Bien o bueno, como malo o muy malo

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Estos días en que el expresidente Morales ha borrado públicamente a Álvaro García de su lista de incondicionales, provocando la dolorida queja de su acompañante de momentos de éxtasis y de fugas angustiadas, se prestan para reflexionar como usamos cotidianamente las palabras bien y mal.

Así, cuando alguien dice que el gobierno recibió una “buena tunda” con las denuncias sobre corrupción formuladas por sus excompañeros evomoralistas, serán muy pocos, o probablemente nadie, que se le ocurrirá interpretar que los golpes fueron suaves, contenidos o tiernos. Conocemos y usamos, quizá más que otros, los términos bien o bueno como amplificadores, hasta un extremo de la metafísica popular difundida por el canta autor Papirri, en ejemplos como “bien malo había sido”.

Claro que la sucesión de ataques de unos masistas contra otros, por “buena” que le resulte a alguno, en tanto intensa o furiosa, no garantiza de por sí que consiga los efectos que busca quien ataca o denuncia.

Si las acusaciones provienen de quienes son famosos por su violencia verbal y su tendencia a mentir, no tendrán mucha credibilidad. Inclusive si se imputa a ministros o altos ejecutivos estatales como corruptos o cómplices de pandillas criminales, la eficacia será pobre si los denunciantes continúan ofreciendo pruebas que no presentan, o lo hacen a medias, o, ellos mismos cargan sobre su espalda denuncias del mismo tipo y una trayectoria de embusteros.

El MAS tiene ese problema, desde su máxima cabeza quien ha hecho grandes promesas que sabía que no iba a cumplir (no volveré a postularme si no me quieren) o afirmaciones pequeñas (hago 2.000 abdominales diarios). Me ha tocado vivirlo, el año 2016, cuando el Sr. Morales Ayma afirmó públicamente que en charla personal, yo lo había invitado a subirse “al tren del neoliberalismo”, reiterándolo en el congreso de su partido (Ivirgarzama), hace apenas unos pocos días.

En ambas veces respondí que la última vez que conversamos y nos vimos las caras fue hace más de treinta años, en una entrevista conjunta, ya publicada, y que jamás se me ocurriría invitarlo a un tren, porque es famosa la debilidad, o más bien el auténtico delirio, que le provocan los aviones al señor Evo Morales.

En la primera ocasión que refirió esta charla que no ocurrió, buscaba atacarme, mientras, ahora su objetivo es agredir a su protegido y hoy presidente (y enemigo central del expresidente), Arce Catacora, desacreditándolo y burlándose de él y del Partido Socialista 1 (PS 1), en el que Arce se ha inventado una militancia antidictatorial que no tuvo, para mejorar su currículum político para una próxima elección, si se viera obligado a presentarse como candidato de un partido que hoy no existe jurídicamente y que se autodisolvió, en 1991.

Buen enredo, que se quedaría en simple brochazo de una torpe campaña muy adelantada, si no estuviese influyendo claramente en empeorar los grandes problemas que heredamos del largo período Morales-García, ahora reproducidos y reforzados por el binomio de “renovadores”, aferrados a un modelo económico caduco y su esquema político de poder corporativista, represivo, apoyado por una administración de justicia hundida en el fango de sus acciones y relaciones criminales.

Que los luchoarcistas y los evomoralistas se hayan puesto de acuerdo en controlar la selección de candidatos de las elecciones judiciales, induciendo, una vez más, que el voto popular los rechace -con abstención, votos blancos y nulos- no asegura que impulsarán los mismos candidatos, porque cada uno buscará imponer a los que mejor le garanticen sus exclusivos intereses y que, en caso necesario, puedan dar un nuevo golpe de estado, como lo hicieron sus empleados del Tribunal Constitucional, violando la Constitución y anulado el voto popular del referendo de 2016, mediante sentencia maquinada en 2017 y mantenida por sus sucesores hasta hoy.

La aprobación del nuevo reglamento chueco e inconstitucional, repetirá una elección antidemocrática -bien mala y torcida-, que atropella la voluntad soberana, como se vio en resultados donde el elegido con más alta votación apenas ronda un 10% de los votos, mientras la mayoría repta entre el 2 al 5% de apoyo.

Concentradas en dar los zarpazos y mordiscos que más duelan a sus colegas (ex “hermanos”) y en conservar y ampliar sus parcelas de poder, las bandas en que está dividido el MAS, no están entendiendo como crecen sin control la incertidumbre colectiva, el impulso de brotes inflacionarios, la desesperación por ausencia de instancias de administración de justicia, como efectos directos de sus grescas.

Esa sensación térmica política de la calle, alimenta el hastío y la bronca ciudadana que pueden explotarles en la cara, antes de que acaben de frotarse las manos, felicitándose por lo “bien mal” que están haciendo sentir a los que fueron sus jefes, protectores o nada más que sus buenos amigotes, hasta ayer.