José Luis Mollinedo De la Quintana
¿Gobierno de transición o inicio de un nuevo ciclo político?
J. F. Kennedy afirmaba que los primeros 90 días de gobierno son los más importantes, porque definen su rumbo y su destino. En nuestra América morena, Juan Domingo Perón sostenía que con un discurso se llega al poder y con otro se gobierna. A Perón se le atribuye el dicho de “manejar por la izquierda, pero con guiñador a la derecha”. El propio “Che” Guevara llegó a la conclusión de que muchas de las propuestas que se enarbolaban en Sierra Maestra, durante la lucha armada, chocaron con una realidad adversa cuando se tomó el poder.
En nuestro país, el máximo exponente de ese pragmatismo político fue Víctor Paz, cuando dijo que en política no se hace lo que se quiere, sino lo que se puede; pero —recalcaba— siempre dentro de la línea de hacer lo que se debe. Evidentemente, los objetivos que se ponen los gobiernos varían según su visión de país y su perfil ideológico y político. Obviamente, también están condicionados por la situación que impone la realidad y por la coyuntura social, política y económica dominante. Esto hace que los gobiernos tengan que realizar cosas que no tenían agendadas, más aún cuando la base del éxito político está en la correlación de fuerzas. Si esta te favorece, puedes actuar con certidumbre; si te es adversa, tendrás que estar constantemente venciendo obstáculos.
Con un discurso se llega al poder; con otro se gobierna
A estas alturas del campeonato —como diría el gran comentarista de fútbol Enrique Macaya Márquez— poco importa cómo llegó al poder Paz Pereira: si fue por su habilidad política; si fue por los votos de Lara; si fue por el apoyo de sectores del evismo en los movimientos sociales y campesinos que votaron por el binomio Paz–Lara; si fue por el fracaso de la mesa de unidad convocada por Carlos Mesa; si fue por la contradicción entre Evo y Andrónico; si fue por las peleas entre Camacho y Costas; o si fue por la confrontación intestina entre Samuel y Tuto.
Sea por la razón que fuere, los astros se alinearon en torno a Rodrigo: se juntaron el mensajero y el mensaje.
Evidentemente, desde que Rodrigo asumió la presidencia, está mostrando que su ruta crítica y sus objetivos de gestión son muy distintos de los que enarboló durante su campaña.
Aun cuando es muy prematuro juzgar a un gobierno que todavía está carreteando en la pista, que todavía no ha despegado —mucho menos ha ingresado en vuelo crucero—, basta agudizar el olfato político para darse cuenta de por dónde vienen los tiros.
Por un lado, el presidente Paz Pereira entendió —desde su óptica— que su tarea es poner fin al ciclo populista e iniciar un nuevo ciclo cuya base de sustentación sean las clases medias urbanas, y no los movimientos sociales; mucho menos los sectores campesinos. Por ello, su referente de lo que “debe ser Bolivia” es Santa Cruz, sin descartar que sobre su gobierno presionan sectores del poder tarijeño. Así se explica que, de entrada, se reuniera con sectores empresariales cruceños, aun sabiendo que no solo ellos, sino la propia región cruceña, tiene más simpatía por Tuto Quiroga, hecho que fue demostrado en las urnas.
El empresariado cruceño, con el pragmatismo que lo caracteriza, lo recibió y le dio su apoyo a cambio de conservar los privilegios que ostenta.
Un segundo elemento que ratifica la lógica por la que se rige el actual gobierno es su alianza con Unidad Nacional, de Doria Medina, a quien le cedió ministerios. Con Doria no solo quiere lograr el control de la Asamblea Plurinacional, sino que —al cederle el manejo del sector económico— ratifica que su opción política y económica es el liberalismo. Sin embargo, al igual que el apoyo de Branco a Rodrigo, el acuerdo con Doria Medina produce una serie de reacciones, de distintos colores y matices, positivas y negativas.
En el marco positivo, está claro que Doria ha fortalecido su línea económica y su fuerza parlamentaria.
En lo negativo, la alianza con un “eterno perdedor” —que no solo salió cuarto en la última contienda, por debajo del voto nulo— deja un costo: su rechazo en sectores populares que dieron su voto al binomio Paz–Lara. Sin descartar, además, el olor a las alianzas de la época de la democracia pactada. Y no es que la democracia pactada sea mala: por el contrario, en democracia los pactos y acuerdos son imprescindibles para una marcha exitosa. El problema es que, en la última etapa del ciclo neoliberal, la conformación de megacoaliciones dejó una pésima percepción en la memoria colectiva, porque proyectó la imagen de alianzas destinadas únicamente al disfrute del poder.
Esa imagen se alimenta con la discusión entre dos aliados estratégicos del presidente Paz Pereira. Cuando Samuel acusa a Branco de usar su jefatura —en una de las principales comisiones del Parlamento— para expandir proyectos agrícolas que van contra la preservación del medio ambiente y saquean los bosques (como “hacer que el ratón cuide el queso”), recibe como respuesta de Branco —en típico estilo— una réplica durísima: sostiene que Samuel puso a una de sus empleadas de ministra en el área de turismo para incrementar su poder en hotelería y turismo.
Es una pelea reveladora entre empresarios y exponentes de la llamada “burguesía” que, con acciones infantiles, muestran que su deseo de estar en el poder no es por un proyecto ni una propuesta, sino por mantener intereses personales. Si bien esta pugna no afecta directamente la imagen del actual presidente, sí muestra la fragilidad de sus aliados momentáneos.
Pero Rodrigo está convencido de que el sello de su gobierno debe marcar un nuevo ciclo político: un retorno al neoliberalismo —bajo el rótulo de “capitalismo para todos”— y el destierro del populismo. Aun cuando Rodrigo Paz afirma que no hay ideologías, ni derecha ni izquierda, porque “estas no dan de comer”, lo evidente es que, en todos los campos, busca marcar diferencias y confrontar con el populismo. Además, se da cuenta de que, para dar viabilidad a su naciente gobierno, necesita una relación de privilegio con EE. UU. Y con los organismos internacionales de financiamiento (como el FMI, el BID y otros) para conseguir recursos. Pero como no hay nada gratis en la vida, esto supone aplicar medidas en todos los órdenes: desde lo económico, pasando por lo social, para concluir en lo político. Y este es el mayor desafío del gobierno del PDC.
Nadie gobierna para todos
La administración del aparato estatal y la gestión de un gobierno siempre se rigen en torno al interés que representan y a las fuerzas sociales que los sustentan. En ese sentido, nadie gobierna para todos. Por ello se habla de “gobierno de las grandes mayorías nacionales”, lo que supone que siempre hay una minoría que no forma parte del proyecto.
En ocasiones muy especiales, un gobierno o un líder logra un apoyo casi total. Ese fenómeno puede construirse dentro de un proceso y bajo circunstancias particulares, como ocurrió con el nazismo y Hitler después de la toma de Francia. Cuando el Führer retornó a Berlín tras hacer firmar a los franceses su rendición en el mismo vagón donde Alemania había rubricado la suya en la Primera Guerra Mundial —aceptando los términos del Tratado de Versalles, humillantes para el pueblo germano—, obtuvo una adhesión del 99% porque representaba la venganza anhelada por muchos alemanes.
