Andrés Canedo

Aunque uno no lo quiera, a veces se enclaustra. Y uno piensa, y uno recuerda, y como siempre, siente hondamente. Es que, finalmente, es bueno esto de ser sentipensante. En ese orden, que es el humano. La memoria, esta característica de los que hemos vivido, se viene con su aluvión de recuerdos: amores, libros, música, cosas simples. Esas simplezas que tejen la compleja coreografía de la vida que no se entrega, aunque sus diseños ya no sean tan vigorosos. El peso de los años que intenta hundirnos, pero el corazón es, todavía, un nadador magnífico en el río caótico del tiempo. Y así seguimos soñando, seguimos deseando. El deseo, junto al amor, motores poderosos de la vida, saltos potentes hacia el futuro, aunque estén enraizados en el pasado.

Y así, en desorden, me invaden, por ejemplo, melodías. Yo que tanta música escuché, soy asaltado en este momento por la voz de Mercedes Sosa, poesía que es música. Y la dejo jugar en mi emoción, aunque por un instante me haya preguntado por qué no fueron Mozart, Bach, Rachmaninov, Brahms o Perderecki. Así es, así lo quiso ahora la sed profunda de mi alma, que sabe siempre de qué agua habrá de beber. Se me viene también un poema de Whitman con su sencillez arrobadora, a pesar de que me interrogue, a qué se debe que no hayan sido Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, Prévert, o Tejada Gómez, o Vinicius de Moraes, o Jaime Sáenz, o Alejandra Pizarnik. Por qué no aquellos antaño tan amados, Marcos Ana, Nazim Hikmet, Guillén, Miguel Hernández, Quevedo, Franz Tamayo, Machado, Goytisolo, Borges y tantos otros. Pero me invadió Whitman con su alegría, con su inclaudicable esperanza, y me alegro por ello.

Un amor, de tantos, se me viene a la cabeza. Es el más humilde, el más desheredado. El que aguantó en silencio la negación y el infortunio, pero que, como debe ser, ansiaba la plenitud que no pudo conseguir. Y entonces, se fue. Se evadió como el globo rojo que se escapa de la mano de un niño, y vuela y asciende, asciende hasta estallar ardido por el sol negro que posibilita la noche del olvido. Y queda apenas el contraluz del cielo que habilita la presencia del infinito que es también la nada, esa nada muy llena de todo, de todo dolor, de la suma apabullante de los pesares. Y aquí estoy, sumido en el desconsuelo que traté de esquivar. Su luz, como la de un astro muy lejano, parpadea junto a las estrellas impávidas y ajenas a todas las congojas. Pero allí está. Yo la veo, yo la siento, yo la sufro, aunque no lo quiera, en este enclaustramiento. Y el corazón sigue nadando en el mar inclemente de la vida.

Claro, está la música de Mercedes Sosa, está Walt Whitman pidiéndome que “no termine el día sin haber crecido un poco”, asegurándome que yo, también, “puedo aportar una estrofa”. Es la voz del poeta, de los poetas, lo que viene en mi rescate. Yo lo sé, yo que intento hilar palabras para delinear la trama de mi historia. Para contarla y que ilumine a alguien, para que esa luz me salve a mí mismo. Aquí estoy, escribiendo desde el claustro, contándome y contándoles esta vivencia íntima, en la pretensión de generar la luz, de obtener una guía para los días que me restan. Lo demás, tantas otras cosas y circunstancias por las que atravesé, pueden empezar a ser olvido.