Chile, su selección de fútbol, el mar y el Trump orinoqueño

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Supongo, no me lo han dicho pero pondría mi mano al fuego a que sí, Evo Morales disfrutó del triunfo alemán en el partido de copa entre los campeones mundiales y los campeones de América. Ha sucedido otras veces, en las que el chauvinismo latinoamericano se ha volcado a favor de quien no debía: un encuentro mundialista entre, otra vez Alemania, y Argentina, donde el público mexicano casi cantaba Deutschland Über Alles (Alemania sobre todos y la pasión nazi). Cierto que los argentinos, hermosa tierra y hermosa gente a ratos, son insufribles, pero no se justifica.

Perdió Chile para desasosiego mío, que nunca he guardado rencor porque me quitaron el baño de sal y mar ni en casa se habló de patria, honor, ni se mencionaron grescas de arribistas políticos en ambos lados del Ande único. Perdió con huevos, sí, y será fervor machista o qué, pero me gustó que sudaran la derrota con el mismo ímpetu que lo hubiesen hecho en la victoria. No les quito mérito a los jugadores germanos que oficio y disciplina tienen y no necesitan matarse como nosotros. Será que les cuesta menos ganar el pan o que el pan sabe mejor cuando se lo come en confianza y seguros.

Tal vez Morales consideró este encuentro deportivo, con Chile supuestamente caído, como otra victoria en su famoso camino al Litoral. Les duele, a los del gobierno, no tener una salida marítima para exportar lo que mejor producimos en la sombra, aquello cuyos beneficios alcanzan a un gran porcentaje de la población de una manera u otra, en pequeñas cantidades por lo general, pero que va minando el futuro para arrojarnos a la incertidumbre primero y la tragedia después. En vano tratan los leguleyos bolivianos encabezados por un dócil señorito de dorar la píldora con juicios históricos y resarcimientos ilusorios para convencer a la turba ansiosa.

El asunto está basado en la deshonestidad, que si se diera en transar con sus sosías, los oligarcas chilenos, y llegar a arreglos que beneficien a las cúpulas, sea en plata o en concesiones como el libre paso de droga hacia el Pacífico (que ya existe y crece) lo harían con pronto olvido de las razones “patrias”. Bofetadas al “pueblo” es una de las razones del poder, de su ejercicio e impunidad. El señor Morales, afamado Trump sureño, es otro de los que conocen las tretas del negocio turbio, los escapes a la legalidad en beneficio propio, el meterle nomás porque así le hemos metido siempre y gusta al populacho. No escribió, como su gemelo norteamericano, un libro con instrucciones de cómo hacer arreglos, pero ha masterizado el asunto a base de puro instinto y escaso escrúpulo. Ante cualquiera de sus desmanes o arrebatos de estulticia desbocada, justo cuando la crítica acecha dispuesta a atacar, nos tira en remojo en la salobre Tocopilla, en la valiente Calama, y marcha con los mostrencos decorados de medallas y pullus alrededor del cuerpo gordinflón y militar. Ahí desfila el glorioso (y perdedor) ejército nacional como si fuese la entrada del circo en la misma Tocopilla (la de Jodorowsky, claro).

Pasó la copa. Rusia aguarda ahora el torneo mayor del fútbol. Vladimir Putin se viste de bailarina del Bolshoi mientras Donalito Trump le amarra las zapatillas. Ahí irá Evito Morales, sin la selección boliviana, a regodearse entre los poderosos a los que `pertenece, a los que imita, ensalza y desea. Para ello dejará de lado pretensiones marinas, barbas y abuelas de don Eduardo Abaroa; embarcará consigo algunos generales de opereta, edecanes, odaliscas y el consabido genio literario Alvarito, niño bueno y bonito sin pajarito.

La tarde de domingo ha caído. San Petersburgo, Kazán, la historia rusa. Imágenes que de reojo asoman mientras dura el encuentro entre Chile y Alemania. Se juega un partido, se practica un deporte. El mar del sur igual se revuelca contra las rocas, ajeno a la ambición y el Estado. Los amos creen ser más de lo que son: minucias.