Bolivia y Chile en las afueras de la emoción

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Las elecciones para la constituyente chilena casi coincidieron con el acercamiento boliviano-chileno desatado el 23 de marzo por Bolivia. El primer reflejo chileno fue algo descuidado, reconducido luego para tomar la oportunidad de la distensión. Ambas cancillerías han traducido ese ánimo en una lista que no incluye los puntos más peliagudos: el Silala y el marítimo.

Mientras, las elecciones chilenas dejaron a una centroderecha (UDI, RN, Evopoli) lejos de su objetivo de un tercio de la constituyente para siquiera ser una minoría de bloqueo. Algo igual ocurrió con la centroizquierda y el centro (PPD, PS y PDC). Quienes dominaron desde el fin del pinochetismo inician así su invierno.

Poco antes, en la presentación del libro de la académica Loreto Correa sobre Chile y Bolivia, el excanciller de Piñera, Teodoro Ribera, trató el horizonte de ambos países. Sus palabras no deberían ser desatendidas. Por ejemplo, Ribera dijo que el Silala puede marcar el tratamiento de las aguas de frontera que, alegó, circulan en un 85% de Chile a Bolivia, no al revés. También recordó el grupo que convocó para analizar el futuro con Bolivia, cuyo documento no ha sido divulgado y que espera que “algún día se haga público”, en un educado puntillazo a Allamand (rara foto de los divergencias chilenas).

Para ir de una “sociedad geográfica a una colaborativa”, Ribera apuntó que ofreció a Bolivia participar del proyecto de cable de fibra óptica del Pacífico para conectarse con Asia. Ese cable ya no tocará Bolivia, pues pasará por Argentina para llegar a Brasil. Ribera insistió que a Chile le interesa una Bolivia “democrática, estable y en desarrollo” (subrayando que usa esos términos no porque no haya otros) “con prescindencia de la disposición política de Bolivia hacia Chile” y porque “creemos que a Chile le conviene”, “por nuestra seguridad (la de Chile)”.

Lo de una Bolivia “democrática”, a la que dio el contenido de derechos humanos y Estado de derecho, sonó al Piñera que declaró por la arbitraria detención de la expresidenta Añez. Esa línea fue rápidamente reinterpretada por su cancillería, optando por el realismo de que la justicia local es asunto boliviano.

Como moneda de cambio para el MAS, Ribera relató que llamó al canciller mexicano cuando Evo salió de Bolivia, y ofreció que un avión aterrizara en Arica para sacar a los asilados del MAS de la embajada mexicana en La Paz. Ante la sorpresa del canciller mexicano de por qué lo hacía, Ribera replicó que Chile desea una “Bolivia democrática, estable y próspera”.

Falta saber, con las elecciones presidenciales chilenas en seis meses, si el movimiento tectónico que ha dejado bien parados al PC chileno y a las fuerzas a su izquierda, supondrá además un reacomodo de la diplomacia con la que Bolivia ha negociado y reñido secularmente. Tal vez la cancillería nacional espera que las dulces frases de Daniel Jadue del PC, probable candidato presidencial, se traduzcan en hechos. El acercamiento actual presupone, no obstante, que la derecha de Chile es necesaria para unas tratativas de fondo.

No es mucho lo que se ha de negociar con un Gobierno al que le quedan seis meses de vida. Claro que pecaríamos de sandez al desdeñar a Piñera por pato cojo, cuando aquí consentimos la suspensión de las operaciones del ferrocarril Arica-La Paz. No se le escapó esa paradoja en nuestra contra a un siempre autosuficiente, pero astuto José Miguel Insulza.

Finalmente está el Perú, seguramente uno de los motores en Chile para esta reapertura con Bolivia. Adolfo Ballivián sostenía ya que nuestro destino era vivir una relación de tres, sujetos a los vaivenes chileno-peruanos, realidad que toca manejar con más cabeza y menos candor, si recojo bien las admoniciones del expresidente.

En los 70, Pinochet negoció con Banzer para eludir la escena de una triple frontera enemiga. Y a fines de los 40, el expresidente González Videla hizo guiños a Bolivia para neutralizar la influencia de Perón. El posible triunfo de Castillo en Perú no es, entonces, ajeno a las ponderaciones de La Moneda ante la eventualidad de que sus tres vecinos sean gobernados por corrientes políticas afines y, si lo sabremos nosotros, asaz emotivas.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.