Complicidad saenziana

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Al entrar al aula, noté que en el pizarrón (verde oscuro, de aquellos en que aún se escribía con tiza) alguien había borrado los apuntes del docente del anterior período para escribir con letra insegura, seguramente en un arrebato romántico, ese texto de Ernesto Cardenal:

Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido

yo porque tú eras lo que yo más amaba

y tú porque yo era el que te amaba más.

Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:

porque yo podré amar a otras como te amaba a ti

pero a ti no te amarán como te amaba yo.

Presté poca atención a los versos, preocupado como estaba por mis estudios, el trabajo (o la falta de él), mi hija que había nacido hace algunos años, y problemas domésticos que en ese momento ocupaban mi mente.

Por eso, me llamó la atención que el docente de economía (hombre serio, que imponía férrea disciplina al curso, ayudado por una voz grave y potente) al entrar al aula, luego de saludar al curso se parase frente al pizarrón, leyendo los versos de Cardenal por varios segundos.

No lo imaginaba interesado en poesía ni en romances y, a juzgar por el silencio de toda el aula, esa impresión era compartida por todos los estudiantes. En medio de ese silencio, se dio la vuelta hacia el curso, y con voz pausada, señalando el pizarrón nos dijo, palabras más, palabras menos, que ese tipo de textos eran los que destruían la buena poesía, y que lamentaba que sus jóvenes alumnos perdiesen el tiempo con esas tonterías. Luego, con gesto resignado, borró el pizarrón e inició su clase.

Si bien ese gesto y esas palabras me sorprendieron, y fueron motivo de comentarios durante ese día, poco después ya casi nadie recordaba lo sucedido. Algunos meses después, sin embargo, sucedió algo que me obligó a pensar nuevamente en lo que aquella vez había sucedido.

Estando sin trabajo, con varias cuentas por pagar y con mis escasos ahorros mermando rápidamente, había conseguido un trabajo que me exigía estar fuera de la ciudad por varios días seguidos. Trabajaba como intérprete inglés-español de un proyecto de energía alternativa de JICA, gracias al cual conocí varios pueblos de la frontera occidental de Bolivia, otros de Los Yungas y alguno más de la ribera del lago Titicaca, y ese triste rostro del área rural no turística de Bolivia, con pueblos fantasmas, migraciones forzosas y desesperanzadas hacia las ciudades, que tenían el sabor del último bocado de charque de una familia que abandonaba su lugar de origen. Conocí también caminos chuteros, que no figuraban en ningún mapa y que iniciaban el contrabando de vehículos que hoy asesina personas para cuidar su mercadería, y me amargué viendo puestos militares en la frontera con Chile en que los soldados hacían instrucción con palos, a falta de fusiles, y con uniformes de distintos colores, donde el oficial a cargo nos agradeció emotivamente el que le dejáramos nuestro mapa y periódicos pasados.

Como los viajes eran largos, siempre llevaba un libro para cuando las horas de viaje adormecían a los pasajeros de la vagoneta Nissan Patrol en que viajábamos, dejándome así tiempo libre para leer. En los casos de que uno de esos viajes me obligaba a perder algún examen, la universidad me aceptaba rendir la prueba a mi regreso, pero solamente por el 80% de la nota, lo que me obligaba a estudiar más para sacar una nota medianamente honrosa.

Luego de uno de esos viajes, llegué a La Paz temprano en la mañana, y fui directamente a la universidad para reprogramar mi segundo examen parcial de economía, con el docente que tan duramente había criticado a Cardenal.

Mal dormido, lleno de polvo, quemado por el sol, y con una mochila al hombro me presenté en la oficina del Lic. Mario Blacutt, con mi bolsa de dormir en una mano… y Felipe Delgado, de Jaime Sáenz en la otra, a solicitar que me asigne una fecha para rendir mi examen.

Él me miró un largo rato en silencio, luego miró el libro, y me invitó a tomar asiento. Luego me preguntó de dónde venía, y que hacía con el libro. Tras escuchar mi respuesta, me preguntó acerca de la novela que ahora hojeaba, luego de habérmela pedido. Mientras yo le comentaba acerca de lo que hasta ese momento había leído, el tomó un folder de uno de sus cajones, y luego de leer algo en él, me miró a los ojos diciéndome que tenía muy buena nota en mi primer parcial, y preguntó si quería que me repita la misma nota en mi segundo examen. Ante mi sorpresa, añadió que lo único que me pedía a cambio era que termine la novela que en ese momento me devolvía, y que continúe leyendo a Sáenz. Usted es el único estudiante que tengo que lee libros que valen la pena, me dijo al despedirme, además de pedirme que nunca contara a nadie de nuestro acuerdo.

Falto hoy a mi promesa porque mi docente falleció hace ya algunos años, y porque creo que esta anécdota no mella en lo más mínimo su prestigio profesional (catedrático, funcionario público en importantes cargos relacionados a su profesión, e incluso funcionario consular), pero sí acrecienta su figura de lector/escritor (con una novela y varios poemarios en su haber, según pude leer  luego la Enciclopedia Gesta de autores de la literatura boliviana, de Elías Blanco), que mereció que sus textos se publiquen en varios blogs, incluso de otros países.

Quisiera haber podido compartir más tiempo y más lecturas con mi docente economista-escritor. No pudo ser, aunque esa interacción me ayudó a entender que, al conocer una sola faceta de las personas –cualquiera que sea– tendemos a asumir que esa es su única dimensión, y que también así nos ven, unidimensionales, cuando ante los ojos de los demás, más que personas, somos apenas alumnos, docentes, profesionales, o lo que fuera. Quizá en ello pensaba quien hoy recuerdo, cuando escribía su poema La bitácora:

Los años han escrito en la bitácora de mi vida

los momentos más tristes y los más vívidos.

De nada me quejo, de nada resiento.

Amor y gloria; miedo y recelo.

Todo forma parte de mí, todo lo hecho

sin embargo, en la textura de cada cielo,

en la tempestad de cada infierno,

veo mi sombra, gladiador sin escudo.

Veo mi luz, guerrero audaz sin espada.

Los años saben lo que escriben en el alma.

Sí. Gracias a él aprendí que un profesional del área económica puede también ser lector de literatura, y hasta escritor. Por mi parte, disfruté cumpliendo su pedido de seguir leyendo a Sáenz, aunque me falta aún leer toda su poesía. Esa lectura será en agradecimiento al Lic. Mario Blacutt  Mendoza.