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Pequeña confesión

Andrés Canedo / Bolivia

Cada vez que viajo, llevo un pequeño equipaje, mientras más pequeño mejor, pues sé que así se acortan los caminos. Claro, mi alma también lleva lo suyo, lo que le es indispensable y no puede dejar. Allí, en los recodos de mi ser, llevo tu memoria que tiene peso. Llevo la sensación de tus manos, el roce de tu piel, la fragancia siempre viva que acompaña tu mirada. Te llevo en la cima de toda esa belleza, hallada en la vida, que he ido mirando y acumulando como un avaro codicioso. Ya lo sé, es absurdo, pero hay cargas que vienen con uno, aunque uno no lo quiera. Tú te has ido, lo sé bien. Partiste una mañana en el largo viaje de la muerte y para mí, fue un ejercicio agotador y desatinado el tratar de olvidarte. Años pasaron en ese trance en el que intenté el no ser. El dolor, sí, fue amainando, la angustia terminó por desaparecer. Pero se quedó para siempre conmigo, tu resplandor mágico, secreto, arrinconado y pleno de sonidos que sólo yo oigo. Esa es mi compañía, la que no me abandona, aunque otras mujeres hayan ocupado, circunstancialmente, el espacio externo de mi cuerpo. Yo lo sé, ahí, en esa carga que lleva como destino el resto de mi vida, allí permaneces tú, como flor, como aurora, como trino del mediodía, como luciente atardecer. Eres tú, motor de mi ser, dínamo de los sueños que aún restan. Tú, amor, tú, mi oculto equipaje que hace posible que pueda reconocerme, en los días y en las noches, por los que voy transitando, todavía.

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