Una de las misiones que se encomendó a sí mismo el filósofo inglés Bertrand Russell (1872-1970), fue la de disminuir en gran medida la cantidad de sufrimiento y tristeza del mundo y de entender a los seres humanos en su paso por este mundo.
“Los hombres son apasionados, impetuosos y están bastante locos. A causa de su locura se causan, a sí mismos y a los demás, desgracias que pueden ser muy graves. Pero, aunque la vida del impulso es peligrosa, debe ser preservada si no queremos que la existencia humana pierda su sabor”, ante esta premisa de Russell, nos mueve a plantear ¿en qué medida la filosofía antigua, griega, medieval, moderna, contemporánea nos puede encaminarnos a decisiones para ir superando las taras, los problemas, las dudas, las náuseas que de forma permanente el ser humano afronta?
Una humanidad prudente en política, como en cualquier otro terreno, sólo se consigue recordando que incluso los grupos mayores se componen de individuos, que los individuos pueden ser felices o desgraciados y que cada individuo que sufre en el mundo representa un fallo de la cordura humana y de la humanidad común. Las metas del arte de gobernar no deberían ser abstractas. Deberían ser concretas como el afecto de los padres por sus hijos pequeños. El mundo necesita cordura y calor humano en igual medida. Por el momento faltan las dos, pero esperemos que no siempre sea así.
La libertad que siempre cuesta asumirla ocupa un lugar central en esta ruta. ¿Cómo entender este miedo a la libertad? Una precisión, no se trata de la esencia de la labor periodística, es decir, la libertad de expresión, que es la que guía la misión del periodismo, sino la libertad personal de elección, de expresar las opiniones de forma abierta, sin temor a represalias o a pelearse con el amigo; de criticar de forma constructiva un reportaje de un colega de trabajo; de reconocer errores propios y tratar de enmendarlos.
El pensar es un acto de libertad, es una opción, también el pensar es un acto de la experiencia. Pero esa dimensión no se la asume y no se entiende que el pensamiento nos abre las pautas para ejercer nuestra libertad de acción. El pensar con libertad tiene sus consecuencias, de ahí, el temor que nace en cada persona y evita conflictuarse y entrar en conflictos con sus compañeros de trabajo. Consecuencias que se extienden de forma negativa en las actitudes y comportamientos individuales, los que a su vez afectan al conjunto de personas y al entorno laboral.
Probablemente el ejercicio de la autocrítica y el de reconocer los propios errores, sea otro de los elementos críticos de los problemas que se atravesamos todos los días. Sin duda, que la prioridad máxima está en mejorar desde adentro y embellecer la casa, lo que pasa, obligatoriamente, por la premisa de que para mejorar la profesión, se necesita no claudicar en el perfeccionamiento como persona humana.
El filósofo español Fernando Savater quiere que la filosofía no responda a las interrogantes que permanentemente se hace el hombre, sino que ahonde en las dudas. Filosofar, dice el vasco, no debería consistir en salir de dudas, sino entrar en ellas y cita a Augusto Comte para reforzar su tesis:
“La filosofía no es un largo río tranquilo, donde cada cual puede pescar su verdad. Es un mar en el que mil olas se afrontan, donde mil corrientes se oponen, se encuentran, a veces se entremezclan, se separan, vuelven a encontrarse, se oponen de nuevo… Cada uno lo navega como puede y es a eso a lo que llamamos filosofar”.
El profesor de filosofía Lou Marinoff habla de ocuparnos de los aspectos de la vida moderna (y posmoderna), que hacen que vivir resulte tan desafiante, complejo y en última instancia, valioso y provechoso. Plantea ayudar a las personas a que lleven una vida examinada, es decir, en consonancia con la ética, la virtud, la moral y en convivencia con el prójimo. Definitivamente para ser verdaderamente humanos necesitamos reconocernos en el otro y convivir con nuestros semejantes.
¿Qué rol puede desempeñar la filosofía en estos tiempos de avances tecnológicos, de influencers, de guerras, de posbloqueos? ¿Puede la filosofía aliviar el dolor de una enfermedad o de la muerte de alguien cercano? ¿Cómo la filosofía puede ser un apoyo para los miles y miles de los afectados por los bloqueos? ¿Los textos filosóficos de hace 50, 100 o 200 años por qué siempre están vigentes? ¿Es la filosofía una respuesta abstracta, compleja, lejana frente a un problema de la vida diaria? ¿Me puedo cobijar en la filosofía para llorar mi pena o reventar de felicidad? ¿En qué medida la filosofía es un respiro en medio de la tormenta?
Una respuesta: “Nadie puede filosofar por nosotros. Obviamente, la filosofía tiene sus especialistas, sus profesionales, sus enseñantes. Pero la filosofía no es fundamentalmente una especialidad, ni un oficio, ni una disciplina universitaria: es una dimensión constitutiva de la existencia humana. Desde el momento en que somos seres dotados de vida y de razón, todos nosotros, inevitablemente, nos vemos confrontados con la tarea de articular entre sí estas dos facultades. Pero sin filosofar, no podemos en absoluto pensar nuestra vida y vivir nuestro pensamiento: la filosofía es precisamente esto”, señala André Comte-Sponvile.
La filosofía nos abre una serie de caminos al pensamiento, a la libertad, a los sueños y a las responsabilidades frente a la vida, precisamente para impulsarnos a asumir, a creer, a convencernos de que toda existencia, del más insignificante ser humano en la Tierra, tiene un sentido, tiene una razón de ser, de estar y de hacer en el mundo. Ninguna vida es en vano. He aquí la respuesta mayor a todas las inquietudes que nos podamos hacer si vale la pena filosofar o no a estas alturas del 2026, un año intenso, transformador, tremendo y golpeador.
Al fin y al cabo, el ser humano se adapta y va siendo de acuerdo a sus circunstancias, así nos lo advirtió Bertrand Russell en su libro Sociedad humana: ética y política:
“Todos somos los que nuestras circunstancias nos han hecho, y si esto es insatisfactorio para nuestros vecinos, son ellos los que tienen que encontrar los medios de hacernos mejores. Rara vez la reprobación moral es el mejor medio de lograr este objetivo”.