Miguel Alfonso Ávila
El rito de la revelación
La literatura de Jaime Sáenz no llega a sus lectores por azar; parece, más bien, que sus libros aguardan el momento exacto para ser revelados. Mi propio camino por su rica geografía mística comenzó hace años, en el silencio de los estantes y el aroma a papel antiguo, durante mis días como bibliotecario en la Casa de la Cultura «Raúl Otero Reiche». Fue allí, entre la gestión del acervo y la curiosidad innata del oficio, donde tuve mi primer encuentro con Felipe Delgado.
En aquel entonces, la obra era un tesoro compartido, un ejemplar de consulta que ya dejaba en mí la imborrable huella de una La Paz nocturna, metafísica y alucinante, que trascendía la mera descripción topográfica para convertirse en un ente vivo. Sin embargo, el vínculo con Sáenz exige una entrega más íntima, una posesión que va más allá de la custodia institucional. Con el transcurso del tiempo, durante un viaje a la sede de gobierno en 2012, sentí la imperiosa necesidad de poseer ese universo. Adquirir mi propia edición de la novela fue un rito de reapropiación; volver a leerla, ya no como bibliotecario sino como dueño de sus páginas, me permitió caminar con mayor libertad y hondura por las sinuosas chicherías, los densos garitos y los marginales bajos fondos de una urbe que, en la prosa de Sáenz, deja de ser un escenario para transformarse en un personaje principal: vivo, palpante y, a menudo, acechante.
Arqueología de lo invisible
Mi búsqueda no se detuvo en los circuitos convencionales. En mis recurrentes recorridos por los puestos de libros usados del mercado Los Pozos, específicamente por la concurrida calle Quijarro, la fortuna me permitió dar con otro hallazgo excepcional: sus Obras Poéticas completas, publicadas por la Biblioteca del Sesquicentenario de la República. Ese volumen representa la faceta más lírica y abismal
del autor, donde la palabra se vuelve rito y la presencia constante de la muerte se transforma en un canto sublime.
Hoy, el ciclo se completa con un nuevo hallazgo mediado por la tecnología, pero imbuido del mismo espíritu de búsqueda. A través de la Librería Mediterráneo de La Paz, localicé un ejemplar de Los Cuartos (1985). La transacción fue instantánea y la recogida pactada en la terminal, a través de la flota El Dorado. Hay una suerte de mística ineludible en el hecho de buscar y encontrar a Sáenz en su propio territorio; no es una simple transacción comercial, sino un reencuentro con esa «bodega» interna, con ese espacio recóndito del alma que el autor describió con tanta precisión.
Si Felipe Delgado representa la expansión y el deambular infinito, Los Cuartos nos propone el ejercicio inverso: la reclusión y la introspección. Esta colección de relatos funciona como una serie de destellos concentrados de la oscuridad paceña. En sus páginas, las habitaciones dejan de ser estructuras físicas para transformarse en cámaras de resonancia donde los personajes se enfrentan, sin concesiones, a sus obsesiones más profundas, al frío penetrante del altiplano y a la ineludible marea de la memoria.
El Acto de Invocación
En mi nuevo regreso a la ciudad de La Paz, empecé a recorrer la hoyada con Felipe Delgado bajo el brazo, uno comprende que leerlo en su escenario no es un simple ejercicio literario: es un acto de invocación. A tres mil seiscientos metros de altitud, la frontera entre la tinta y la piedra se desdibuja. La ciudad deja de ser decorado y se convierte en cómplice. Al ascender por la empinada Sagárnaga o descender hacia los recovecos de San Sebastián, el aire gélido del altiplano carga las palabras con una densidad telúrica. El oxígeno escasea; la conciencia se agudiza.
La verticalidad no es solo topográfica: es espiritual. La mirada se eleva hacia el Illimani, ese coloso que en la sensibilidad saenziana no es simple montaña, sino eje mineral que vigila la ciudad. El Illimani no ilumina: revela. Pero al bajar la vista aparece el otro polo: el japa, espectro harapiento que recorre las aceras, y el aparapita, asceta del esfuerzo y cargador del peso urbano. La grandeza del universo de Sáenz radica en que no embellece esta marginalidad: la enfrenta, la integra y la vuelve un espejo incómodo.
La “Academia de la Noche” y la inversión creadora
Sáenz no era un observador distante; era un recolector de fragmentos que anotaba visiones en servilletas o cajetillas vacías. El centro mítico de esta experiencia fue la bodega de la calle Capitán Ravelo, donde funcionó la célebre “Academia de la Noche”. Allí, entre máscaras de diablada y música de Bruckner, el alcohol operaba como herramienta para acceder a una lucidez distinta: “el saber que se está viviendo”.
Esta conciencia radical es el núcleo de su obra. Delgado encarna una lucidez extrema que bordea el abismo. Sáenz, reservado y casi monástico, encontró en su personaje una vía para explorar pasiones descarnadas. Sin embargo, el proceso parece invertirse: a fuerza de escribirlo, el autor terminó habitando la lógica de su criatura. La ficción no imitó la vida; la reorganizó.
Del Abismo al Horizonte
El cierre de la novela, bajo la mirada imperturbable del Illimani, transforma la lectura en despedida ritual. Pero mi experiencia no concluyó en la altura. Al abordar el vuelo de regreso a Santa Cruz de la Sierra, la densidad paceña se enfrentó a su contrario. El descenso sobre la llanura cruceña supuso un cambio físico y ontológico: el aire cálido expulsó el frío acumulado en los pulmones.
Si La Paz es la ciudad del adentro y la introspección, Santa Cruz es la ciudad del afuera y el horizonte abierto. No se trata de jerarquizar, sino de reconocer que ambas configuran una dialéctica necesaria. Estas ciudades funcionan como las dos respiraciones de un mismo cuerpo nacional. No se puede comprender la intensidad de Delgado sin el horizonte que, desde el oriente, equilibra su oscuridad.
Llevo conmigo el abrigo simbólico de la mística paceña y la camisa ligera de mi tierra cruceña. He entendido que ser boliviano es habitar esa tensión productiva entre abismo y horizonte. He vuelto a Santa Cruz, pero una parte de mi conciencia permanece en los rincones de San Sebastián. Tal vez esa sea la enseñanza última de Sáenz: la lucidez no consiste en elegir entre sombra o luz, sino en saber que estamos viviendo, precisamente, en el cruce de ambas.