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Chile: una señal que amerita tomarse en cuenta

En las relaciones entre los Estados, las señales tienen un gran significado. Con ellas se orienta las políticas a seguirse dentro de estrategias claramente definidas. Chile se ha caracterizado por utilizar varios canales para enviar globos de ensayo y conocer la reacción boliviana. Al final de cuentas, somos, en materia internacional, más reactivos que propositivos.

Ha llegado a mis manos, por cortesía de mi buena amiga Loreto Correa Vera, su libro recientemente publicado Chile y Bolivia: distanciamiento, crisis y aproximación,  que cuenta con el aval de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos de Chile. Loreto es una prestigiosa profesional considerada en la actualidad como la más calificada “bolivianóloga”, junto a otros notorios intelectuales como José Rodríguez Elizondo y Gabriel Gaspar Tapia. 

El conocimiento que tiene de Bolivia y su política exterior es muy superior al que tuvieron funcionarios de los 14 años de Evo Morales o los que ahora ocupan la Cancillería boliviana. Pese a quien pese, es justo reconocerlo, como una pista de la asimetría que existe ahora en la relación bilateral, especialmente en recursos humanos.

El interesante y metódico libro aborda las relaciones de ambos países desde el advenimiento de Morales y trata, con una visión chilena, de entender el porqué del distanciamiento, explicar la crisis prevaleciente y plantear una aproximación, repito, desde una perspectiva chilena. Es un libro imprescindible para comprender hacia dónde nos quiere orientar Chile en la relación bilateral resguardado, como es lógico, en política internacional sus intereses.

La narrativa histórica del libro consigna episodios que en algunos casos carecen de cierta objetividad y también hay vacíos que menoscaban un estudio que “trata de ver dónde  están los mitos, los vacíos, los asuntos de interés y las perspectivas de conveniencia mutua”. No obstante, es rescatable el análisis de algunos hechos como los referidos a la demanda de Bolivia en La Haya, el innecesario rol de Diremar, la debilidad de la Cancillería boliviana y la politización interna de la demanda.

Eso sí, reconoce el valor y alcance que tuvo la Agenda de los 13 puntos.  Esto le da pie, sin embargo, para proyectar la relación bilateral pero, ojo, sin mar, ni Silala, lo cual implicaría para Bolivia una significativa amputación a la naturaleza vecinal de la relación entre dos países limítrofes. Un aspecto importante que resalta es que mientras el tema marítimo esté constitucionalizado no habrá avance alguno.

Recogiendo la famosa frase del embajador Pedro Daza Valenzuela, el estudio es contundente al señalar la importancia de contar con interlocutores válidos, añadiendo que Morales y el MAS no dan garantía para renovar el diálogo. Se percibe una aguda desconfianza por los vaivenes de la política interna boliviana. El estudio da a conocer la realización de encuestas en las que los entrevistados coinciden y refuerzan esa visión, haciendo hincapié en apartar al Perú de la relación bilateral. 

Se sugiere que Chile es el que debe dar la iniciativa de retomar la relación; según nuestro criterio, en realidad debería ser Bolivia, que ya perdió una demanda internacional y, por ello, el resultado del juicio del Silala será el punto de inflexión para reorientar la relación bilateral.

Me llamó la atención un enunciado que se hace en su Introducción: “El objeto de esta investigación es contribuir a la teoría de las relaciones internacionales, mostrando precisamente una de esas relaciones más conflictivas entre países a nivel regional: la relación de Chile con Bolivia… En ese marco, se trata de una relación que estimamos única en el mundo, tanto por sus aspectos históricos, como por la caracterización de países: uno con litoral y el otro sin litoral”.

Para ser objetivos y constructivos, esa caracterización, así planteada, resulta sobrando porque es incompleta y alejada de las perspectivas de convivencia mutua, pues como sostiene Antonio Remiro Brotons: “La mediterraneidad es una desgracia para el Estado, privado de espacios marinos propios y exclusivos y condicionado en el disfrute de las libertades que a todos se reconocen en los que son comunes (la alta mar) a la buena vecindad del Estado cuyo territorio se interpone en su camino”. 

Este libro constituye una importante señal que nos debe llevar a iniciar ya el debate público, intelectual y académico y avanzar, retroceder o mantener el estatu quo de nuestra relación bilateral, con miras a refrescar la agenda. Es preciso, urgente y necesario transitar de la judicialización de nuestras relaciones a la diplomacia manejada por diplomáticos experimentados, expertos en negociación y hábiles en persuasión. 

Fernando Salazar Paredes  es abogado internacionalista.

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