Carta a mi amigo/a masista

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Querido amigo:

Las últimas semanas encontré muchos comentarios tuyos en las redes sociales, y en un par de grupos de whatsapp que compartimos.

Me llamó la atención la profusión de tus mensajes, pues normalmente escribías pocas veces en un día, incluso hubo días en que no se notaba tu presencia en las redes. Es decir, como sucede con la mayoría de nosotros, que posteamos algo divertido, un link o algún pensamiento que nos parece interesante en el tiempo que nos dejan libre los aspectos prioritarios de la vida: Familia, trabajo, alguna afición.

Entonces, al leer con más atención tus comentarios, me di cuenta de que ése era tu trabajo actual, y que ése era el motivo de tu intensa actividad en el mundo virtual.

Aunque los últimos diez años (o algo más) quedó claro que nuestras posiciones políticas se hallaban en las antípodas, eso nunca fue motivo de discusiones ásperas o de distanciamientos. Teníamos claras nuestras diferencias, y las respetábamos.

Conforme las posiciones en nuestro país se iban radicalizando (como sucedió en los últimos años) tuvimos un par de charlas en las que cada quien defendió ciertos criterios, escuchando también la opinión del otro… y ya. Quizá luego incluso tratábamos de evitar temas de política y nuestras conversaciones trataban sobre alguno de los tantos puntos que nos unían (experiencias compartidas, amistades en común, familia, proyectos personales, etc.).
Ahora veo con sorpresa que (al menos en el mundo virtual) esos temas no tienen cabida. No solo defiendes con fiereza tus preferencias políticas (lo que no tiene nada de malo, desde ya), sino que lo haces con excesiva agresividad, munido además de consignas partidarias que también veo/escucho hasta el hartazgo en algunos medios de comunicación y en varias otras cuentas en redes sociales.

En ese momento me di cuenta de que lo tuyo es un trabajo a tiempo completo. Durante años escuché decir a amigos empleados públicos (de entidades oficialistas y también opositoras, hay que decirlo) que les obligaban a participar en marchas, a hacer campaña por el partido que administraba la institución en que trabajaban, incluso a pintar paredes con consignas partidarias, debiendo sacrificar tiempo con su familia y fines de semana de merecido descanso. Durante todo ese tiempo, aunque supe que trabajabas en entidades públicas, nunca escuché una queja de tus labios (quizás fuiste de los pocos que hacían ese trabajo por convicción, no lo sé). Por eso, siempre valoré el hecho de que en nuestros esporádicos encuentros siempre tenías el buen tino y la gentileza de no hacer proselitismo partidario. No te lo dije antes, por eso lo manifiesto –y agradezco– en estas líneas.

Quizás por eso, debo confesarte que me duele que ahora debas desempeñar ese (a mi juicio) antipático trabajo de pretender influenciar en la comunidad virtual a cualquier precio (guerreros digitales, los llaman, ¿no?). En algún momento rebatí algún criterio que habías expresado, y la respuesta llegó veloz, llena de adjetivos y consignas que parecía quisieras fortalecer a fuerza de repetirlas, con una vehemencia lindante en el fanatismo, respondiendo a un patrón de comportamiento que no conocía en ti.

Me entristece verte defender posturas indefendibles, apelando a argumentos como democracia, libertad y respeto al pueblo, cuando el candidato al que así defiendes encarna la antítesis de tales valores.

Ante algún comentario mío en ese sentido, me pediste pruebas que respalden mis opiniones (aunque tú no las proporcionas, o lo haces refiriéndote a declaraciones de quienes comparten tu posición). ¿Pruebas, querido amigo?, ¿pruebas?, ¿me pides pruebas de hechos que son evidentes para quien no se niega a ver la realidad? Axiomas –aprendí en colegio– es el nombre que reciben esas proposiciones que por evidentes son asumidas como verdades, y sobre las cuales se basan otros razonamientos. O sea, si a medianoche te digo que “con la luz del nuevo día hará menos frío”, sería absurdo que me pidas pruebas de que llegará un nuevo amanecer; sería innecesario que te hable del movimiento de rotación de nuestro planeta, o que use otros argumentos que respalden lo que digo, pues sabemos que habrá un nuevo amanecer… excepto, claro en el último día de la historia (confío en que ese día aún no haya llegado para Bolivia).

Supongo que, mientras lees esta carta, vas preparando una respuesta contundente. Preferiría que no lo hagas. Si pese a mi pedido, respondes a la misiva, te anticipo que no te contestaré. No por un afán de ignorarte o de faltarte al respeto, sino todo lo contrario. Presumo en tu respuesta una nueva retahíla de consignas y lugares comunes, de referencias a anteriores gobiernos, de comparaciones sin sentido, y de afirmaciones falaces. Si elijo el silencio como respuesta, ese silencio no reflejará cobardía ni falta de convicción en mis ideas. Será, más bien, el último esfuerzo por precautelar nuestra amistad, que –si acaso no lo notaste– sufre y se deteriora con cada arremetida (de parte y parte) en este estéril intercambio de mensajes.

Que rehúyo el debate, dirás. Para nada. Me encantaría debatir contigo nuestras ideas (y me encantaría que el candidato que defiendes también lo haga, con sus pares), pero queda claro que no hay debate posible con quien eligió recibir órdenes y repetir consignas en lugar de pensar por sí mismo y crear opinión propia.

Por eso, prefiero dar tiempo al tiempo, y cuando esta efervescencia político-partidaria haya pasado (porque pasará), y cuando quizás, el partido y el candidato que ahora defiendes ya no estén en el poder (porque, aunque no sé cuándo, también pasará, créeme), y nos encontremos nuevamente, que sea para volver a hablar de los temas importantes de la vida, los que nos unieron antes de que la realidad nos hubiera exigido asumir posición política explícita (que hoy, ciertamente nos lo exije).

Ese día, te aseguro que de mis labios no saldrá ningún reproche (confío que de los tuyos tampoco), estrecharé tu mano y nos daremos un abrazo sincero, reconociendo nuestras diferencias, respetándolas, pero conscientes de que ya no serán el eje forzado sobre el cual deba girar nuestra amistad. Quizás sí, ese día, podamos tener una charla sincera y respetuosa sobre política, historia, democracia, y nuestras opiniones al respecto.

Hasta entonces.

Un fuerte abrazo.

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