Tal vez, en nuestra historia, quien pudo haber alcanzado un apoyo pleno fue Germán Busch: por su papel en la Guerra del Chaco, por su posición política contra la oligarquía minero-feudal y por el reconocimiento que tenía en amplios segmentos de nuestra sociedad. Su muerte truncó ese camino; por ello, su monumento es un obelisco quebrado a media elevación.
Incluso los proyectos políticos y líderes con fuerte contenido hegemónico —como el MNR durante el primer periodo de la Revolución Nacional de 1952, o el MAS durante el “Proceso de Cambio”— no logran ser la expresión de toda la sociedad en su conjunto.
Pero tal situación no es necesariamente dramática. Lo más importante no es con quién gobiernas, sino que los beneficios de tu política lleguen a quienes te apoyan y a quienes te cuestionan. Pongamos dos ejemplos. Gonzalo Sánchez de Lozada lanzó la capitalización y, buscando compensar regiones y sectores sociales, implementó la Participación Popular. Evo Morales orientó su gobierno a los sectores campesinos, pero no dudó en dar beneficios a los sectores empresariales del oriente que abiertamente eran sus adversarios políticos.
Incluso hay coyunturas en las que se enfrenta y reprime a determinados sectores, pero, a la larga, la política puede ser aceptada por la globalidad de la sociedad. El ejemplo más emblemático es el Decreto 21060: se consolidó después de la represión a la célebre Marcha por la Vida. Criticado duramente en su momento, el 21060 se ha convertido hoy en un ejemplo internacional de cómo se detiene una inflación y se enfrenta una crisis económica estructural.
No es malo tener adversarios políticos; por el contrario, es saludable, porque obliga a realizar una política de concertación y diálogo, piedra angular de la democracia moderna de balances y contrabalances.
Empero, hay otra lógica: la que encarna el presidente Rodrigo Paz. Esa lógica considera que hay rivales políticos a los que hay que destruir para avanzar. En esa visión, el actual gobierno del PDC asume que no se puede transar ni negociar con el populismo; por el contrario, habría que extirparlo. Esta lectura —sea acertada o un desatino— puede derivar en un cuadro de confrontación con quienes se adscriben a postulados populistas.

bajo la consigna: “Capitalismo para todos”.
La etapa de lo simbólico
Partiendo del hecho de que el gobierno de Rodrigo recién está en sus inicios, puede afirmarse que es como un matrimonio en luna de miel: la relación entre Rodrigo y la población está en la etapa de lo simbólico.
De un lado, el gobierno realiza hechos políticos y toma medidas urgentes, cargadas de símbolos, para instalar en la sociedad la lectura de que se transita por un camino diferente al que siguieron, durante casi 20 años, los gobiernos del IPSP–MAS. Del otro lado, la sociedad entiende que las cosas no pueden cambiar de la noche a la mañana.
Si bien la sociedad espera con paciencia que el gobierno asiente y consolide la ruta crítica de su gestión —calculando que a principios del próximo año podrá visualizarse con más claridad el rumbo que seguirá la nave del Estado—, no deja de causar preocupación por señales confusas, contradicciones internas y confrontaciones al interior del régimen de Paz Pereira.
Sería un error creer que Rodrigo tiene girado un cheque en blanco cuando, al contrario, desde el inicio de su gestión tiene enfrente rivales políticos que desean que su gobierno fracase.
Haciendo una analogía con lo que ocurrió al final del gobierno de Siles Zuazo, el tema de fondo es el económico. El destino del gobierno estará sujeto a la capacidad que tenga de resolver los problemas estructurales de nuestra economía. Según muchos dirigentes políticos y analistas, este es el momento en que se deben tomar medidas de shock: no solo porque sería la única forma de frenar de golpe la crisis, contener la inflación, garantizar el suministro de diésel y gasolina, inyectar dólares a la economía, establecer un tipo de cambio adecuado y construir un escenario para incentivar la inversión extranjera; sino también porque grandes fracciones de la sociedad —sobre todo capas medias urbanas— aceptarían y apoyarían las medidas.
Sin embargo, bajo la premisa de “ordenar la casa”, Paz Pereira prefiere tomarse su tiempo, combinando la necesidad de medidas estructurales con los tiempos políticos.
Evidentemente, Rodrigo Paz no es Víctor Paz. Más allá de las distancias personales y de la espalda política que tenía el jefe del MNR, lo cierto es que el 21060 se aplicó sobre la base de un sistema político de partidos y en un contexto de reflujo del movimiento popular. Hoy no hay sistema de partidos. Rodrigo Paz solo tiene el apoyo parcial de Doria Medina y la expectativa del movimiento popular, donde ya algunos sectores radicalizados se arrepienten de haber votado por él y comienzan a reordenar sus fuerzas para enfrentarlo.
En ese contexto, hay tendencias dentro del gobierno que plantean tomar medidas de fondo más adelante, una vez resueltos los problemas internos. Incluso algunos aconsejan hacerlo después de las elecciones subnacionales, que configurarán un nuevo cuadro político y una distinta correlación de fuerzas en gobernaciones y municipios.
En resumen: la etapa del simbolismo y las medidas de urgencia tiene tiempo de éxito, pero también fecha de vencimiento. No importa si con gradualismo o con shock: el gobierno de la Democracia Cristiana tiene que atacar los problemas económicos de fondo, si no quiere verse envuelto en una situación compleja que cuestione su gestión y los alcances de la misma.
De aliados y enemigos, internos y externos
A) Samuel, el pragmático
El gobierno de Rodrigo, que en su instauración cuenta con la expectativa de la población, no tiene la misma aceptación en el mundo político. Tiene aliados circunstanciales y actores que son sus enemigos. Las razones son distintas. Su aliado político es Samuel Doria, que le ha aportado, básicamente, gobernabilidad parlamentaria. Se dice que Samuel ha puesto cuatro ministros, pero lo evidente es que esos ministros se sienten más identificados con Paz Pereira que con Doria. Nos referimos a que, si mañana Doria decidiera enfrentar abiertamente al gobierno de Rodrigo, con seguridad los “supuestos” ministros samuelistas romperían con el jefe de Unidad Nacional y se quedarían en el Ejecutivo.
Pero no hay que negar que Samuel Doria actúa con pragmatismo. Por una parte, por fin entendió que jamás ganará una elección y que difícilmente llegará a la presidencia. Sin embargo, hoy, pese a su cuarto lugar en la última contienda electoral, tiene fuerte incidencia en el acontecer político nacional, básicamente por el peso de su brigada parlamentaria.
Para nadie es un secreto que el empresario paceño ha intentado formalizar su participación con una alianza explícita entre Unidad Nacional y el PDC que implique un cogobierno. Pero, como dirían los mexicanos, el presidente “ningunea” al jefe de Unidad Nacional: le da importancia cuando lo necesita y lo ignora cuando es prescindible. Samuel quiere que lo traten como parte de un matrimonio; para Rodrigo es una relación necesaria, pero no imprescindible.
