Centro

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Tibio, amarillo, indefinido, gatopardo y un largo etc., son solo los adjetivos más comunes para referirse al sujeto que hace suya una de las posiciones más difíciles a las que un ser humano puede adherirse voluntariamente: el centro. Y es que posicionarse en el punto equidistante entre dos extremos, por lo general violentos, suele representar, sobre todo en situaciones de crispación generalizada, una suerte de suicidio, sea por presión o por aislamiento.

Es una forma de ver el mundo que, contrariamente a lo que muchos piensan, implica serias dificultades y eleva el grado de complejidad ética y exigencia intelectiva en los procesos de elección entre las múltiples opciones que emergen de ese amplio espectro de grises que definen la realidad actual. Esto supera el simplismo dicotómico que predomina en quienes se rigen por las reglas del mínimo esfuerzo y el transitorio confort, esos que discurren cómodos bajo esquemas estructurados y mapas de una sola vía, logrando extraer de ello algo de engañosa claridad y certidumbre aparente, todo a costa de su libertad y la atrofia de su capacidad crítica, siendo por ello proclives a adoptar marcos discursivos de base dogmática, comúnmente llamados “ideología”, que limitan su universo de acción y restringen sus opciones a un abanico de posibilidades prefabricadas.

Este fenómeno encuentra un espacio de desarrollo especialmente rico en el campo político, más en una coyuntura marcada por la bifurcación –derecha versus izquierda o conservadores versus progresistas, en resumen, malos/buenos contra buenos/malos–, constriñendo aún más el espacio para la moderación y obligando a la gente, aturdida ante un mundo repleto de opacidades y realidades paralelas, a buscar desesperadamente “certezas”, vendiéndoles una ficción simplificadora de las cosas, volver a la sencillez de la vieja aldea/nación y al buen “estado de naturaleza”, situación en la que pululan planteamientos de lo más disímiles, pero con un común denominador, una promesa cuasi religiosa de redención, la posibilidad de un paraíso en la tierra, un edén arrebatado que solo será recuperable no en base al trabajo o la superación personal –eso es para ellos estructuralmente imposible– sino derrotando “enemigos”, siempre al compás de una determinada ideología, glorificada además por un caudillo mesiánico concentrado en acentuar clivajes y generar hostilidades, en pos de normalizar la paranoia y acentuar a partir de ello los miedos siempre existentes en la sociedad. Sin esto, este tipo de proyectos tiende simplemente a extinguirse, generalmente por implosión. Ya decía Sabina que “en tiempos tan oscuros nacen falsos profetas”.

Este hecho, en apariencia negativo, puede en las dosis adecuadas y bajo un cierto grado de control, adquirir un valor reconstitutivo importante, como bien se explica desde la dialéctica al establecer que el motor del desarrollo histórico radica en la lucha de contrarios, es decir, el cuestionamiento a las bases esenciales de un “estado de cosas” (tesis) por otro con pretensiones de sustitución (antítesis), y que en situaciones óptimas debería generar no la hegemonía del uno sobre el otro, sino una alternativa diferente que condense lo mejor de ambos (síntesis), extrayendo, por deconstrucción, lo que fuere rescatable para recomponer un nuevo statu quo, una nueva centralidad.

Pero ello no puede suceder por defecto, no es solo la consecuencia necesaria de la acumulación de ciertas condiciones, pues precisa de una fuerza motora de carne y pensamiento, una masa crítica de prudentes “centristas”, equidistante de los extremos y con la capacidad de sostener académica, técnica y políticamente el fiel de la balanza, con los riesgos inherentes, proclamando la necesidad de “un justo medio” que permita la estabilización del sistema, así sea de forma temporal, en pos de brindar a sujetos y comunidades un ambiente propicio para el desglose de todas sus potencialidades creativas. Nada bueno prospera en situaciones de tensión permanente.


El autor es doctor en Gobierno y Administración Pública