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¿Qué ocurre cuando la pantalla deja de estar fuera de nosotros?

Márcia Batista Ramos

En “Un mundo feliz”, Aldous Huxley imaginó una sociedad en la que el poder había descubierto una forma de dominación más eficaz que la prohibición: conseguir que los individuos no sintieran la necesidad de rebelarse. El orden social no dependía únicamente de la vigilancia o del castigo, sino de una combinación cuidadosamente administrada de placer, consumo, entretenimiento y satisfacción inmediata. El sistema no necesitaba obligar a las personas a permanecer dentro de sus límites porque había conseguido que esos límites les resultaran confortables.

La intuición de Huxley adquiere una inquietante actualidad en un mundo en el que la tecnología ocupa una parte creciente de nuestra atención. No porque los teléfonos inteligentes sean equivalentes al mundo imaginado en “Un mundo feliz”, ni porque exista una voluntad única y centralizada de controlar nuestras vidas, sino porque la lógica de la distracción permanente ha adquirido una dimensión tecnológica que Huxley difícilmente habría podido imaginar.

La pantalla está en todas partes. La llevamos en la mano, la consultamos mientras caminamos, comemos, conversamos o esperamos. La miramos al despertar y, con frecuencia, es lo último que vemos antes de dormir. Ya no necesitamos acudir a un lugar específico para entretenernos: llevamos el entretenimiento con nosotros.

Pero el problema no es la pantalla.

El problema es aquello que la pantalla hace con nuestra atención.

Vivimos rodeados de estímulos diseñados para interrumpir la continuidad del pensamiento. Una notificación reclama una respuesta, una imagen exige ser mirada, un mensaje espera una reacción, una nueva noticia sustituye a la anterior antes de que hayamos terminado de comprenderla. La atención se fragmenta y, con ella, también puede fragmentarse nuestra capacidad para permanecer durante un tiempo suficiente ante una idea compleja.

Pensar requiere una forma de quietud que la cultura de la conexión permanente vuelve cada vez más difícil.

No se trata de idealizar un pasado sin tecnología. Nunca existió una humanidad completamente libre de distracciones. La diferencia contemporánea reside en que la captura de la atención se ha convertido en una infraestructura tecnológica. Los dispositivos no esperan pasivamente a que los utilicemos; están diseñados para reclamar nuestro regreso.

La economía de la atención ha transformado el tiempo humano en un recurso susceptible de ser capturado, medido y convertido en valor. Cada minuto de permanencia, cada desplazamiento por una pantalla, cada interacción produce información sobre nuestras preferencias y comportamientos. La atención deja así de ser solamente una facultad psicológica para convertirse también en un territorio económico.

Huxley comprendió que el entretenimiento puede desempeñar una función política incluso cuando no parece tener contenido político. Una sociedad permanentemente entretenida puede no necesitar censurar todas las ideas si consigue reducir el espacio mental disponible para examinarlas.

El poder más sofisticado quizá no sea aquel que nos prohíbe pensar, sino aquel que consigue mantenernos demasiado entretenidos para que pensemos.

La diferencia es fundamental.

La prohibición enfrenta al individuo con un límite y, por lo tanto, hace visible la existencia del poder. La distracción permanente puede ser mucho más discreta. No necesita impedir una pregunta; basta con ofrecer inmediatamente algo que la desplace. No necesita silenciar una voz; puede impedir que llegue a formarse.

En ese punto, la tecnología contemporánea comienza a aproximarse a una de las intuiciones más inquietantes de Huxley: la posibilidad de que la libertad se confunda con la satisfacción.

Elegimos qué mirar, qué escuchar, qué comprar, qué compartir y qué seguir. La experiencia subjetiva es la de una libertad casi ilimitada. Sin embargo, nuestras elecciones ocurren dentro de entornos tecnológicos que aprenden de nosotros, anticipan nuestras preferencias y seleccionan aquello que aparece ante nuestros ojos.

La pantalla parece obedecer nuestros deseos.

Al mismo tiempo, aprende a producirlos.

Ésta es una de las transformaciones más profundas de nuestro tiempo. La tecnología ya no se limita a transmitir información que nosotros buscamos. Participa en la selección de aquello que vemos, en la organización de aquello que consideramos relevante y, progresivamente, en la formación de nuestros hábitos de atención.