Es lógica la conducta de Paz Pereira, que no quiere ataduras y busca tener libertad para ampliar sus alianzas. Por eso, Doria ha tomado distancia de Rodrigo y ensaya una postura de “apoyo crítico” que no tiene plena nitidez. Como diría Eduardo Paz, el apoyo crítico se parece a quien quiere hacer el amor con una bella dama y se contenta con ver cómo otro la ama. En política no hay términos medios: estás o no estás en el poder. Lo demás es practicar una política de segunda línea que no te traerá réditos. Ese parece ser el destino de Doria Medina, aun cuando para el hombre de a pie Samuel sea parte del gobierno.
Cargar la mochila del PDC
Dentro de su frente interno, Rodrigo tiene que cargar con la mochila del PDC, cuyo único mérito ha sido conservar su sigla y participar como actor secundario —desde el gobierno de Barrientos— en casi todos los gobiernos, sean de derecha o de izquierda; sean democráticos o dictatoriales. Nunca tuvo base social. Su presencia política se respaldó en sus contactos internacionales y en el apoyo de la jerarquía de la Iglesia.
El PDC era un zombi político al que Paz Pereira revivió. Pero hoy le piden y le exigen cuotas de poder. No son un aporte significativo al gobierno de Rodrigo, pero son la mochila que debe cargar.
Los movimientos sociales: a cumplir las promesas
Nadie puede negar que Rodrigo llegó al poder porque los movimientos sociales votaron por la fórmula Paz–Lara. Lo vieron proclive a cumplir ciertas demandas, pero sobre todo dispuesto a mantener sus privilegios. El casi millón de votos que le sacó a Tuto tiene como matriz la votación populista, en todas sus variables. Por lo tanto, no son votos con fidelidad ni necesariamente creen en la visión política del actual presidente. Fue una elección coyuntural, basada en la desarticulación de la fuerza del masismo y en la urgencia de ponerle una tranca, básicamente, a Tuto y, como rebote, a Samuel. Lo que nos lleva a sostener que, si el gobierno del PDC no satisface sus expectativas, no tendrán ningún problema en enfrentarlo.
El sector empresarial: es tema de negocios, no es nada personal
Los sectores empresariales, sobre todo los cruceños, en ningún momento disimularon su preferencia electoral hacia la candidatura de Tuto Quiroga, especialmente la llamada oligarquía cruceña ligada al sector agrario en Santa Cruz, al Comité Cívico y a fracciones de la clase media urbana. Por ello, en una lectura errada de la realidad, el tutismo pensaba que ese espacio le permitiría una victoria electoral, sin advertir que el neopopulismo siempre tuvo, como mínimo, entre un 20% y 30% del voto en Santa Cruz.
Pero, después de la victoria de Paz Pereira y ante las señales enviadas por el presidente, no han descartado trabajar con él, en la medida en que se mantengan los privilegios y beneficios que gozaron con el MAS.
Su actitud ante Rodrigo no es un reconocimiento a los atributos ni a las propuestas de su gobierno. Es, simplemente, una forma de mantener las cosas tal cual están: seguir gozando de subvenciones y de la evasión impositiva que practican de manera constante. En resumen: no es nada personal; es solo un tema de negocios.
El capitán Lara: una piedra en el zapato
Uno de los errores de políticos e “intelectuales” es no entender lo que es el populismo. Lo triste es que no lo entienden porque no saben lo que es, ni se han tomado la molestia de estudiarlo, siendo dramático cuando vives en un país cuya genética política es populista. Entonces, cuando no conoces una concepción política como el populismo, cometes malas apreciaciones y tu comprensión de la realidad resulta distorsionada e inexacta.
El presidente Lyndon B. Johnson dijo una vez: “Si en el año 33 hubiésemos entendido lo que era Hitler, de repente lo habríamos podido parar”. Pero ocurrió lo contrario: lo subestimaron. Dijeron que era un “loquito” que se vestía de militar; que uniformó a sus adeptos con camisas pardas, a su guardia personal con uniforme negro y el símbolo de una calavera en las gorras; que reivindicó la cruz gamada como representación partidaria, resaltando el valor de la raza aria. Entonces ese “loquito” tomó el poder en Alemania y puso al mundo patas arriba.
En nuestra América morena hay ejemplos de lo que significa el populismo: basta citar al peronismo, vigente en la política argentina por 80 años, que ni las dictaduras pudieron extirpar del corazón del pueblo argentino.
En nuestro país se desarrollan interpretaciones antojadizas, cargadas de negatividad y subjetividad. Se dice de Lara que es un “loquito”. Algunos, que se dan de psicoanalistas, afirman que es bipolar. Pero nada más absurdo y fuera de la realidad. Nadie llega a donde él llegó apoyándose solamente en TikTok y en una prédica anticorrupción contra los propios mandos de su institución, siendo simplemente un “loquito”. Eso requiere talento y algo muy particular: conexión y empatía con el hombre de a pie, empatía que ya quisieran tener políticos que presumen de ser líderes.
Nadie puede negar que Lara llevó la mayoría de los votos de los sectores populares hacia Rodrigo Paz, votos que se sintieron identificados con el capitán. Como lo dijimos líneas arriba: sin Lara era muy difícil que Rodrigo llegara a ser presidente.
El “capibara”, como lo denomina mucha gente, es consciente de esta situación. Sabe que no es un vicepresidente cualquiera, sino uno de los pilares que sostiene al actual gobierno. Por ello, buscar arrinconarlo e ignorarlo, poniendo límites y trabas a su actuación política, no es solo un error: es una estupidez.
Lara sabe la fuerza que hoy tiene, y está claro que ingresó en la política para ser un actor importante. Como todo oficial de policía, tiene conocimientos de estrategia e inteligencia. Es obvio que sabe lo que quiere y está desarrollando una ruta crítica para lograr su objetivo, que no es otro que alcanzar la presidencia del país. Indudablemente, cualquier político en su lugar haría lo mismo. Y eso no es deslealtad.
El doctor Paz, que entendía como ningún otro el tema del poder, sabía que tu primer adversario en democracia es quien te puede suceder dentro del orden constitucional: el vicepresidente.
Nuestra historia está plagada de vicepresidentes que acabaron siendo cabezas de la oposición y conspiraron contra sus propios jefes. Así que lo de Lara no es nuevo ni debe causarnos asombro. Por ello, el doctor Víctor Paz, en su último periodo, tenía a su vicepresidente Julio Garrett permanentemente viajando para que —según palabras del propio jefe movimientista— no se le crucen malas ideas ni tentaciones conspirativas.
Tal vez el único vicepresidente que no conspiró contra su jefe fue García Linera, por dos causas centrales: 1) porque le tenía miedo al “jefazo”; sabía que una acción en esa línea haría que Evo lo destrozara; 2) porque Evo lo convirtió en su mejor operador, lo que permitió a Linera controlar el manejo y funcionamiento del aparato estatal.
