Carlos Decker-Molina
La guerra contra Irán es la confirmación de algo que muchos analistas ya sospechaban: La muerte práctica del Derecho Internacional.
El mundo debe aprender a manejarse sin el resguardo del DDII, a pesar de que nunca fue un sistema completamente justo. Siempre basculó hacia alguna de las potencias que ocupan los asientos permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Sin embargo, incluso con ese defecto estructural, el Derecho Internacional funcionó durante décadas como un mínimo civilizatorio. No impedía las guerras, pero las encuadraba. No eliminaba la violencia, pero establecía límites. Fue, en gran medida, una garantía de convivencia pacífica, sobre todo entre vecinos fuertes y débiles. También evitó el hundimiento universal en el fango nuclear durante la Guerra Fría. Hoy ese sistema terminó de morir en Irán.
Las grandes potencias actúan cada vez más al margen de las reglas que ellas mismas ayudaron a construir después de 1945. Rusia invadió Ucrania. Estados Unidos y sus aliados han intervenido repetidas veces sin mandato claro del Consejo de Seguridad. Israel actúa en Gaza y en la región bajo una lógica de seguridad nacional que ignora crecientemente las resoluciones internacionales. La consecuencia es evidente, es decir, el derecho deja paso a la fuerza.
El retorno del mundo sin árbitros
Cuando las normas pierden legitimidad o dejan de aplicarse, el sistema internacional vuelve a su estado más primitivo, que se expresa en la competencia, sin reglas, entre poderes.
No es un fenómeno nuevo. Durante siglos el mundo funcionó así. Lo excepcional fue el período que comenzó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se intentó construir un orden basado en reglas comunes. Ese orden hoy está deshecho. La ONU no puede actuar sin mandato de su Consejo de Seguridad, además, el gobierno de Washington le ha quitado ayuda financiera y ha dejado vacía su silla en varios organismos multilaterales.
El primer ministro de Canadá ha sido uno de los pocos líderes occidentales que parece haber interpretado esta nueva realidad. Su país comienza a prepararse para un escenario en el que el Derecho Internacional ya no será el principal mecanismo de protección, sino apenas una referencia moral.
Podríamos llamar a esta nueva fase anarquismo geopolítico, o incluso anarquismo capitalista global. Un sistema donde los intereses estratégicos, tecnológicos y económicos pesan más que las normas jurídicas.
Europa frente a su propia encrucijada
Quienes parecen no comprender del todo la magnitud del cambio son muchos países europeos.
La Unión Europea vive una paradoja. Por un lado, representa quizá el espacio político donde aún sobreviven con mayor claridad los valores del constitucionalismo liberal, el estado de bienestar y una democracia relativamente sólida. Europa sigue siendo una región donde el capitalismo intenta conciliar crecimiento con políticas ambientales, protección social y regulación democrática. Pero al mismo tiempo, Europa se encuentra estratégicamente desorientada.
Su dependencia militar de la OTAN limita su autonomía. Su posición ambigua frente a la tragedia de Gaza debilita su autoridad moral. Su relación económica con China carece de una estrategia clara. Y frente a la guerra de Rusia contra Ucrania ha demostrado una unidad política importante, pero también una fragilidad estructural en materia de seguridad. El resultado es una sensación creciente de soledad estratégica.
Europa sigue pensando en términos de normas, mientras el mundo comienza a moverse en términos de poder.
Aceptar la realidad sin rendirse
Aceptar esta realidad no significa celebrarla. Una cosa es reconocer que las normas internacionales están debilitadas, y otra muy distinta es renunciar a ellas. Las reglas no desaparecen completamente; se erosionan, se ignoran o se reinterpretan.
Pero incluso en los períodos más violentos de la historia, las sociedades han intentado reconstruir algún tipo de marco jurídico.
La pregunta, entonces, no es si el Derecho Internacional ha muerto, sino qué puede nacer después de su crisis.
¿Qué hacer?
Si el viejo orden se debilita, los Estados que aún creen en las reglas deberían comenzar a construir nuevas alianzas normativas.
No necesariamente bajo el liderazgo exclusivo de las grandes potencias, sino mediante coaliciones más amplias de democracias y potencias medias o semi grandes como Canadá, la Unión Europea, India, Brasil, Sudáfrica, Japón, Corea del Sur y otras naciones que todavía consideran que el derecho internacional es preferible a la ley del más fuerte.
Estas alianzas podrían trabajar en tres frentes:
Primero, defender los principios básicos del derecho internacional —soberanía, integridad territorial, protección de civiles— incluso cuando las grandes potencias los violen.
Segundo, fortalecer instituciones internacionales que aún funcionan como son tribunales, acuerdos climáticos, organismos regulatorios.
Tercero, construir nuevas reglas en ámbitos donde el derecho internacional todavía es débil: tecnología, inteligencia artificial, ciberseguridad y recursos estratégicos.
No se trata de restaurar el viejo orden de 1945. Ese mundo ya no existe.
Se trata de evitar que el siglo XXI se convierta en un escenario sin reglas.
Una última advertencia
Cuando las normas desaparecen completamente, la historia entra en una fase peligrosa. Las crisis regionales se multiplican, los conflictos se vuelven más imprevisibles y el riesgo nuclear reaparece como posibilidad real.
El Derecho Internacional nunca fue perfecto. Pero representaba una aspiración y era la idea de que incluso los Estados más poderosos debían aceptar ciertos límites.
Si esa idea desaparece, el mundo no se volverá más libre, se volverá simplemente más peligroso.