Andrés Canedo / Bolivia
Tenía 15 años, cuando mi amigo Humberto Clark, 20 años mayor que yo, guía, filósofo, hermano, me dijo que mi sensibilidad e inteligencia se pagaban duramente en la vida, que esos dones, eran cualquier cosa menos gratis. Yo ya había comprobado parte de esa revelación, pero joven y supuestamente poderoso, me empeñé en soterrarla en el olvido. El creer que la felicidad o al menos la paz, podían ser inalterables, era como un mandato que me arañaba desde el fondo del corazón. La vida, implacable, me iría haciendo presente la vigencia del dolor, realidad viva que se sentía no solo en el espíritu sino también en la carne. Había caídas hondas y luego, momentos de esplendor, de regocijo, el principio de un amor, por ejemplo. Aunque ese mismo amor, como suele suceder, se encaminaría por las raíces de la tragedia. Finalmente creo, que era como una montaña rusa, en que la alegría y el dolor se sucedían sin grandes pausas, como una obstinación demencial. Solía consolarme con las palabras de Nietzsche: “Uno debe tener un caos dentro de sí, para dar a luz un astro danzante”. Pero caía también, en una especie de nihilismo, de ateísmo extremo que se acompañaba de sufrir.
Hoy, con ochenta años, he alcanzado algo parecido a la serenidad, de pausa casi feliz, pero también ya inútil, porque los frutos de la vida se alejaron. Hoy, soy como un observador miope, sin mayores preocupaciones que las escasas que a veces me asaltan. Hoy, me enfrento a la incomodidad de la enfermedad, al conocimiento del final próximo, que no me causa otro padecer que el de abandonar la terrible delicia del vivir. Ahora suelo pensar, que todo fue apenas una parodia, como aquellas crucifixiones escenificadas en los colegios de curas. Sin embargo, en su momento, hubo dolor real, tan presente, tan vivo, como mis manos que se crispaban por los senderos de la angustia. Las cosas feas de los humanos, las catástrofes, las guerras, la pobreza, las injusticias sufridas por los humildes. Luché contra lo que me fue posible, por supuesto, y logré muy poco o nada. Grano de arena junto a otros granos, desierto que se diluye en sus límites difusos. Pero sí, los hechos, fueron vividos, sufridos o gozados, en sus tiempos. No obstante aquí, al final del camino, estoy de pie, mirando el amplio universo con igual deslumbramiento que a los 15 años.