Por ello, es una falta de criterio y de instinto político intentar liquidar y neutralizar a un vicepresidente electo en las urnas. Da risa cuando ministros de Estado, elegidos a dedo por el presidente, quieren darle lecciones políticas y de moral a un vicepresidente electo, con gran porosidad social en los estratos pobres del país. Es, simplemente, miopía política.
La tarea era incorporar a Lara en el esquema. Hoy ya parece muy difícil, porque al propio Lara le conviene mantener distancia de Rodrigo para reafirmar su ligazón con los sectores que lo siguen, más aún cuando su campaña anticorrupción encuentra eco ante ciertos actos que se cometen en algunos lugares de la actual administración del Estado.
El objetivo de Lara es convertirse en el recambio del liderazgo populista, donde Rodrigo no tiene llegada y, a juicio del entorno larista, Evo estaría en plena decadencia y retroceso. Aun cuando eso es harina de otro costal —y merece su propia evolución—, lo cierto es que, en la perspectiva futura, a Lara le conviene una ruptura con Rodrigo: desde la interpelación política al gobierno de la DC acumulará más que desde una convivencia que lo convierta en quinta rueda del coche.

la sucesión presidencial: tu vicepresidente”.
Tuto Quiroga: “si elegiste al diablo, aprende a vivir en el infierno”
Se puede estar de acuerdo o no con la posición de Tuto Quiroga, pero lo que no se puede negar es que su tesón por llegar al poder es admirable.
De una posición de tolerancia ha resuelto pasar a una actitud de abierta oposición al gobierno de Rodrigo. Con discurso uniforme, Tuto y sus principales portavoces —como Luis Vásquez y Ramiro Cavero— se han dado a la tarea de posicionar a LIBRE y, en consecuencia, al propio Tuto Quiroga, no solo como cabeza de la oposición, sino como la única alternativa política y económica del neoliberalismo.
Sin piedad, Quiroga ha comenzado a desnudar lo que, a su juicio, son las debilidades del gobierno de Rodrigo Paz. Señalemos las más importantes:
- Su incapacidad de enfrentar abiertamente al populismo; por el contrario, su convivencia con él, lo que lo lleva a convivir con su propio enemigo: Lara. También lo critica por no asumir una actitud abierta contra el evismo, demostrando —según Tuto— una gran debilidad no solo del gobierno, sino del Estado, al no poder detener al líder cocalero y al no tener decisión para intervenir el Chapare y acabar con los cárteles de la droga. Para Tuto, esto no es casualidad, sino el rasgo de una complicidad implícita, como pago por haber llegado al poder gracias a los votos del chapareño.
- Un segundo punto es el miedo y la irresolución de Rodrigo para acabar con los grupos “corporativos”. Por el contrario, lo culpa de haberlos fortalecido al aceptarlos como interlocutores de las clases populares y al ceder ante sus presiones. El tutismo pone como ejemplo que Rodrigo “revivió” a una COB destrozada y prebendalizada, al negociar con ella la viabilidad de sus decretos.
- El punto más débil —y el problema más álgido— es el tema económico. Según Quiroga, la inflación se “comerá” al actual gobierno porque no tiene una política antiinflacionaria coherente. El tutismo también considera que Rodrigo Paz no tiene la espalda política ni la propuesta económica capaces de conseguir financiamiento e inversiones, y lo prueba —según ellos— al no plantear nuevas leyes que atraigan capitales. Quiroga sostiene que es urgente un paquete de leyes que dé seguridad jurídica a inversores extranjeros y nacionales, sobre todo en hidrocarburos y minería. En conclusión, para LIBRE este es un gobierno sin brújula y sin destino. Irónicamente, cuando el gobierno tiene un acierto, Tuto dice que era parte de su programa.

Evo, el caudillo: entre la vigencia y el ocaso
Nadie puede negar que Evo es un caudillo político, tal vez el único que tiene hoy la política boliviana. Como todo caudillo, despierta pasiones y odios. Tiene una base política —y electoral— intransigente, que se siente identificada con él. El líder del Chapare mantiene una adhesión relativamente estable, entre el 25% y 30% del electorado, ubicada básicamente en sectores populares del campo y la ciudad. Esto lo convierte en un actor fundamental de la política.
Dicho apoyo no es casual; es fruto de su lucha sindical y de los 14 años en que fue presidente a la cabeza del llamado “Proceso de Cambio”, con sus aciertos y errores. Por ello, Evo no es solo un fenómeno electoral, ni siquiera únicamente político: es, de algún modo, un fenómeno sociológico, nacido de la irrupción del movimiento campesino en el contexto de la Bolivia democrática.
Evo logró condensar en su figura la representatividad del espacio de lo que se ha denominado neopopulismo, al que sumó un discurso de reivindicación indígena y una visión estatista, enarbolando las nacionalizaciones de recursos naturales que impulsó durante su gestión.
El debate hoy es saber si, a partir de la implosión del IPSP–MAS y la llegada al poder de Rodrigo Paz —acompañado del discurso de que el modelo populista ha terminado y se abre un ciclo liberal— la vigencia de Evo realmente habría concluido.
Evidentemente, esa es una visión subjetiva: más un deseo que una realidad. Que Evo no esté en el clímax de su fuerza política puede ser cierto; pero de ahí a decir que “no existe” es una ridiculez. Solo el apoyo indirecto que el evismo dio al actual presidente en la segunda vuelta electoral prueba lo contrario.
Que hoy se encuentre arrinconado, con demandas judiciales, y se mantenga recluido en el Chapare no significa que esté políticamente muerto. Evo sabe la fuerza que tiene y es un abierto opositor al gobierno de Rodrigo Paz.
Muchos critican que Rodrigo Paz no ejecute la orden judicial contra Evo. Incluso le señalan que existe un pacto bajo cuerdas. Lo cierto es que Rodrigo no tiene la fuerza para hacerlo. Como dijo Jaime Paz: “Rodrigo no es policía para encabezar la captura de Evo; eso es tarea de la justicia”.
Lo evidente es que es muy difícil ingresar al Chapare sabiendo que eso traerá confrontación: con seguridad habrá heridos, muertes y correrá sangre. Sin olvidar que un apresamiento de Evo puede provocar reacciones en distintos puntos del territorio nacional. Incluso una operación de “extracción”, como la que iniciaron los norteamericanos con Nicolás Maduro, traería reacciones de sectores populares.
A ello hay que sumar que policías o militares exigirán una orden escrita del Presidente para una tarea de tal magnitud, porque no quieren ser quienes paguen los platos rotos. Por ello, Paz Pereira prefiere tener a Evo confinado en el Chapare o fuera del país.
Pero la fortaleza en el Chapare es también fruto de la debilidad de un Estado que permitió la instalación de una especie de republiqueta, con economía y organización político-social propia, donde Evo Morales es el jefe indiscutible y desde donde irradia su proyección nacional.
El Chapare y los sindicatos de las federaciones cocaleras han servido para que el expresidente apalanque su fuerza política, convirtiéndose en una referencia de lo nacional-popular. Por ello, Evo es el principal enemigo político que tiene Rodrigo Paz.
