Miguel Sánchez-Ostiz


Este es solo uno de los pasajes del libro Chuquiago, de Miguel Sánchez-Ostiz, escritor español que retrata la ciudad, la gente, las costumbres y lugares, en pinceladas de tonalidad y texturas varias, como cuadros de una exposición. De relato franco y honesto, y rigor a toda prueba, refresca a una La Paz que se descuelga de montañas, cerros y laderas, por cuyas sombras y luces destapa toda su variada naturaleza. A través de ese abigarrado universo paceño, parece ser él quien custodia la tea encendida dejada por Pedro Domingo Murillo; el guía que con mapa en la memoria conoce cada una de las puertas de la ciudad, y las abre:

“…Pienso también en otro de sus edificios, el de la Alianza Francesa, en Sopocachi, en la Comédie, un restaurante del pasaje Medinaceli, donde almorzamos con una amiga de Julio Cortázar que había vivido en Nueva York; pienso en otra La Paz tan poco indígena originaria, la de raíces criollas, y pienso en la maravillosa casa de Alfredo La Placa, maestro de la abstracción boliviana, en su casa de Sopocachi, hablándonos de su expedición a la fortaleza de Iskanwaya, o en amigos que viven en Alto San Pedro, a la vista de los cerros; pienso en el Chino Soriano recitando sonetos en el sótano del Hotel Ritz y en su hijo, director de la Orquesta Sinfónica Nacional, pienso en la hija de Yolanda Bedregal hablándome de la relación de su madre con Pío Baroja, pienso en el cementerio israelita de Miraflores y en los centros judíos de oración que he encontrado al paso; pienso también en los diplomáticos que aborrecen a los indiosdemierda y lo dicen inter pares porque saben que hacerlo en público les costaría el puesto y las canonjías que todavía disfrutan por cuenta de aquellos a quienes aborrecen en privado. Resulta incomprensible cómo el gobierno de Morales no ha barrido a estos indeseables. Pienso en esa La Paz o en esa Bolivia que gira alrededor del Círculo de la Unión, de la calle Agustía Aspiazu, o en esa otra del café La Paz, por donde seguía la sombra de Álvaro de Castro, el Secretario de Klaus Barbie, o en Pablo Mendieta, músico y poeta, y en nuestras conversaciones en la Plaza Abaroa; pienso en la Galería de arte Nota, del barrio de San Miguel, donde vi una magna exposición de Juan Conitzer Bedregal o el elegante Flanigan´s Cave Gourmet de la Montenegro, en Calacoto, frente a la estatua de Escrivá de Balaguer cubierta de cagadas de paloma; pienso en el lingüista y matemático Iván Guzmán de Rojas en su casa de Sopocachi por la que pasó Fujita hablando de la pintura y de la vida y milagros de su padre; pienso en Beatriz Rossels y en René Arze Aguirre, y pienso en mis amigos, viejos luchadores y militantes de la izquierda comprometidos con el proceso de cambio, que viven en el acción política… ¿Otra La Paz? No, la misma, todo forma parte de un extenso fresco que no acabas de recorrer y componer jamás . Hagas lo que hagas, tienes que admitir que te van a quedar zonas vírgenes , sin dibujo alguno. …”

Ilustración Francois Sanz