Todavía existe una distancia entre nosotros y la pantalla. Podemos apagarla. Podemos apartar el teléfono. Podemos cerrar una aplicación.

Pero la Era Wetware plantea una posibilidad diferente.

¿Qué ocurre cuando la pantalla deja de estar fuera de nosotros?

La pregunta parece pertenecer a la ciencia ficción, pero comienza a adquirir una dimensión concreta a medida que avanzan las interfaces cerebro-computadora, las neurotecnologías y los sistemas capaces de establecer una comunicación cada vez más directa con la actividad cerebral. El objetivo de muchas de estas investigaciones es legítimo y potencialmente extraordinario: recuperar funciones perdidas, asistir a personas con discapacidades, restaurar formas de comunicación o ampliar determinadas capacidades.

Sin embargo, toda tecnología que consigue aproximarse a la actividad neuronal abre también un problema que no puede resolverse únicamente desde la ingeniería.

Si hoy la pantalla compite por nuestra atención desde fuera, ¿qué ocurrirá cuando una tecnología pueda interactuar directamente con los mecanismos neuronales que producen esa atención?

La pregunta cambia de naturaleza.

Ya no se trata de cuánto tiempo permanecemos frente a una pantalla, sino de quién puede intervenir sobre las condiciones que determinan hacia dónde dirigimos nuestra conciencia.

Éste podría ser uno de los grandes umbrales de la Era Wetware.

Por muchos siglos, la tecnología amplió las capacidades del cuerpo. Ahora comenzamos a desarrollar tecnologías que se aproximan a otro territorio: el de las funciones cognitivas.

La transformación es cualitativa.

Cuando una tecnología modifica nuestro entorno, podemos distinguir entre nosotros y aquello que hemos construido. Cuando comienza a intervenir directamente sobre nuestros procesos cognitivos, la frontera se vuelve mucho menos evidente.

Tendremos que preguntarnos qué puede hacer la tecnología con nosotros.

Y, sobre todo, quién tendrá derecho a hacerlo.

Porque una tecnología capaz de interactuar con la atención, la memoria o determinadas respuestas emocionales no representa únicamente una nueva herramienta. Puede convertirse en una nueva infraestructura de poder.

Aquí Huxley vuelve a resultar incómodamente contemporáneo.

Su advertencia no consistía en imaginar máquinas que destruirían a la humanidad. Su preocupación era más sutil: una civilización podría perder aquello que la hace humana mientras cree estar disfrutando de una vida cada vez más cómoda, entretenida y satisfactoria.

El peligro podría estar en que dejáramos de experimentar la necesidad de preguntarnos por qué obedecemos.

En la Era Wetware, esa posibilidad adquiere una dimensión nueva. Si la tecnología llega a integrarse con los procesos que sostienen nuestra atención, nuestra memoria o nuestras emociones, la autonomía ya no podrá definirse únicamente como la ausencia de coerción externa.

Será necesario hablar de una autonomía cognitiva.

No bastará con tener libertad para elegir si nuestras condiciones de elección pueden ser modificadas sin nuestro conocimiento o consentimiento; poder acceder a millones de informaciones si nuestra atención es dirigida de manera permanente hacia aquello que otros han decidido que debemos mirar; o disponer de una memoria ampliada si no conservamos la capacidad de decidir qué merece ser recordado.

La soberanía cognitiva comienza precisamente allí: en el derecho a conservar un espacio interior que no esté completamente colonizado por sistemas de predicción, persuasión o intervención.

Tal vez ésta sea la diferencia decisiva entre el mundo de Huxley y la Era Wetware.

En “Un mundo feliz”, el poder administra el placer para mantener estable a la sociedad.

En nuestro presente, la tecnología administra crecientemente la atención porque la atención tiene valor económico.

En el futuro de la tecnología wetware, podríamos encontrarnos ante una situación mucho más delicada: tecnologías capaces de aproximarse directamente a los mecanismos neuronales mediante los cuales prestamos atención, recordamos, sentimos y decidimos.

La pantalla habría dejado de estar frente a nosotros.

Estaría, de alguna manera, dentro de nosotros.

Y entonces la pregunta sería si todavía podríamos apartar la mirada.

Porque quizá la última forma de libertad consista en conservar la capacidad de cerrar los ojos, guardar silencio y pensar por nosotros mismos.

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