El actual presidente se ha propuesto realizar reformas, sobre todo económicas, para atraer inversiones y generar crecimiento. Tal política requeriría —en los hechos— cambios a la Constitución Política del Estado. Entonces será el momento en que Evo recurrirá a lo que sabe hacer: tomar las calles. Sostendrá que el gobierno es “la derecha”, que quiere destrozar el Estado Plurinacional y entregar los recursos naturales al imperialismo.
Para nadie es un secreto que la última movilización de la COB y los bloqueos contra el alza de hidrocarburos fueron monitoreados y financiados por el evismo, y que su principal operador, Juan Ramón Quintana, se paseaba “como Pedro por su casa” organizando y dirigiendo puestos de bloqueo. Aun cuando el presidente Paz Pereira salió airoso de la primera ofensiva, el ensayo COB–evismo demostró que los movimientos corporativos pueden volver a actuar en cualquier momento.
Por ello, quien más puede acumular del desgaste de Rodrigo es Evo, sin descartar que cuente con apoyo coyuntural de Lara, aun cuando en perspectiva ambos se disputen el mismo espacio: encabezar el populismo.
Del “tiempo de las cosas pequeñas” hacia una visión y ruta estratégica
El ideólogo del nacionalismo revolucionario, Sergio Almaraz, solía afirmar que los procesos revolucionarios comienzan con medidas trascendentales y, después, cuando se desgastan y sufren la presión de fuerzas contrarrevolucionarias, acaban viviendo el “tiempo de las cosas pequeñas”. Ese “tiempo” consiste en no realizar tareas fundamentales ni transformadoras, sino adoptar medidas coyunturales, en muchos casos preservativas y defensivas, para no perder lo avanzado. Pero, en la visión de Almaraz, ese camino conduce al estancamiento y, más tarde, a la derrota: se empieza cediendo un poco para después ceder en todo, entrando en el tobogán de la frustración. Esa es su lectura de la Revolución Nacional (1952–1964) en Réquiem para una República.
El presidente Paz Pereira ha decidido empezar al revés. Hasta la fecha ha tomado medidas que corresponden al “tiempo de las cosas pequeñas”: desde suprimir parte de la subvención a los hidrocarburos hasta aumentar 150 bolivianos a la Renta Dignidad. Tal vez lo más importante de esta etapa del régimen “rodriguista” sea la estabilidad temporal del precio del dólar.
Las medidas de apresamiento de personeros importantes del anterior régimen, si bien pueden ser adecuadas, tienen un fuerte contenido político: buscan rédito. Que Rodrigo haya elegido esta ruta tiene dos posibles explicaciones. La primera: que le sirva como base de acumulación de fuerzas para enfrentar en mejores condiciones desafíos futuros. La segunda me la dio un viejo amigo político, que me dijo: “Es la típica actitud del mirismo, que no transforma ni realiza cambios en la sociedad; su rol es preservar y mantener lo que se ha hecho, sin trastornos en la vida de los bolivianos”.
Indudablemente, ambas explicaciones se adecuan a la conducta del actual gobierno. Por un lado, la necesidad de ensanchar y consolidar apoyo social para tener una correlación favorable. Por otro, si quiere avanzar hacia cambios, debe primero consolidar lo que tiene en su batalla contra el populismo, tarea nada fácil.
Está claro que Rodrigo quiere iniciar un nuevo ciclo liberal-democrático y ser fundacional. Pero en política no siempre se hace lo que se quiere, sino lo que se puede. Dentro de esa lógica implacable, el gobierno de Paz Pereira puede terminar siendo uno más: mantener las cosas como están.
Como siempre, la economía es la madre del cordero
Como siempre, lo que marca el éxito o fracaso de un gobierno es el tema económico, en dos pisos: lo macro y lo micro. Lo macro es el manejo de la economía como factor vital del desarrollo; lo micro es lo que afecta de manera directa a la gente: que no se encarezca el nivel de vida, que no caiga su capacidad adquisitiva, que la “platita” alcance para vivir el mes, y que los hijos vivan mejor. A la mayoría le importan poco las variables macroeconómicas; es lógico.
Hace poco, Álvaro García Linera sostenía que el éxito de los gobiernos de Evo se basó en que, por la política de nacionalizaciones y fortalecimiento del Estado, se generaron ingresos y se distribuyeron, sacando a un porcentaje de bolivianos de la pobreza extrema y mejorando a grandes sectores con distintos bonos. Como si fuera un descubrimiento, señalaba que un buen manejo de la economía determina el éxito de un gobierno.
No es objeto de este ensayo discutir cuánta plata se dispuso en el periodo de Evo. Lo cierto es que ese ciclo vivió un periodo de estabilidad económica, y ese es el recuerdo que mucha gente conserva, una de las causas que lo mantiene políticamente vigente.
Sin ninguna duda, la situación que enfrenta Paz Pereira no es la misma. Todos somos conscientes de que se vive una crisis que dificulta la gestión gubernamental.
Pese a los esfuerzos del gobierno, el costo de vida se ha incrementado, golpeando —como siempre— a los más pobres. Veamos algunos datos: el aumento del salario mínimo del 22%, de la Renta Dignidad del 43% y del Bono Juancito Pinto del 50% no compensan el incremento del costo de vida.
Solo como ejemplo: el pan de batalla subió entre 80% y 100%. Eso implica que la capacidad adquisitiva de la moneda boliviana ha caído, como mínimo, entre 40% y 50%. Dicho en sencillo: un billete de 100 bolivianos hoy compra como si fuera 50, sin necesidad de una devaluación formal, mientras se produce una peligrosa espiral inflacionaria.
Rodrigo ha dicho que hay que “abrir Bolivia” y “ordenar la casa” para, después, atraer inversiones. Viene desplegando un discurso en el que, por poco, habría una pelea internacional entre organismos financiadores y países extranjeros para invertir aquí, como si hubiéramos descubierto El Dorado. Pero la realidad contrasta con los deseos del primer mandatario por las siguientes razones:
- Es difícil atraer inversiones en un país con crecimiento cercano a cero, cuya expectativa recién en tres o cuatro años sería llegar al 3%. Tampoco es atractivo un país con una tasa de inflación alta.
- No es fascinante un país cuyo ordenamiento jurídico pone candados a la inversión, al exigir que el Estado tenga siempre más acciones que los inversionistas. El caso de los hidrocarburos es clarificador: las inversiones deben sujetarse a la norma que señala que YPFB debe tener el mayor porcentaje y el control de toda la cadena productiva.
- El propio FMI, para facilitar préstamos de libre disponibilidad, ha planteado su predisposición a hacerlo, pero bajo tres presupuestos:
Implantar una política monetaria acorde a la realidad, es decir, fijar oficialmente un precio “real” de la divisa, que —según esa fuente— oscilaría entre 9 y 10 bolivianos;
reducción del gasto público y saneamiento fiscal, lo que implica reducir el aparato del Estado, es decir, achicar en un 30% su capacidad empleadora;
cambiar el ordenamiento jurídico y algunas leyes vitales, como las de inversiones e hidrocarburos, que hoy actúan como tranca para inversionistas.
