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Estado Fallido II

Márcia Batista Ramos

Hay países donde las piedras son parte del paisaje natural. Hay otros donde las piedras son la medida exacta del atraso: colocadas sobre el asfalto, sin la conciencia de que cada piedra equivale a un año perdido.

Mientras otras naciones construyen puentes, otros aprenden a caminar entre escombros de decisiones inconclusas.

No hablo de las piedras antiguas que sostienen templos, ni de aquellas que sobreviven en silencio a la erosión de los siglos. Hablo de las piedras que aparecen de pronto en los caminos, interrumpiendo el tránsito de los hombres, la llegada de los alimentos, el viaje de los enfermos, el regreso de los hijos.

Son las piedras que no cayeron de la montaña, sino que fueron movidas con la energía del desencuentro.

Cada piedra colocada en el camino representa una promesa incumplida, una estación detenida del progreso. El viajero sufre. Le resulta difícil avanzar. El país entero permanece atrapado en la lentitud de sus viejas deudas. Son décadas perdidas, oportunidades desperdiciadas. Mientras el mundo avanza hacia horizontes tecnológicos impensables, algunos pueblos continúan librando batallas que pertenecen a otro siglo. Hombres y mujeres con ondas, apedrean a los que intentan levantar las piedras para seguir su viaje.

Desde lejos, un camino bloqueado parece apenas una línea inmóvil sobre la tierra. Sin embargo, detrás de esa inmovilidad se acumulan dolores invisibles. La madre que espera una medicina que no llega. El agricultor que contempla cómo su cosecha se pudre sin alcanzar el mercado. El anciano que aguarda una visita que jamás aparece. El estudiante que descubre que el futuro también puede quedar varado a la orilla de una carretera.

Los bloqueos no sólo detienen vehículos. También inmovilizan esperanzas, mientras hacen circular el miedo, el hambre y la muerte.

Mientras las piedras permanecen sobre el asfalto, algo más profundo se va sedimentando en el alma colectiva: la desconfianza, el cansancio. La sensación amarga de que el tiempo nacional avanza más despacio que el calendario. Muchos, comienzan a preguntarse cuánto tiempo más podrán permanecer. La idea de partir, antes impensable, empieza a crecer silenciosamente en el corazón de quienes aún aman la tierra que los vio nacer. Empiezan a pensar en huir. Dejaran la patria, ni bien se levanten los bloqueos. 

Porque saben que un país no se construye únicamente con discursos, leyes o estadísticas. Un país se construye cuando sus caminos permanecen abiertos. Cuando la circulación de bienes se convierte también en circulación de afectos. Cuando la geografía deja de ser frontera y se transforma en encuentro.

Cada obstáculo colocado sobre una ruta termina levantándose también dentro de las personas.

Las piedras adquieren entonces otro significado. Ya no son simples fragmentos de roca. Se convierten en símbolos de una nación que tropieza una y otra vez con los mismos conflictos, incapaz de resolver sus desacuerdos sin castigar a quienes menos poder tienen para defenderse de sus consecuencias.

Y es allí donde aparece la verdadera tragedia.

No en la piedra colocada en el camino.

Sino en la costumbre, en la normalización del sufrimiento.

En la aceptación resignada de que el dolor ajeno es un costo inevitable de las disputas propias. Porque el otro no importa, el otro no es compatriota.

Los pueblos comienzan a debilitarse cuando dejan de conmoverse por el sufrimiento de sus semejantes. Cuando la angustia del otro se convierte en una cifra. Cuando las pérdidas se contabilizan, pero ya no se sienten.

Entonces, las piedras dejan de estar en la carretera para habitar la conciencia.

Y toda nación cuya conciencia se endurece corre el riesgo de convertirse en un territorio donde el tiempo gira sobre sí mismo, repitiendo los mismos errores, heredando las mismas fracturas y acumulando las mismas ausencias.

Quizás, por eso, las piedras de los caminos merecen ser observadas con atención, para descifrar lo que revelan.

Porque toda piedra colocada para detener el paso, termina preguntándonos qué tan lejos estamos todavía de comprender que ningún proyecto de país puede edificarse sobre el sufrimiento de quienes también forman parte de él.  

Porque, al final, los caminos fueron creados para unir destinos, no para separarlos.

Todo lo demás es retroceso y demora.

Todo lo demás son años perdidos convertidos en piedra.

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