El reciente episodio entre el candidato Waldo Albarracín y la activista María Galindo en los estudios de Radio Deseo no fue una entrevista en sentido tradicional, ni siquiera un debate contundente y respetuoso. Fue, en rigor, un ejercicio de exhibicionismo de poder disfrazado de interpelación política. En tiempos de campaña electoral —donde la atención pública se convierte en un bien preciado y el morbo digital alimenta la circulación de contenidos—, el insulto o la confrontación visceral se han quedado con el protagonismo mediático. Pero lo que de fondo debería preocuparnos a todos los ciudadanos es la degradación del diálogo público, convertido en ocasiones en una emboscada premeditada donde no busca el entendimiento, sino la derrota del otro.
La premisa que manejó Galindo es tan contundente como peligrosa para la práctica del periodismo y el debate democrático: «Waldo me ha fallado… y yo no perdono». Con esa sentencia pronunciada desde el inicio, la conductora clausura cualquier posibilidad real de intercambio informativo o análisis constructivo, para dar paso a una especie de «barricada» donde el invitado entra ya condenado a priori. En ese escenario, no se busca esclarecer la verdad ni explorar diferentes visiones; se busca la capitulación pública del entrevistado o la detonación de su ira, elementos que garantizan la repercusión del contenido pero vacían al diálogo de su sentido democrático.
La construcción del enemigo
Al desempolvar anécdotas y versiones de hechos ocurridos en 2019 —mezclando referencias a maletines, grupos paramilitares y supuestas traiciones de pasillo—, Galindo no se limita a cuestionar la ética personal o política de Albarracín. Su objetivo es más quirúrgico: demoler la reserva moral que el exrector ha intentado construir como parte de su perfil político. Al retratarlo como el «amigote» y distractor funcional de Luis Fernando Camacho, intenta despojarlo de su bandera de independencia para arrojarlo al fango de la vieja política de pactos bajo la mesa, la cual ha sido una de las principales causas de la desconfianza ciudadana en los últimos años.
Sin embargo, el método empleado termina por devorar al propio mensaje que se pretende transmitir. Cuando Albarracín intenta invocar su dignidad y plantear sus argumentos, se topa con un muro de palabras que resume la tiranía del que controla el espacio comunicacional: «Tú a mí no me puedes permitir ni prohibir nada». En ese momento queda claro que la horizontalidad —principio fundamental de cualquier diálogo democrático— es un mito en ese escenario; solo existe la voluntad de quien maneja el micrófono y los controles de la emisión.
¿Violencia o Periodismo?
Es paradójico que prácticas cercanas al linchamiento verbal y la humillación pública hayan sido, en algún momento, reconocidas o incluso premiadas por gremios periodísticos o espacios de opinión. La violencia comunicacional no es periodismo, y mucho menos lo es cuando se ejerce desde una posición de poder unilateral, donde el interlocutor no cuenta con las mismas herramientas para defenderse o exponer su versión. El autoritarismo, aunque se vista de ideologías progresistas como el «anarcofeminismo», sigue siendo autoritarismo si su fin último es la anulación del otro, la negación de su derecho a ser escuchado y la imposición de un juicio sin posibilidad de réplica.
Para Albarracín, el costo político de este episodio es evidente: al reaccionar con visible irritación, ha caído en la trampa del temperamento, regalando a sus rivales electorales la imagen de un candidato que pierde los estribos y no sabe mantener la compostura ante la crítica. Pero para la salud democrática de nuestro país —y en particular de La Paz, escenario de esta confrontación—, el costo es mucho mayor. Si aceptamos que la «entrevista» se convierta en una guillotina mediática donde el perdón es inexistente, el juicio previo es la regla y el grito reemplaza al argumento, habremos renunciado finalmente a la política como espacio de negociación y construcción
colectiva para abrazar el espectáculo del escarnio, que solo profundiza las divisiones sociales.
Al final, la «barricada» que Galindo ha erigido desde su espacio radial no libera ni empodera a la ciudadanía; solo encierra al debate público en un círculo vicioso de soberbia y resentimiento, donde, irónicamente, su práctica termina pareciéndose a todo aquello que dice combatir en la política tradicional.