Maurizio Bagatin
“Ya sabemos que la civilización sigue al comercio” -Joseph Conrad-
Cachuela Esperanza nunca fue Macondo, nunca quiso ser Tocaia Grande y nunca se creyó Santa María. Ella fue siempre la Republica de los ríos, la ciudad del caucho y de la goma, la ciudad de la cuarta veta, la veta olvidada, la que con la Potosí Imperial y su Sumaj Orcko, La Salvadora alrededor de Uncía, y la cocaína que tan lucidamente describió René Bascopé Aspiazu, sostuvo al estado boliviano, sobre todo cuando se eclipsó el auge de la plata, a final del siglo XIX y principio de siglo XX.
Vivió tiempos febriles, cuando el sueño de un El Dorado era un sueño para todos, y una vieja desdentada llegó a decir: “Yo no sé si esta tierra existe, pero estoy dispuesta a buscarla para comprobar si es cierto lo que promete, aunque me muera en el camino”. Personajes novelescos recorrieron sus calles y dictaron su historia, aventureros y pioneros, astutos y rebeldes, en sus entrañas el castigo a los desposeídos de siempre, nativos y criollos. La inmensa e impenetrable selva, los incorregibles ríos, los “ríos voladores” y una soberbia fauna, una flora de incalculable riqueza y engatusadora belleza.
Es la ciudad que habla, aldea de riquezas materiales y de miserias humanas. Y será el lenguaje que captura y reúne Ciro Bayo, con el cual recurriremos un fabuloso y tan poético diccionario criollo. Cachuela Esperanza y su creador, amante amado, hijo predilecto entre cruces y delicias, gloria y derrotas. Don Nicolás Suárez, un patriarca de un tiempo que simplemente fue. La ciudad va escribiendo su memoria, se desliza entre lo que día logró ser, se desploma recordando, se levanta y también imagina. La memoria, como decía Borges, modifica el pasado, ella cierra los ojos y se enfrenta a la nostalgia, no se rinde a la melancolía y sin embargo usufructúa de ambas.
Un libro invita o recuerda a otro libro. No es Borrachera verde, que fue resonancia a La vorágine, Cachuela Esperanza es la tierra donde vio la luz Eugen Gomringer, el padre de la poesía concreta. Amazonas, tierra de Roger Casement en El sueño del celta de Mario Vargas Llosa y de la aventura de “un tal Fitzcarraldo”. Del “oro elástico” del Beni, alucinaciones y perdiciones y sueños de progresos civilizatorios, Homero nos conduce por una ciudad visible e invisible al mismo tiempo, una ciudad femenina con su cordón umbilical y masculina en su violencia dominadora.
Esta “patria del agua” sigue conservando sus mitos y cuidando a sus leyendas, solo pocos hoy recuerdan “los secretos que los antiguos habían dejado escritos en la piel del suelo”, una espeluznante ingeniería hidráulica que embaucaría a la mal llamada eficiencia contemporánea. Las quiméricas ciudades perdidas o nunca encontradas, El Dorado, Paytiti, la fascinación de las mujeres amazonas.
Como un Marco Polo que dictara sus memorias a un Rustichello de Pisa, la ciudad se fija en las imágenes de las palabras, antes de que el tiempo y sobre todo el olvido les haga perder su Cachuela Esperanza.