada, técnico de la Unidad de gestión de riesgos del Gobierno Autónomo Municipal (GAM) de Riberalta. En 2024, Beni fue una de las zonas más afectadas en la Amazonía. El fuego se suma a heladas, polvo y calor que inhiben la floración y estropean los racimos de asaí. “El humo lo arruina todo”, coinciden los recolectores.

El daño va más allá: los incendios erosionan suelos, desaparece fauna dispersora de semillas y retrasa años la regeneración. Hay preocupación en Aagropama: en 2025 vendieron 45 toneladas de pulpa, lejos de las 80 toneladas de 2024. Las empresas —como Natur, Delifrut, Biofood y la estatal Empresa boliviana de alimentos (EBA)— tienen demanda, pero sin fruto no hay oferta.

Las productoras advierten que, si el fuego vuelve a repetirse, la zafra podría reducirse a la mitad. Recuerdan que sin bosque no hay asaí y, sin este fruto, ellas perderían su principal fuente de ingresos.

Otro de los problemas que enfrentan los productores de asaí son las sequías en la Amazonía, cada vez más intensas y prolongadas. Estudios climáticos en Riberalta muestran que el período seco se alargó de cuatro a cinco meses, de junio–septiembre a mayo–septiembre, con hasta 50% menos lluvias en julio y agosto. Esa falta de agua acumulada explica por qué, en 2024, la Unidad de Gestión de Riesgos del GAM Riberalta reportó que 71 comunidades resultaron afectadas por la sequía.

La sequía no solo redujo la disponibilidad del fruto, sino que también impactó en la salud de las palmeras y en la seguridad alimentaria de las familias recolectoras, que dependen del bosque para sostener su economía.

Un futuro morado

El asaí se ha convertido en un símbolo de transición: pierde la lógica extractivista y gana un modelo que busca regenerar el bosque y sostener la vida comunitaria. “El bosque nos da todo: agua, aire y comida. Si lo cuidamos, nos dará futuro”, dice Birginia mientras desgrana frutos. Si el futuro amazónico puede escribirse en clave de sostenibilidad, la tinta será morada, como el asaí.

Birginia y sus compañeras se preparan para que, en pocos días, la planta vuelva a funcionar, gracias a que llegará asaí recolectado en Pando. Las máquinas volverán a operar, las socias embalarán las botellas y las enviarán a los mercados. Ellas mantienen la esperanza en esta labor: saben que el bosque, aunque herido, aún respira y que es posible producir sin destruir la Amazonía.

La producción de asaí es un trabajo comunitario, que implica a familias completas. Los hombres cosechan el fruto y las mujeres le dan valor agregado en la planta. Fotos: Antonio Eid.

“Esta investigación fue realizada en el marco del VI Fondo de apoyo periodístico “Crisis climática 2025”, que impulsan la Plataforma Boliviana Frente al Cambio Climático (PBFCC) y la Fundación para el Periodismo (FPP)”.

Foto principal: Birginia Justiniano despicando el asaí. Su vida cambió desde que su comunidad apostó por la producción de este fruto. Foto: FAO

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