Chaparina, ese sueño que fue el MAS

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Muchos decidieron su voto durante esta semana, otros lo hicieron en los últimos meses. Yo decidí por quién no votar desde el 2011, luego de Chaparina. Juré nunca más votar por el MAS, lo juré dolido y desengañado.

Yo estaba ahí, tratando de entrar desesperadamente a la Plaza Murillo en enero de 2006, antes de que existan Generación Evo, Columna Sur y otros grupos adictos al MAS. Yo estaba ahí a mis 21 años acompañado de la madre de mi hija tratando de abrirme paso en la multitud para poder ver a Evo y Álvaro asumir el gobierno del país. Se respirada un aire mítico, la fascinación por ser parte de una época que acababa de nacer. Sentía la emoción de vivir el cambio, yo era parte del cambio. Luego de Chaparina esa ilusión se trastocó en engaño y la ilusión se desgarró para siempre.

Trabajé casi 10 años en la administración pública, entendí el valor de lo indígena para el MAS: Circo, autocomplacencia, capital simbólico. Ajthapis, K’oas y folclore gastronómico. Recuerdo que el 2010, en el Ministerio de Economía, organizaron un festejo por el aniversario de esa institución. El tedioso programa se desarrollaba con monotonía, servidores públicos rasos sonreían nerviosamente pensando en montañas de pendientes. Arce y sus viceministros estaban sentados en los lugares de honor. Entonces una joven funcionaria fue al centro del salón y recitó, casi gritando, un poema de su composición: «Pachamama». Teatralizaba, se arrojaba al piso alzando una mano mientras pegaba la otra al suelo repitiendo: “Vengo de tus entrañas Pachamama y algún día volveré a ellas”. Verla me conmovió, no porque creyera lo que recitaba sino porque sentía la sinceridad de su convicción. Fue entonces cuando mire disimuladamente a la mesa de honor. Ministro y viceministros contemplaban desconcertados a la joven, algunos reían disimuladamente, otros fruncían el ceño tratando de escapar mentalmente a otro lugar. Eran incapaces de tragar su propia impostura, no podían disimular su desprecio.

El año pasado trabajaba con jóvenes de clase media en distintas universidades privadas de La Paz, mi ciudad. Armábamos debates, intercambiábamos ideas mientras leíamos a Maquiavelo y Rousseau. Me preguntaban qué pasaría después de las elecciones, les dije que era difícil saberlo pero que el MAS no se atrevería a desconocer los resultados, subestimé su angurria de poder. En octubre y noviembre, luego de alternar esconderme, comprar comida para mis gatos, ayudar a mis vecinos a armar barricadas y escribir fragmentos de relatos delirantes al calor del vino barato, recordé porque no volvería a votar nunca más por el MAS.

Para mi Carlos Mesa y Comunidad Ciudadana no representan una respuesta sino una pregunta. Una promesa de tránsito que puede convertirse en pesadilla pero también transformarse en una salida al lento proceso de descomposición del MAS. Una moneda al aire, una apuesta fuerte con la cual prefiero arriesgarme a enfrentar la impostura, la hipocresía y la violencia de ese sueño que un día, hace mucho tiempo, fue el MAS