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Microrrelatos – Colección de literatura breve CCXXXVII

Sanación anticipada

Rubén García García – México

Roncas muy angustiado, amor.

Verás que mañana por la noche tu respiración entrecortada dejará de molestar.

Consecuencias

Maria Elena Lorenzin – Argentina

Con la primavera llegan las flores y los floros, unos seres diminutos que no se dejan ver pero que se estremecen a cada estornudo primaveral. Viven de rentas, se acomodan como pueden y hasta acampan gratuitamente en la nariz de mucha gente. A mí no me gustan los floros; son impertinentes, insistentes e inoportunos. Pero, ¿qué se le va a hacer? Con la primavera llegan las flores y los floros.

Devoción

Paola Tena – México

—Nunca se han visto indios más devotos que estos —se maravilla fray Bernadino.

—Dice usted bien, hermano. Desde que levantaron la iglesia no dejan de rezar —asiente complacido fray Gonzalo—. Alabado sea Dios por este milagro.

Admirados por tanta piedad, los religiosos caminan entre hombres, mujeres y hasta niños de piel dorada que aprietan la frente contra el piso para venerar a sus dioses aztecas envueltos en ayate, a los que ocultaron debajo del altar cuando los misioneros les ordenaron construir el templo.

La jaula

Sara Coca – España

El corazón de mi hermana es de un colibrí. En casa todos lo sabemos y por eso la tratamos diferente. Vive mimada, aunque a veces nos clava el pico sin venir a cuento. Tal vez no le guste vernos crecer, o eso pensamos cuando esconde la cabeza, antes de perderse en algún rincón durante horas. Solo entonces emite sonidos agudos, mientras madre la busca por todas partes.

Aún intenta cazarla, entre todos esos pájaros que revolotean sobre el techo de nuestro nido.

Viaje

M.  Julia Guzmán – Argentina

La llamaron por el alta voz. Se dirigió presurosa hacia el médico que la esperaba. Firmó el consentimiento.

Le dieron una bata y las instrucciones. Todo fue muy rápido.

Como en un sueño se encontró en el resonador. Le colocaron los auriculares, le dieron algo para que sostuviera e hiciera sonar en caso de sentirse mal. El viaje comenzó. Ella recordó la respiración que hacía en sus clases de yoga y la puso en práctica. Cerró los ojos. El tin tin tin tin al que le siguieron otra serie de sonidos diferentes y que cambiaban en segundos era lo único presente en ese mundo blanco donde estaba.

Su propia respiración siguiendo el ritmo de los sonidos durante cuarenta y cinco minutos la trasladó. Pasó el tiempo establecido.

Cuando el técnico se acercó a retirarle los auriculares no pudo creer lo que veía. La paciente levitaba desde un extremo del resonador a otro.

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