Un último elemento que deberá enfrentar en el área económica son las presiones sociales por aumento salarial, así como la demanda de recursos de gobernaciones y alcaldías, en el marco de lo que se denomina pacto fiscal.
Los signos que manda el gobierno son de optimismo. Pero, más que optimismo, necesita conciencia: este es su mayor desafío y aquí se juega el destino de su gestión.
Las “minorías eficaces” y la mayoría silenciosa
Los conceptos de “minorías eficaces” y “mayoría silenciosa” encuentran uno de sus exponentes más conocidos en Henry Kissinger. Durante el gobierno de Richard Nixon, Kissinger le planteó que no había que caer prisionero ni temer a las “minorías eficaces”: eran minorías que conspiraban contra el orden establecido y, al final, serían derrotadas por la fuerza de la institucionalidad norteamericana, que representaba a la mayoría de la ciudadanía, silenciosa, y que se expresaba mediante el voto.
Con esa lógica, Nixon enfrentó a las “minorías eficaces”: en algunos casos las ignoró; en otros las escuchó y dialogó; y a las más radicales —como los Panteras Negras— las enfrentó y las destruyó.
Fue Nixon, en su discurso del 3 de noviembre de 1969, quien recurrió a la idea de mayoría silenciosa al afirmar: “En esta noche —a ustedes, la gran mayoría de mis compatriotas estadounidenses— les pido apoyo”. Lo que pedía era respaldo para continuar su política de guerra en Vietnam hasta lograr un “triunfo final”.
En la visión de Nixon y Kissinger, como la mayoría no participaba en movilizaciones contra la guerra, significaba que la política hacia Vietnam era avalada por los norteamericanos. Pero, como en toda sociedad, son las “minorías eficaces” las que hacen política. Fueron esas minorías —como el movimiento hippie bajo el slogan “haz el amor, no la guerra”— las que lograron diseminar en la sociedad el rechazo a la guerra, volviéndolo consigna nacional y obligando a Nixon a negociar la paz.
Bolivia: “minorías eficaces” corporativo-sindicales y nacional-populares, contra mayorías silenciosas clasemedieras y citadinas
A) El sistema de partidos como expresión de mayorías silenciosas citadinas y clasemedieras
Partamos del hecho de que la acción política la realizan las “minorías eficaces”, porque son la expresión dirigencial de la sociedad y de sus parcialidades.
La concepción leninista describe que es el partido político quien dirige a las masas hacia sus objetivos históricos: el partido y su dirigencia son la vanguardia encargada de tomar el poder y cumplir el programa y las demandas enarboladas en la lucha.
Por ello, el partido político es, en general, una “minoría eficaz” con organización, programa y líder, cuyo objetivo es conducir a la sociedad hacia metas concretas.
Dentro del sistema democrático de balances y contrabalances, las “minorías eficaces” se expresan en el sistema de partidos, que compite por conquistar la adhesión de la mayoría silenciosa en las urnas. Como no hay hegemonía de ningún partido, se recurre a acuerdos y pactos. Entonces, en nombre de la mayoría silenciosa gobiernan “minorías eficaces” de partidos compuestos, por lo general, por sectores de clase media, fieles al discurso del libre mercado y a los valores del liberalismo. Estas minorías no recurren a la calle, salvo situaciones excepcionales: prefieren que la mayoría se exprese por mecanismos institucionales.
Con pocas excepciones, las “minorías eficaces” del sistema de partidos han logrado captar el torrente de fuerzas sociales adscritas al campo populista.
B) El accionar de las “minorías eficaces” corporativas y sindicales
Últimamente, politólogos, opinadores y periodistas han desatado una campaña sin piedad contra la movilización de la COB, confundiendo —como siempre— el tren con el maquinista. Consideraron que la COB era un cadáver; expresión de degradación sindical cuyo rostro sería Huarachi. Se habló de una COB que comandaba “hordas salvajes de borrachos”, que ya no era interlocutor válido porque no representaba a los trabajadores. Pensaron que solo movilizaba pequeños núcleos sin fuerza. Le dijeron al gobierno que no negociara, que eran marginales y que tenían rechazo.
Pero la COB llegó a un acuerdo con el movimiento sindical campesino; se sumaron interculturales, bartolinas, juntas vecinales y sectores de clase media. Bloquearon los caminos centrales, realizaron marchas y bloqueos en ciudades y obligaron al gobierno a firmar un acuerdo.
En perspectiva política, importa poco el resultado del acuerdo; lo clave es la fuerza demostrada por movimientos corporativos. La COB demostró que se encuentra en la médula del pueblo boliviano. Es la organización a la que, en última instancia, recurren trabajadores, campesinos y sectores masivos de clase media no solo para defender derechos laborales, sino también banderas de defensa de recursos naturales. En esos momentos, la COB y sus aliados se convierten en catalizador político capaz de arrinconar —y a veces derrotar— gobiernos.
La ofensiva contra Rodrigo demostró que las “minorías eficaces” corporativo-sindicales tienen capacidad de movilización y desarrollan política con mecanismos histórico-nacional-populares: marchas, bloqueos urbanos, bloqueos de caminos, huelgas, etc. Recién después negocian.
El mensaje fue claro: “¡Cuidado, Rodrigo! No te equivoques. No puedes ignorarnos, porque la próxima vez que salgamos no será para repartir flores”.
¿Por qué las “minorías eficaces” corporativas y sindicales tienen tanta capacidad?
La respuesta tiene dos pisos. El primero se refiere al carácter extractivista de nuestro modo de producción, donde la minería —tanto en la época de los Barones del Estaño como durante la Revolución Nacional— jugó un rol protagónico y generó un gran poder sindical. Con los mineros como punta de lanza, se estructuró un movimiento obrero poderoso que encontró en la COB su organización matriz. A ella se sumaron otros sindicatos, sectores de clase media, agrupaciones de intelectuales, profesionales, artistas, y las máximas representaciones estudiantiles (CUB y FES), además de campesinos, con sus particularidades.
Es el sindicalismo, portador de “minorías eficaces”. Sin la lucha sindical no se explicaría la resistencia popular contra la rosca minero feudal durante el sexenio, ni la victoria del 9 de abril, ni medidas como reforma agraria, nacionalización de minas y voto universal. Por ello se dijo que, al comenzar la Revolución Nacional, el hombre con más poder y presión era Juan Lechín.
Aún cuando el MNR tenía liderazgo y presencia nacional no podía prescindir de la fuerza sindical. Y cuando el instrumento político entró en conflicto con el poder sindical, la derrota fue inevitable, como ocurrió el 4 de noviembre de 1964.
El gobierno de Barrientos, que quiso imponer lo que Sergio Almaraz llamó “Sistema de Mayo” —dar a la Revolución Nacional un giro liberal— encontró resistencia sindical. Pese a la proscripción de la COB, los sindicatos enfrentaron al régimen. En La Paz, el movimiento fabril combatió en calles; en las minas, los mineros hicieron oposición poderosa. Barrientos solo pudo quebrarlos con la toma militar y la masacre de San Juan.
