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La Paz, ¿Tumba de tiranos?

Hugo H. Padilla Monrroy

Nieve andina que escuchaste el juramento de tus hijos que luchamos por tu honor. 
Néstor Portocarrero – Illimani

Hace más de un mes, la ciudad de La Paz, la llamada Ciudad Maravilla, esa metrópoli que vive a faldas de los majestuosos Illimani e Illampu, la Hoyada carcomida por el Choqueyapu, en la planicie de Chuquiago Marka, se encuentra nuevamente en el centro de la historia. Allí donde Pedro Domingo Murillo prendió su tea libertaria —que hoy algunos pretenden apagar—, se erige la sede de gobierno que Tata Pando trasladó, y que tantas veces ha sido llamada “indómita”.

Se dijo que La Paz era tumba de tiranos, y la historia lo confirma: el linchamiento del coronel Plácido Yáñez tras ordenar el asesinato del expresidente Jorge Córdova; la muerte del general Manuel Isidoro Belzu; el colgamiento de Villarroel; la revolución del 52; el ametrallamiento de la UMSA en 1971. Todos episodios que marcaron con sangre y fuego el destino político de la ciudad.

Hoy, sin embargo, La Paz se ve sitiada por la intolerancia y el racismo, por turbas que no representan a la mayoría de sus 760.000 habitantes. Aquellos ciudadanos pacíficos, más devotos de Bolívar y The Strongest que de la violencia, observan con impotencia cómo se impone un discurso de “vivir bien” sostenido por intereses oscuros. No es el cerco de Túpac Katari, que fue rebelión contra la esclavitud y el abuso; ahora los cercadores son mestizos vinculados a sindicatos privilegiados, mientras jubilados que entregaron su vida al progreso del país sobreviven con rentas exiguas.

El escudo de La Paz recuerda: “Los discordes en concordia, en paz y amor se juntaron y pueblo de paz fundaron para perpetua memoria”. El león y la oveja separados por un río simbolizan la esperanza de que ese río no sea de sangre, sino de reconciliación.

La Paz, ciudad sede del gobierno central, carga un nombre que contradice la violencia que hoy la asedia. Pero también es la ciudad que la historia nos obsequió, la que guarda la memoria de luchas y sacrificios, y la que aún puede ser faro de concordia si sus hijos vuelven a levantar la tea de Murillo en defensa de la libertad.

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