Algo habrá que no es de este mundo

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El lunes, al salir del banco, encontré  una gallina esperando para cruzar la calle. Estaba allí, quietecita, frente a mí, con ese movimiento de cuello espasmódico y gallinil de izquierda a derecha, observando el escaso tráfico de las 9 de la mañana. Una superviviente del holocausto, pensé, que sigue con vida gracias a alguna habilidad mortadelística que la camufló como ángel de árbol navideño o figurita de belén viviente y ahora, que la felicidad ha terminado, se ha quedado sin espacio. Es curiosa su tranquilidad y la normalidad del viandante y conductor vigués ante semejante estampa, porque hay pocas explicaciones viables para su presencia en pleno centro de la ciudad, donde no es posible la vida de animales sin pedigree y lo que no es habitable son tiendas u oficinas de postín. Imagino que no le habrá tocado trabajar en el turno de noche del Mc Donalds de la esquina, ni inventariar alguna de las tiendas de Amancio Ortega, tampoco la veo cobrando o cogiendo los bajos de las peleterías de la zona – por la falta de pulgares, nada más-, ni fregando los suelos de entidad bancaria alguna. Por el rubio de su plumaje, con reflejos coral, bien podría haber salido de alguna peluquería de marca, pero por la hora es descartable ya que empiezan a abrir y ella está ya peripuestísima. Las opciones siguen abiertas. Si vistiese zapatos y bolso caro hasta podría ser familiar de la mujer que arregla el escaparate con abrigos de faisán, conejo y corderito degollado poco a poco – para controlar el sangrado- situada al lado del semáforo, por lo que es bastante razonable imaginar que, en esta peligrosa época de rebajas, se confundiese y terminase en el almacén. La imagino en la estantería de arriba, la que necesita escalera, agazapada y temblorosa, controlando el cloqueo para no ser descubierta cuando el personal se prepara para cambiar escaparates, esperando una oportunidad para huir despavorida en busca de una zona menos minada.

No debe ser fácill, la verdad, nacer gallina, porque los pasillos humanitarios o la carta internacional de los derechos humanos no las contemplan como salvables -a los humanos sí, dependiendo de su calidad- y es que este animal está poco dotado para la vida, ya sea en la ciudad o en el campo, porque todo son manos dispuestas a hacerse con sus huevos, con sus plumas o a partirle el cuello para cocinar esa blanca carnecita que su madre puso en este cruel mundo. Me repito, lo sé, pero es que es muy curiosa la calma  del animal y viandantes. Su presencia no ha levantado revuelo, ni siquiera el perrazo que pasea una Maripili, y ahora espera el verde a su lado, se ha inmutado ante su presencia. Todo es normalidad, parsimonia y relax ante un paso de peatones en rojo. Suerte que los chiquillos no han comenzado el colegio porque ahora estaría huyendo de sus atronadoras voces infantiles, porque ellos sí, ellos reaccionarían al encontrar una gallina que no tuviesen que colorear.

El semáforo ha cambiado, por fín, y la espero al otro lado. Tengo curiosidad por ver qué hace, hacia dónde dirige sus patas flamencas y aunque el parking aumenta la factura, merece la pena pagar cualquier pastizal por desentrañar este misterio. Ha cruzado la última, tras los pasos de un anciano con bastón, sonriente al ver que el animal le sigue, pero al llegar a la acera se separan: él va hacia el mar y ella hacia calle la peatonal. Para no asustarla decido aplicar el método Millán, el de los chuchos, y hacer como que no la veo, pero creo que ella también conoce el programa y pasa de mi como un conciudadano cualquiera. Maldita. Estoy convencida que conoce estas callejas como la palma de su mano, ha torcido a la izquierda, rumbo a la panadería y al bareto de las empanadillas ¿será que también tienen olfato canino? Subimos por detrás de la antigua cárcel, ahora museo de arte, y hace un alto frente al bareto para picotear. Llegan sonidos de música y palmadas de una plaza cercana donde unos chandaleros cuarentones se han reunido para realizar una técnica gimnástica de nombre desconocido y tan absurdo como ella. “Los auténticos” hacen todo tan top que hasta gallina se para a observar sus posturas de sumo, sus palmadas y música descompasadas. A pesar de que en el bajo hay un super y la zona es bastante comercial, no hay demasiada gente. De hecho sólamente gallina y yo observamos la “desfeita”. Me pregunto por qué estos top de la autenticidad nunca eligen algo tan cercano como una muñeira a ritmo  d’unhas boas cunchas santiaguesas para quemar calorías. Un baile regional con mallas color chillón, zapatillas nike y bebida isotónica, en vez de tintorro, para después: el “muñeiring”, que como el flamenco, también tiene derecho a modernizarse. Debe ser cosa de estar a ras del mar y los microplásticos o de reciclar mal o de ver demasiada tele o de yo qué sé, pero esto empieza a cansarme y si el bicho prefiere quedarse yo me largo, que el parquímetro irá por los diez dolorosos euros. Bajo hasta la zona peatonal y hace un frío del copón bendito. Me estoy volviendo friolera o alérgica al moho porque la humedad de este lugar va a terminar conmigo. Me fijo en unos zapatos y pregunto el precio; gallina me ha encontrado. Un anormal podría pensar que hemos contactado, que hay una especie de conexión telepática entre ese cuello espasmódico y yo, que sabe que sería incapaz de hacerle daño, pero esos malos pensamientos los evita un guardia de barrio cuando pregunta

– ¿Es suyo el animal?

– No, lleva un rato estirando las patas por la zona.  

E intentan cazarla. El bicho, que de tonto tiene poco, sale chillando y aleteando de allí y es cuando aprovecho para adentrarme en el centro comercial y de ahí al parking.

Decía Jung que los seres humanos juegan con aquello que aman. Por lo visto el del sex shop del centro adora el rubio y si tiene plumas, mejor. ¡Qué cerca estaba de casa y qué poco faltó para que el paseo saliese bien!.