Durante los gobiernos de Ovando y Torres, los sindicatos tuvieron gran influencia e intentaron generar un poder dual al estilo soviético, organizando la Asamblea Popular. Esa situación contribuyó al golpe del 21 de agosto, encabezado por Banzer, cuya consigna fue “acabar con el caos y la anarquía” atribuidos al “anarcosindicalismo” y a la izquierda.
En la dictadura de Banzer (1971–1978), las minas vivieron bajo amenaza de intervención, pero los sindicatos clandestinos fueron pilares para recuperar la democracia. Domitila Chungara simboliza esa lucha. Paralelamente, Banzer enfrentó al movimiento campesino, reprimiendo en Tolata y Epizana. La oposición construyó la UDP (MNR de izquierda, MIR y PCB), que con Siles Zuazo y Jaime Paz se convirtió en opción electoral nacional-popular.
Ante la inminente llegada de la UDP, los sectores retrógrados de las FF. AA., con García Meza, quisieron detener la historia. Uno de los objetivos del golpe fue acabar con sindicatos; se destruyó incluso el edificio de la FSTMB.
Conviene recordar a nuevas generaciones: grupos paramilitares tomaron por asalto la sede de la FSTMB, donde por convocatoria de la COB se reunía el CONADE. En dicho asalto perdieron la vida Marcelo Quiroga y Carlos Flores Bedregal.
El militarismo —salvo contadas excepciones de gobiernos con filiación nacionalista—, bajo la doctrina de seguridad nacional, consideró al sindicalismo su principal adversario. Es una constante en América Latina (Argentina y Chile son ejemplos). Años más tarde, el gobierno de Evo construyó en los terrenos de la FSTMB un nuevo edificio que entregó en propiedad a los mineros.
Durante el gobierno de la UDP, el sindicalismo mantuvo hostigamiento y presión, aun siendo un gobierno de raíz popular. Estuvo dispuesto a defenderlo ante amenazas golpistas, pero no le aceptaron cogobernar. Sin embargo, el modelo estatista de la Revolución Nacional estaba en crisis y se anunciaba el repliegue del sindicalismo.
La llegada de Paz Estenssoro, en medio de una profunda crisis, cambió la situación sindical. La implantación del 21060 relocalizó a gran parte de mineros de COMIBOL. Ironía: en campaña, Filemón Escóbar llamó a votar por Víctor Paz contra Banzer, porque era el “mal menor”. Pero Víctor Paz hizo lo que consideró inevitable: asumió el costo social de virar al neoliberalismo.
El sindicalismo hizo su última gran ofensiva con la Marcha por la Vida, que fue derrotada; varios dirigentes fueron confinados, incluso Juan Lechín. Sarcasmos de la historia: el mismo actor proclamado “Jefe” por obreros y campesinos, encargado de nacionalizar minas, era quien decía “Bolivia se muere”, y que el modelo nacionalista revolucionario había concluido.
A partir del 21060, el rol político de los mineros cambió: se redujo su peso productivo; la minería nacionalizada dejó de ser central y muchas minas quedaron deficitarias. La “minoría eficaz” minera se comprimió en número y dejó de ser motor, en un contexto donde el ingreso principal venía del gas. Pero el sindicalismo se regeneró y nuevas “minorías eficaces” irrumpieron en el escenario nacional-popular.

La insurgencia de nuevas “minorías eficaces”:
De las guerras del agua y del gas a la toma del poder por evo morales
Después del 21060, que estabilizó el país y derrotó a la COB —sobre todo al sindicalismo de la minería nacionalizada— hubo reflujo popular. Víctor Paz terminó su gobierno con tranquilidad. Jaime Paz Zamora gobernó sin hostilidad de “minorías eficaces”, no solo porque estaban desarticuladas, sino porque mantenía diálogo permanente. Pero dos hechos hicieron que volvieran a la carga.
Primero, la Guerra del Agua (2000): la acción popular desbarató la privatización del agua en Cochabamba. Ya no se atrincheró solo en la COB, sino en una coordinadora de sectores sociales, donde figuras como Oscar Olivera y un diputado llamado Evo Morales emergen con fuerza. Tras consulta local y protesta, doblaron la mano a Banzer, que retrocedió.
Tres años más tarde, la Guerra del Gas: “minorías eficaces” se opusieron a vender gas a Chile. El movimiento campesino, con el Mallku, jugó rol estelar. Ni la represión en Warisata frenó la ofensiva; se sumó El Alto. Goni fue sacado del poder junto a una megacoalición de partidos sistémicos.
El camino para la llegada al poder de Evo Morales estaba allanado: era cuestión de esperar.
Evo, desde una “minoría eficaz” (sindicatos cocaleros del Chapare), ingresó a la política a paso de vencedores. Condensó en el MAS no solo el campo popular, sino la irrupción de lo indígena como actor central.
Evo fue el primer presidente indígena, pero también de expresiones corporativas: cooperativistas mineros, gremiales, etc. El MAS fue más suma de corporaciones que partido; de ahí su fuerza. Nuestra sociedad tiene lo corporativo como base de acción cotidiana.
Hace años, el politólogo Carlos Cordero lo visualizó al sostener que por encima de los intereses patrios están los corporativos. Ponía como ejemplo a taxistas: “primero, defender sus necesidades como gremio; después, todo lo demás”.
Mi experiencia personal me lo confirmó. Como asesor general del Ministerio de Trabajo en el año 2000, daba el visto bueno para resoluciones que reconocían directivas sindicales. Estas resoluciones validan sindicatos como interlocutores ante Estado o patronal, y otorgan comisiones para que dirigentes se dediquen a tiempo completo con fuero.
En el Ministerio aparecían grupos que pedían reconocimiento para fines concretos. Tres ejemplos:
lustrabotas: querían distribuir zonas de trabajo y expulsar a no afiliados;
no videntes: buscaban administrar la “casa del no vidente”; hubo dos directivas y mediación;
una asociación de trabajadoras sexuales: pedían reconocimiento para proteger a afiliadas de malos tratos y explotación, y a la vez garantizar a clientes “chicas sanas, sin enfermedades”.
Estos ejemplos confirman lo sostenido por Cordero: la sociedad boliviana es corporativa.
Las “minorías eficaces” corporativas en el poder
Las “minorías eficaces” tienen una característica particular: cuando enarbolan banderas nacionales se convierten en vanguardia que arrastra a sectores de la mayoría silenciosa y genera procesos de cambio. Pero instauran democracias hegemónicas, no de pesos y contrapesos. Los ejemplos emblemáticos son el MNR y el MAS.
