Ver a Fernando Cerimedo enfrentar la justicia despierta sentimientos encontrados, y es importante entender por qué. Por un lado, da una sensación de alivio y de justicia ver a alguien que se creía intocable caer por sus propios actos; es natural que la ciudadanía sienta satisfacción cuando quien abusó del poder termina expuesto y detenido. Pero por otro lado, hay algo profundamente insuficiente en todo esto: Cerimedo está siendo procesado por delitos comunes, y ese no es su mayor pecado.
Porque el verdadero daño que él y quienes lo rodean le hacen a Bolivia es mucho más grande, más profundo y más duradero: venden discursos demagógicos, promesas grandiosas y palabras que suenan hermosas, pero cuando llega la hora de los resultados, todo es ruina, escasez y sufrimiento para la gente. La demagogia es la moneda con la que compran la confianza del pueblo: hablan de justicia, de cambio, de bienestar, mientras en la realidad los precios suben, los salarios no alcanzan, el combustible falta y las oportunidades se alejan cada día más. Los resultados son funestos, dolorosos, devastadores: mientras la sociedad entera atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia, luchando día a día para poner comida en la mesa, el poder se corrompe, se enriquece y se protege a sí mismo como si nada estuviera pasando.
La verdadera justicia llegará el día en que los Cerimedo y todos aquellos que operan a su alrededor caigan por el daño que causan cada día a la sociedad. Lo que practican bien podría llamarse narcotráfico de falopa ideológica: venden discursos engañosos, narrativas que nublan la razón y promesas que nunca se cumplen, manteniendo a la gente dependiente de una ilusión que solo los beneficia a ellos, mientras el pueblo se empobrece, se divide y sufre.
No debemos perder de vista algo fundamental: Cerimedo es, en el fondo, un simple peón. Y la prueba más clara de ello es la velocidad con la que quienes lo rodeaban le soltaron la mano en cuanto las cosas se pusieron difíciles. Él es el que se expone, el que hace el trabajo sucio, el que repite el discurso en voz alta. Pero estamos aún muy lejos de ver caer a quienes lo financian, lo guían y lo protegen: los que están detrás de todo, moviendo los hilos desde la sombra, protegidos por su silencio y su distancia.
Esa ideología que distribuyen actúa como un veneno, como un estupefaciente poderoso que adormece la conciencia colectiva. Hay muchísima gente consumiendo esa «porquería» hoy, y esa es precisamente la razón por la que funcionan todos los chanchullos del poder. La demagogia y las ideologías manipuladas operan igual que el opio que los británicos introdujeron en China: una sustancia que mantiene a la población confundida, dividida y sumisa, mientras unos pocos se enriquecen, se corrompen y dominan sin que nadie se atreva a cuestionarlos.
Está bien que Cerimedo caiga, que enfrente la ley y pague por lo que ha hecho: es un delincuente menos haciendo daño. Pero no podemos conformarnos con eso, porque sería precisamente lo que esperan los que están arriba. Hay que ir por el jefe de la banda, por quien nunca da la cara, por quien da las órdenes y se mantiene intocable mientras el país se desmorona. El verdadero enemigo está oculto, protegido por el ruido, por la confusión y por la lealtad que compra con prebendas y promesas que nunca se cumplen.
Porque hoy, mientras la gente sufre, mientras las familias no llegan a fin de mes, mientras la esperanza se desvanece, el poder sigue corrompiéndose, sigue protegiéndose a sí mismo y sigue vendiendo los mismos discursos que ya sabemos que no llevan a ninguna parte. La demagogia no es solo palabras bonitas: es el puente entre la esperanza del pueblo y la riqueza de unos pocos a costa del sufrimiento de todos.
Hay que volarle la máscara —y todo lo que se esconde detrás— a ese enemigo invisible. Porque mientras sigamos contentándonos con que caigan solo los peones, el tablero seguirá siendo el mismo, las reglas las seguirá poniendo el mismo poder, y ellos seguirán jugando con todos nosotros. La justicia no puede conformarse con cabezas que ruedan: debe alcanzar a las manos que las mandan rodar, y también a las voces que engañan al pueblo mientras el país se cae a pedazos.