Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pablo Mendieta Paz, hablando de Camus, me envía el enlace de Killing an Arab, The Cure, uno de los primeros discos que compré cuando llegué a Estados Unidos. Se lo agradezco. Hace unos días, buscando un compacto específico, puse a un lado una compilación de este grupo donde está incluida la canción (Staring at the Sea. The Singles). No la escuché por muchos años. Mientras manejaba, activé el enlace de Pablo y retraje muchas cosas: los departamentos de Arlington, las borracheras, cerveza danesa, Lennon, Cohen, Dylan, Hendrix y amigos, emparedados de palta con chiles serranos, mi anuncio en el City Paper para conocer mujeres. Era 1989.

1986, Francine baila Sunday Bloody Sunday. Desnuda es como la estrella del amanecer. Esta canción y Take a Walk on the Wild Side, del gran Lou Reed. ¡Cómo dolió aquel lado salvaje! Lo recuerdo; toco las cicatrices del placer y el llanto. Hablé con ella la última vez treinta y años atrás y me dormí. Las garras del alcohol eran mayores que el amor. Se esfumó. Aviones fueron y vinieron. Y cayeron. Si hubo nunca más este se presta, como si la piel se hubiese resecado al sol, animales cazados y despellejados, nosotros. Curtidos a la intemperie. En vano Prometeo aúlla amarrado a la roca. Ni el silencio responde, solo el vacío. Los griegos sabían de ese caminar por la nada, le inventaron lugares, no prosaicos como el Purgatorio. El ron de Barbados dentro de su botella tiembla sin razón. En su jugo: trabajo, caña cortada, sudor, miseria. Tiembla, cómo no. No es sismo, ni ha explotado el gigante volcán dormido de Yellowstone que enterrará en ceniza a Denver en minutos. Ya nadie va a encontrarnos, esta será Pompeya en el fondo del oblivion. Sin narrativa, ajena, sin silencio, vacía. Vamos, ¿digo aquí que el silencio no ocupa un espacio? No deseo pensar en responder lo que no sospecho. Especulación. Metafísica. Miro por la ventana. Matar un árabe. Pablo añade otro correo con una cita de Camus, de El extranjero: Aujourd’hui maman est mort. Ou peut-être hier. Je ne sais pas. Tiembla el ron.

Sobre una roca del Liriuni vas de vestido blanco y solo eso. No eres Prometea, pero de lejos se te ve herida. No has de robar el fuego, eres el fuego. Desciendes de la atalaya y muestras tu dolor cortado, la piel arrebatada de un libro abierto. Por el cielo vuelan eucaliptos aviones, el río Chocaya golpea las piedras y las convierte en cascajo. Hora de fiebre, desmayo del segundo. Largas hojas de árbol caen y se clavan sobre tu espalda, espadas de la intemperie. No te matan, te aroman, te froto el vientre con la hoja azul de Australia. Mi sexo ha tronado con la profundidad del didgeridoo, con rumor del entre suelo donde sueñan las hormigas verdes, donde Werner Herzog hace tocar a Beethoven para que lo oiga el desierto.

Manu Chao, Clandestino. Sin quererlo se nublan los ojos. Noche de Odessa. Estamos con Anastasia debajo de las escalinatas de Eisenstein. Luces del puerto. Arriba brilla la estatua de Catalina zarina o zar, mejor. Multitud alrededor. Manu Chao, Clandestino, en la noche de Odessa. El mar Euxino tiene estelas de luz. Por ahí, en esa gran sombra, está la tumba del mejor de los aqueos, el Pélida, Aquiles, quien no puede vivir sin guerra, ni en 2022.

Una vida con hitos de canciones. No son mariposas amarillas, son marcas, avisos de neón. Killing an Arab: Brandywine Street, Tenleytown; Margarita Margaro, Theodorakis, bouzuki: Alexandria, Virginia; Andaluces de Jaén, Paco Ibáñez: Hall interior de la casa de Villa Moscú, piso de cerámica marrón rosa, tus pies descalzos, tu ropa interior que cae sobre la cabeza de Newton e inventa la física.

De noche eres la estrella de la oscuridad, grises tus tonos, azules tus vellos, tu vientre rítmico tambor, Orquesta Baobab.

Bienvenida a Tijuana. Los enormes eucaliptos de San Diego manchados sobre la corteza lisa. Lepra blanca. El rey enmascarado de Jerusalem, el rey de la máscara de oro de Schwob. En la sombra muere el eximio escritor acompañado de su criado chino. Francine entra a un rincón similar y nunca la veo más ciego de anteojos blancos de nube, Juno seduce a Júpiter entre los nimbos. Desde tu piedra de Liriuni extiendes tu vestido y vuelas; antes eras un ave, hoy un dron. Triángulo blanco del cielo y otro triángulo de en medio hacia abajo, negro a simple vista, campo de verde alfalfa. Solo puedo pintarte porque vuelas tan lejos como Leeds y ya los martillos del tiempo aplastan mis dedos. Me queda uno, con el que escribo. Antes de perderlo, recuerdo. Y con mi única oreja viva escucho las siempre canciones y me engaño creyendo que nunca he de morir cuando ya casi todo en mí está corrupto y seco.