La participación del presidente Rodrigo Paz en la reunión denominada Escudo de las Américas inaugura un momento particularmente desafiante para la política exterior boliviana, que exige una lectura sobria y realista del sistema internacional contemporáneo.
El orden internacional surgido después de 1945 –esa elegante arquitectura diplomática levantada sobre el optimismo idealista de que los países podían comportarse como caballeros en un club británico– atraviesa hoy una fase de visible agotamiento.
Durante décadas se nos dijo que el mundo funcionaba gracias a reglas, acuerdos, negociaciones y organismos como las Naciones Unidas o el Banco Mundial, templos respetables del multilateralismo, donde las naciones discutían civilizadamente mientras el café se enfriaba en la mesa. Ese sistema, que pretendía domesticar la política de poder con normas, tratados e instituciones, hoy muestra claros signos de fatiga estructural.
El sistema internacional, en consecuencia, se encuentra en plena transición. Nuevos actores han ganado peso económico y político –China con su paciencia milenaria y Europa con su sofisticación burocrática–, mientras el consenso liberal que organizó la globalización parece entrar en terapia intensiva.
En este contexto, la estrategia de la administración Trump apunta a reorganizar el tablero mundial desde una perspectiva más ruda y más directa: la del realismo clásico. Es decir, aquella teoría de las relaciones internacionales, algo incómoda pero persistente, de que los Estados no tienen amigos eternos sino intereses permanentes. Bajo esta lógica, la seguridad nacional, el poder económico y la ventaja estratégica vuelven a ocupar el centro de la escena, desplazando el lenguaje más poético del multilateralismo.
Cabe recordar que el Corolario Trump a la Doctrina Monroe, incorporado en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2025, busca reafirmar la primacía geopolítica de Washington en el Hemisferio Occidental en un contexto de creciente competencia entre grandes potencias; retomando el principio histórico de “América para los americanos” pero adaptado a la rivalidad estratégica actual, especialmente con China.
Su objetivo central es impedir que potencias extracontinentales establezcan posiciones estratégicas duraderas en la región mediante presencia militar, control de infraestructuras críticas, redes tecnológicas o acceso dominante a recursos estratégicos. La aplicación de esta doctrina se articula en tres pilares:
Primero: la exclusión de rivales mediante una condicionalidad geopolítica explícita, donde acuerdos, cooperación y asistencia estadounidense dependerán que los países limiten la influencia de potencias adversarias en sectores sensibles como puertos, telecomunicaciones, energía, minería estratégica o infraestructura digital.
Segundo: una estrategia de “reclutar y expandir” socios regionales para colaborar en seguridad, migración, crimen organizado y narcotráfico, mientras se profundizan los vínculos económicos con Estados Unidos. La captura de Marcet y posterior envío a Estados Unidos se sintoniza con esta estrategia.
Tercero: la protección de las cadenas de suministro críticas, garantizando que América Latina continúe siendo un espacio confiable para el acceso a recursos estratégicos y para la reorganización de cadenas productivas cercanas al mercado norteamericano.
En América Latina, esta visión se traduce en un esfuerzo bastante explícito por reordenar el hemisferio bajo una alineación más disciplinada con los intereses estratégicos de Washington. La consigna America First no es simplemente un eslogan electoral; es también un proyecto de reorganización del sistema internacional donde la hegemonía norteamericana busca reafirmarse con menos intermediarios institucionales y bastante menos diplomacia de salón.
En este contexto, Bolivia enfrenta un desafío diplomático nada menor. Como país pequeño –es decir, como jugador que participa en la mesa de póquer mundial con fichas modestas–, su política exterior debe combinar también un saludable pragmatismo estratégico con la defensa firme del multilateralismo. Y no por romanticismo, sino por pura aritmética del poder: para los países pequeños, las reglas internacionales son algo así como el reglamento del juego; sin ellas, la partida se convierte rápidamente en una selva donde los más grandes reparten las cartas y también deciden quién gana.
La tarea, por tanto, consiste en practicar un realismo pragmático: defender con claridad los intereses nacionales sin abandonar del todo los principios que hacen posible la convivencia internacional. Porque, aunque el mundo se esté pareciendo cada vez más a una selva estratégica, conviene recordar que incluso en la selva existen ciertas reglas básicas de supervivencia.
Y para un país como Bolivia, mantener vivo el respeto a la soberanía, al derecho internacional, a la autodeterminación de los pueblos y al comercio abierto no es un lujo ideológico, sino una prudente estrategia de supervivencia diplomática.
El desafío central de la política exterior boliviana consiste, por lo tanto, en dar contenido estratégico y operativo al eslogan electoral “Bolivia en el mundo y el mundo en Bolivia”. Dicho de otro modo: transformar una consigna elegante, muy eficaz para los discursos de campaña y las fotografías diplomáticas, en una verdadera arquitectura de política internacional.
Esto implica definir con claridad cuáles son los intereses nacionales que Bolivia debe defender en el nuevo contexto global, identificar los espacios de inserción económica, política y tecnológica más favorables, y construir alianzas flexibles que permitan ampliar mercados, atraer inversión, fortalecer capacidades productivas y posicionar al país en redes internacionales de conocimiento e innovación.
En términos estratégicos, “Bolivia en el mundo” significa desarrollar una diplomacia económica activa, capaz de abrir oportunidades comerciales, energéticas y tecnológicas en un sistema internacional cada vez más competitivo. Y “el mundo en Bolivia” supone crear las condiciones institucionales, regulatorias y políticas para que capital, conocimiento, talento e innovación internacional encuentren en el país un espacio atractivo para desarrollarse.
En suma, el reto no es repetir la consigna, sino convertirla en una política exterior coherente, pragmática y orientada a resultados, capaz de defender los intereses nacionales sin perder de vista los principios que históricamente han guiado la diplomacia boliviana.
Gonzalo Chávez es economista.