Como si nada

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Este país no tiene remedio. Estamos ingresando a la tercera ola de contagios de coronavirus, esta vez con las nuevas cepas que vienen de Brasil. El mapa lo muestra clarito: crecen los contagios en Santa Cruz, luego en Cochabamba y después en La Paz. Hace tres semanas menos de mil, y este viernes 2.356 casos y 64 fallecidos, el doble que la semana pasada. Para los demás departamentos fuera del “eje” será cuestión de días. Esas son las cifras oficiales, porque de los contagios no reportados y de los entierros clandestinos no sabemos.

Las Unidades de Cuidado Intensivo (UTI) de Santa Cruz y Cochabamba al 100% de su capacidad, y La Paz al 80%. Los trabajadores de salud no dan abasto y las sirenas de ambulancias se escuchan en las ciudades de día y de noche, frente a una ciudadanía indiferente e indolente.

Salí a trotar el domingo en la sur de La Paz, con barbijo puesto y gel en el bolsillo. Fui por la Costanera y el sendero que lleva al parque Bartolina Sisa, con la esperanza de encontrar poca gente en el camino, pero no fue así: todo parecía “normal” como si en “este país tan sólo en su agonía” (Vásquez Méndez) no pasara nada y no hubiera coronavirus. 

Ni al gobierno (nacional y municipal), ni a los ciudadanos parece importarles un comino esta situación. La indolencia es generalizada. 

Canchas de fútbol como en tiempos normales, con jugadores intercambiando gotas de saliva como si nada. Es obvio que en deportes de contacto no se puede mantener distancia, por eso en países donde hay gobiernos responsables, están cerrados los espacios deportivos. 

Hacia Aranjuez me crucé a las 10:20 de la mañana con Samuel Doria Medina y tres acompañantes: ninguno de ellos llevaba barbijo. Bonito ejemplo para la población. Quizás él y su entorno ya estaban vacunados (incluso antes de tiempo), pero si leyeran un poco sabrían que, aunque uno esté vacunado, debe continuar usando barbijo para no infectar a los no vacunados. 

Me crucé con otro ciudadano no mayor de 40 años con la cara descubierta. Le grité que se ponga barbijo, pero se dio la vuelta y me hizo una seña de que ya estaba vacunado. ¿Cómo? Claro, por las irregularidades y la falta de organización en los servicios de vacunación. No quiero usar la palabra “campaña” porque lo que correspondería es: caos. 

Ese tipo, al igual que Doria Medina, entran en la categoría de “egoístas”. Sólo  piensan  en ellos, no en los demás. No se dan cuenta de que, en primer lugar, ninguna vacuna tiene una cobertura de 100%, y en segundo lugar, de que si bien los vacunados no se enfermarán, igual pueden ser portadores y transmisores del virus a personas que no están vacunadas. 

Esa “normalidad” me espantó. Tanto el parque Bartolina Sisa como el de Las Cholas estaban abiertos y las familias llegaban por montones, como si nada. Llegan, comen, juegan, se olvidan de los barbijos y del distanciamiento social, y se contagian. Son los que llevan el coronavirus a sus casas, donde los abuelos se cuidan, pero de nada sirve porque su progenie los contagia y los mata. (Capaz se le ocurre al nuevo alcalde autorizar la borrachera generalizada del Gran Poder). 

Luego, todos lloriquean en la puerta de los hospitales, pidiendo cupo para sus abuelos, padres o hermanos. Se oyen lastimeros “¡Ay!, pobrecita mi abuela, se ha muerto. ¿Por qué tenía que tocarle a ella, si ni siquiera salía de la casa?”, dicen los culpables. “¡Qué mala suerte tuvo!”, como si no supiéramos que el virus entra solamente por tres lugares: boca, nariz y ojos. La gente se olvida de los ojos, saluda con los nudillos de la mano y luego se restriegan los ojos. 

Las nuevas cepas de Brasil contagian rápidamente también a los más jóvenes, incluso niños, pero el gobierno no tiene planes para vacunarlos. Solamente vacunará a los mayores de 18 años. Su meta no supera los 7.167.789 de bolivianos (pero somos más de 11 millones). En lugar de tocar guitarra y hacerse propaganda, Arce debería leer más informaciones científicas. 

La irresponsabilidad y la desidia comienza con el gobierno central, que no tiene estrategia de ninguna clase y con los gobiernos municipales que permiten que la “normalidad” suceda antes de resolver el problema. Son indolentes. Viva la pepa. Como si nada.

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta.