Nuestra naturaleza consumidora de energía está sujeta a una ley: “use it or lose it”. La entropía de la vida no solo nos lleva a disolvernos hasta ser “polvo en el viento” (siguiendo a Kansas); además, degrada las capacidades en que dejamos de invertir energía para sostenerlas.
Si usted no usa sus músculos, los pierde. Lo mismo sucede con los procesos cognitivos, ávidos consumidores de energía (más del 20 por ciento de su energía corporal va a su pequeño cerebro). Los circuitos neuronales que durante un periodo extenso no se emplean, tienden a degradarse. Piense en el GPS (Global Positioning System). Ya en 2020 Dahmani y Bohbot establecieron una correlación entre su uso y la disminución de la memoria espacial que depende del hipocampo (téngalo presente cuando conduzca).
El uso de la IA en los procesos de aprendizaje obedece a la misma ley. Un estudio del MIT sobre IA generativa muestra una clara correlación entre su uso para escribir ensayos y una sistemática disminución de la actividad neuronal (medida con electroencefalogramas) en comparación a quienes solo usan su cerebro. Mientras más apoyo de IA, menos actividad. No es de extrañar que los estudiantes fueran incapaces de retener en su memoria el ensayo y referir a este.
Y en un estudio cuantitativo y cualitativo Michael Gerlich encontró una correlación negativa significativa, mediada por la descarga cognitiva, entre uso de IA y pensamiento crítico. Es decir, mientras más capacidades cognitivas delegue a la IA, más disminuye su capacidad de pensar críticamente. Además, los jóvenes muestran más dependencia de la IA y una mayor disminución de estas capacidades. Su uso moderado, sostiene, solo podría ser positivo bajo fuertes restricciones: los estudiantes deben definir las preguntas relevantes de la investigación y las hipótesis, y recién entonces usarla como input de información (a ser corroborada). Un tipo de enciclopedia interactiva. Pero nada más. La escritura no se debe delegar, tampoco a cortar y pegar.
Por supuesto hay que enseñar estas tecnologías. Son y serán parte de nuestra realidad. Pero además del deseo mimético que alimenta la moda (o con Mill: la capacidad de imitación propia de los simios), nada sustenta el entusiasmo actual por convertirlas en pilares de los procesos educativos.
Hace 15 años el entusiasmo pedagógico apuntaba a los celulares. Hoy sabemos que su uso ubicuo ha dañado a una generación completa y nos esforzamos por desterrarlos del aula. También se introducían tablets y computadores. Hoy los mejores sistemas educativos del mundo están volviendo al lápiz y al papel. Sospecho que con la IA será similar. Aunque podría ser peor: una educación a la altura de la IA para los desaventajados, mientras las elites aprenden con lápiz, papel y (como exige el cableado cerebral producto de millones de años de evolución) de otros seres humanos. Saque usted las conclusiones.
Daniel Loewe, Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez