Maurizio Bagatin
Deberíamos retornar niños, lo sugirió Nietzsche, y dejarnos llevar por aedos enceguecidos, cantores y rapsodas ciegos que nos conduzcan y guíen con cierto distanciamiento entre el arte y la cotidianidad de la vida. “La memoria del ciego debe ser distinta de la de la persona que ve”, nos recuerda Ismail Kadaré. En nuestra vida siempre viajamos con este Odiseo adentro de nosotros, eternamente tentados por sirenas encantadoras, magas engatusadoras, brutales cíclopes, una empedernida Calipso y una perseverante Penélope.
James Joyce “invade” Dublín aquel día de junio, Borges nos conduce en La casa de Asterión y Cesare Pavese nos ofrece el hombre que mira a la ventana buscando el sueño y el olvido. Solo a los dioses todo esto está permitido.
La lengua épica es un producto altamente artificial, mientras nos queda la narración, las historias narradas que sobreviven a la noche, el recuerdo de que “hay guerras para que haya poesía”. De alguna manera, todos somos Ulises.