El MNR y la COB
Hasta 1964, el MNR fue hegemónico e impulsó las medidas más importantes de la Revolución Nacional. Fue una “minoría eficaz” estructurada en partido, dirigida por clase media, con discurso nacionalista. Su carácter corporativo se expresó en el policlasismo y la “alianza de clases”, aporte teórico de Walter Guevara. El partido tenía comandos a lo largo del país. Aunque muchos sindicalistas eran movimientistas, el MNR tuvo que admitir y cogobernar con la COB, que declarativamente luchaba por socialismo, pero en los hechos fue sindicalismo captado por la Revolución Nacional.
Se decía que Lechín navegaba con dos banderas: jefe de izquierda del MNR y cabeza máxima sindical. La Revolución Nacional cayó en su primera fase cuando se rompió partido–COB: en otras palabras, cuando se fracturó la relación entre aparato partidario y lo que hoy se llama movimientos sociales.
El MAS: sumatoria de “minorías eficaces” corporativas en el poder
Al igual que durante la Revolución Nacional, el MAS condensó al inicio del “Proceso de Cambio” gran parte de la fuerza nacional-popular, pero con características diferentes a 1952:
- El MAS no es un partido político en la concepción tradicional: es la unidad de “minorías eficaces” sindicales y corporativas que, bajo la emergencia indígena, construyen un arcoíris político cuyo eje ya no es el proletariado minero, sino el campesinado, con expansión territorial y reivindicación étnica.
- Su base de irradiación es el sindicalismo cocalero del Chapare, pero su principal fuerza serán aymaras y quechuas en distintos estratos, desde qamiris millonarios hasta quienes viven al día.
- Pese al discurso “socialista”, las bases del MAS no tienen afinidad ideológica con Lenin o Trotsky; su práctica económica se acerca al comercio, base del capitalismo. Lo que Evo y el MAS hicieron fue ampliar la inclusión social, fortalecer economía informal, abrirles puertas del Estado y demostrar la vigencia de una tesis: no hay Bolivia sin indios, y su destino estará en sus manos.
Eso es lo que hay que entender: los movimientos sociales y corporativos tienen vida propia, aunque algunos reconozcan a Evo como referencia. Al margen de Evo, defenderán sus intereses y, a la larga, chocarán con el gobierno de Rodrigo Paz, que ha resuelto gobernar sin ellos. Es una batalla con visos de guerra que el carismático presidente tendrá que enfrentar si quiere cambiar el modelo económico y ser un gobierno fundacional y no de transición.
La política del retrovisor
Emilio Pineda, uno de los profesores de comunicación con más prestigio en Colombia, estudió las claves fundamentales de la propaganda de Joseph Goebbels. A más de 80 años del nazismo, Goebbels sigue siendo referencia para la propaganda política. A juicio de Pineda, tres son los aspectos claves:
Culpar a alguien de la crisis de la coyuntura. En la Alemania de posguerra, el nazismo culpó a los judíos.
Personificar con nombre y apellido a quienes “sacarán” al país de la crisis. Goebbels personificó esa salvación en Hitler y el partido nazi.
Desconocer y destruir las ataduras que impiden avanzar, y establecer con claridad el camino a seguir. Para el nazismo, había que desconocer el Tratado de Versalles y encaminar a Alemania a la reparación y la venganza.
Goebbels sostenía que esas ideas debían martillarse en el cerebro y corazón del pueblo. En alguna medida, los políticos actuales siguen esa lógica.
Estas tres ideas busca instalar el gobierno de Rodrigo Paz:
Utiliza la política del retrovisor, culpando de todo lo malo a los 20 años del “Proceso de Cambio”;
pretende mostrar a Paz Pereira como la encarnación de un nuevo liderazgo adecuado a la coyuntura;
sostiene que la tarea central para “tiempos mejores” es desmantelar la política social y económica del MAS.
Este trípode tiene aspectos positivos y negativos. Señalemos algunos:
- La política del retrovisor puede ser útil un tiempo, porque permite diferenciarse. Pero puede volverse un bumerán cuando te quedas anclado y no miras hacia adelante, sobre todo si aparecen en tu gestión prácticas del pasado. Con la velocidad de redes y canales de comunicación, los tiempos de evaluación ciudadana son más cortos.
Dos hechos en tres meses —el caso de las célebres maletas y el de la compra de diésel y gasolina— han confirmado en la población que la corrupción endémica puede atrapar a cualquier gobierno. Es tan fuerte esta sensación que, en el imaginario colectivo, ambos hechos tienen el tufo de estar manchados por corrupción.
- Si bien la imagen del presidente Rodrigo Paz mantiene adhesión en sectores de la mayoría silenciosa, también existe percepción de que el equipo que lo acompaña no es mejor. Se distinguen dos valoraciones: Rodrigo como figura personal y su gobierno como administración. Al no depender de un partido ni de un sistema político, se percibe que gobierna con un círculo de confianza ligado a su entorno de Tarija. Así, su discurso de meritocracia se ve contradicho por una “amigocracia”: gente con ímpetu, pero con poco conocimiento de cómo funciona el Estado. Basta citar al director de Aduana que dijo que no pudo hacer nada porque recién llevaba poco tiempo en el cargo. Son hechos que dañan o, por lo menos, empañan la imagen presidencial.
- La tarea más difícil del presidente es desmontar el tejido que en 20 años construyó el Proceso de Cambio. Pero esa misma tarea podría darle el sello de gobierno fundacional y no de transición.
Sin duda, abrir un nuevo ciclo político y económico no pasa por una o dos leyes. Tampoco basta con controlar la Asamblea Plurinacional. Pasa por derrotar al populismo en institucionalidad y calles, con una política de alianzas adecuada. Es muy difícil, porque para desmontar el Estado Plurinacional se debe cambiar la Constitución, como lo indicó Gonzalo Sánchez de Lozada. Y eso, inevitablemente, tendrá que ir —en el mejor de los casos— a referéndum.
No hay que ser ilusos: cuando llegue ese momento, el populismo sacará las uñas para defender su Constitución, a la que vincula con la victoria y el reconocimiento indígena-campesino.
Hay quienes consideran que Paz Pereira se la jugará: cree que con un discurso de patria y lo nacional-democrático podrá sumar a sectores nacional-populares y movimientos sociales. Rodrigo no quiere ser un gobierno de transición, sino fundacional. Es difícil, porque requiere mano de cirujano político para equilibrar fuerzas, mucho más cuando el bloque popular tiene estrategia y visión propias que no coinciden con la del presidente.
Tuto, en este punto, es más radical: considera que a lo corporativo y a las “minorías eficaces” hay que derrotarlas para avanzar hacia un sistema democrático con economía de mercado. Para Tuto es “o ellos o nosotros”.
Lo cierto es que quienes apuestan a que el actual gobierno sea de transición están apostando un riesgo. Si Rodrigo Paz no es un gobierno fundacional, lo más probable es que no sea una transición hacia un nuevo ciclo liberal, sino hacia el retorno de un populismo con traje renovado.
Por ello, el gobierno es una especie de puente: al cruzarlo hay dos caminos. Uno: estabilizar un nuevo modelo económico liberal y democrático. El otro: retornar al populismo, que también es capitalismo, pero informal, con impronta indígena y campesina. El tiempo dirá qué camino seguirá nuestro país.