Igor Quiroga

¿Se puede decir la hermosura? ¿La hermosura existe? ¿En qué mundo de estos en los que hoy trajina, no la gente, la miseria, existe la hermosura?

Ciertamente no: la hermosura no existe. La hermosura es un retrato bello del infierno, un hacer de tripas corazón, la insensatez de llamarle amor al abandono, memoria al asilo bizarro donde se pasean vivos y muertos, conversando 1919, esquina calle Mantuleasa… Las admisibles fotografías con sabor a comidas y olor a trago que me acerca mi hermano Claudio Ferrufino Coqueugniot, sus calles de texto por las que anda el frío amaridado de Tolstoi con silbando Bob Dylan, a la vuelta de la esquina…

Hoy Cochabamba -dicen- está de fiesta: yo sigo viendo cómo es de bella mamá que no acaba de despedirse; sigue peinándome con los dedos, la cabeza mía apoyada en su pecho, mientras oigo su voz leyéndome Raptado; sigue agitando la mano en la escalera del avión, de vuelo a Buenos Aires…

Tomo un sorbo, siempre penúltimo, de café fuerte y me oigo saludar – ¡Buenos días, Muti! ¡Buenos días, Claudio! Luego veo mi sombra salir por la puerta hacia la calle: son las nueve de la noche, hora de quedarme en casa. Y yéndome a escribir.

Cuando estés en Cochabamba iremos a visitar la tumba de mi abuelo Haim Gold Marcus, nacido en Iassi -Rumanía, en 1896. La calle Mantuleasa está en Bucarest y es aquella en la cual hubo una escuela, 1919 el año, en ella echaron amistad Mircea Eliade y mi abuelo: recuerdo cómo lloró al ver la fotografía del historiador de las religiones en la revista Stern, que recibíamos en casa. ¡Mi amigo se ha hecho un hombre importante para el mundo, dijo; para mí siempre lo fue! Ocurrió en los primeros años 70. La tesitura de lo escrito es una frase velada, un guiño de mí a mi yo-no. Puro sentimiento subjetivo: intimidades máximas compartidas al  lector. Gracias por preguntar.

No conservo mi entrevista a Borges, pero alguien puede conseguirla. Se publicó en Hoja de Prueba, suplemento de Opinión. La entrevista aquella es ciertamente ficticia. La anécdota que te confidencio es, en cambio, verdadera. Me llamo Igor porque ese es el nombre del soldado soviético que le salvó la vida en el invierno de la Segunda Guerra cuando los nazis iban de invasión a la URSS. La historia es larga. Baste decir, por ahora, que es el padrastro de mi madre Delia y el único abuelo que conocí y tuve. Murió en 1977, un día como hoy, 14 de septiembre. Sus restos se hallan bajo la lápida del Cementerio Israelita. Cuando voy lavo la tumba, me pongo la quipa y dejo la piedra caliente de mi puño, cantando. De niño fui a la sinagoga de la calle Junín y soy circunciso, aún canto en rumano y loas sé hebreas, que mis hijos y familia demás también. Mis padres eran cristianos católicos. Yo no termino de profesar el agnosticismo.

Sí, hablando de Bashevis Singer, en la Polonia de la calle Kroshmalna, Varsovia. Te haré, de bienvenida, unos lotkis y luego una sopa fría de verano: borsh de San Petersburgo: remolacha, cubos de hielo, pimienta negra y limón, con albóndigas pequeñas de pescado. Y beberemos vodka a la manera rusa, ¿sabes?