Márcia Batista Ramos

«Sería bueno poder permanecer siempre en el ámbito de los sueños, pero uno tiene que salir de allí.» Banana Yoshimoto.

Después de ponerse el abrigo negro, acomodó el fular alrededor del cuello para sentirse más protegida, acomodó el barbijo, los lentes y la visera, después se preguntó “por qué nació en esta época extraña”. Le gustaría ir a visitar su mejor amigo, conversar sobre todo y nada, como siempre acostumbraban a hacer, pero recordó que él está completamente aislado, ya va por los 14 meses aislado, tras dar positivo 58 veces para coronavirus; “parece ser víctima de un experimento secreto, pero esas cosas no se mencionan, es feo ser conspiranoica…”

Abrió la puerta y sintió el frio cortante atravesando su ropa y todos los pertrechos que llevaba puestos. Enfrentó el frio y se puso en marcha a paso firme por la calle medio vacía, pensó en el niño marroquí en el pozo, en la indefensión en que se encuentran la mayor parte de los niños en el mundo. “Tantas oraciones, tanta angustia, el momento de alegría y alivio, después la mala noticia…”  Apresuró el paso, no quería seguir pensando. Apenas quería ir de una buena vez. Escuchó una risa de niño y se dijo a sí misma: “Rayan ya está jugando en le Jardín de los niños, ya se olvidó de todo, está allí donde no hay tiempo ni espacio”. No intentó mirar a los costados para ver de dónde venía la risa, apenas, disminuyó la marcha, respiró más tranquila con la certeza de que en el más allá todos los niños están bien; ella estaba segura de que: “el mundo real no es sino la mitad de un total que incluye lo sobrenatural”, no sabía quién lo había dicho, tampoco le interesaba saber. Las ideas siempre caen en el dominio público y se transforman…

“El Rey llamó a los padres para darles la mala noticia, pero ya no importa el título de rey, las joyas del rey, el trono del rey no importa… Fue inevitable. Era evitable. Fue inevitable. Era evitable. ¡No importa! Lo único que importa es que Rayan ya está jugando, con otros niños lindos que el mundo no trató de salvar y que murieron sin ninguna oración… Existen pequeños milagros, pequeñas magias… No todo es apenas lo que vemos, tiene que existir algo más, mismo que los medios no quieran”. – pensó y apresuró el paso.

En las noticias ya se olvidaron de Rayan, empezaron a hablar de los suicidios por la presión causada por el aislamiento por el coronavirus; a cada año la cifra superará los (…) mil anuales, un número que a veces crece desmesuradamente debido a la multiplicación de los suicidios colectivos que empiezan a ocurrir en el planeta.  La muerte, los viajes al más allá, siempre se hace presente, en sus diferentes formas. “Pero si era eso lo que querían. ¿Por qué no dejan la hipocresía y se callan? Pero, no tengo que ser conspiranoica, me van a psicotizar e internar.  Ahora inventaron un término nuevo (psicotizar) para mantener a todos dentro de los límites que creen razonable…” – pensó y sintió bronca.

Llegó al policlínico, entró por la puerta principal, los otros (con coronavirus y sospechosos) por la puerta de la calle de al lado… Se presentó en la recepción y le dijeron que suba al segundo piso y se presente a la enfermera del pasillo de la derecha, que revisó su carnet y no tardó en hacerla pasar.

El médico estaba escribiendo en una especie de cuaderno, con un bolígrafo, sobre el escritorio metálico, levantó la cabeza y le dijo: “Buenos días señora. Hoy hace mucho frío. ¿Cómo está usted?”

Ella no percibió la sonrisa del médico tapada por el barbijo y empezó a hablar:

– “El niño juega con la pelota. Sueña que cuando crezca va a ser bombero. La escuela es lejos de su casa, pero su padre lo lleva en bicicleta y cuando llueve ellos van en el colectivo. El lugar es árido, y para nosotros, que estamos acostumbrados a las flores y a los árboles, lo vemos como un lugar terrible. El pozo seco estuvo allí por muchas generaciones. En un instante él resucitó y se expandió como una luz. El perro arma un gran alboroto cuando no ve al niño. Las horas se volvieron eternas. Las cabras pasan por el pozo sin caer. Siempre pienso sobre qué puede ser la felicidad para los otros. Estuve caminando por la playa cuando el niño Elian llegó a mis pies traído por la ola. La gente caminaba por la playa, era un día que parecía normal… Pero los días nunca son normales. Las noticias quieren que todo lo malo, lo feo y lo absurdo sea normales…Nuestra sociedad no está madurando. Nuestra sociedad está muriendo. Los jóvenes están ahogados y los viejos están muertos en vida. Hay personas que sobreviven y no parecen cuerdas. Tal vez, seguramente, usted diga que yo estoy mentalmente enferma. Ya no me importa su opinión doctor… Sería mejor soñar y no volver al ámbito de la realidad.”

(Adiós Rayan, me vas a doler cómo me duele Elian y los otros…)