La extensa familia Tribilín quedó en la ruina. Durante muchos años tenía un negocio rentable: fabricaba y vendía lápices con minas de colores. Con los años, fabricaron también cuadernos de espiral, papeles de regalo y otros artículos de papelería para colegios. Cuando los padres, ya mayores, decidieron retirarse, uno de los hermanos mayores se hizo cargo del negocio, sin seguir el camino que la familia había mantenido durante tantos años.
El hermano resultó un pésimo administrador y puso el negocio familiar en bancarrota. Dilapidó los ahorros de la familia en banalidades, malgastó el patrimonio en excentricidades, viajes injustificados, inversiones no rentables. Además, apostaba en un casino lo poco que iba quedando.
Fundó otras empresas que quebraron en pocos años porque no hizo estudios de mercado, tenía demasiados empleados amigos de sus amigos, y porque fueron producto de su capricho y su megalomanía incurable. Impuso autoritariamente su criterio, asociándose a personas sin escrúpulos a quienes confió la administración de esas empresas.
En el último extremo de la bancarrota, cuando ya no había dinero para sostener a la familia y cuando los prestamistas exigían la devolución de las deudas (con altos intereses), el hermano vendió las joyas de la abuela que hasta entonces habían servido de garantía.
De esa manera dejó a la familia no solamente en la pobreza sino también en la vergüenza y el oprobio. El temperamento autoritario y altanero le impedía escuchar a los demás, simplemente los ignoró cuando le pidieron que dejara a otros la responsabilidad de dirigir los negocios. Seguía prometiendo grandes réditos que nunca se llegaron. La fábrica dejó de producir, ya no podía comprar insumos.
El hermano tenía una labia hábil para convencer. Cada vez que hablaba en las reuniones familiares los embaucaba con más promesas, aunque no había cumplido en 20 años. Algunas hermanas y hermanos desconfiaban ya de sus planes, pero él insistía en que su conducción de los asuntos familiares era exitosa y que cada nuevo negocio que hacía sería provechoso económicamente.
Cuando quebraba una y otra empresa y los socios eran perseguidos por deudas, ocultaba la información y tapaba un agujero con tierra de otro, prestándose más dinero que sabía que no podía devolver, y ponía los pocos bienes familiares que quedaban en una situación de hipoteca.
Pero su discurso sonaba convincente y a pesar de la ruina que había causado, una parte de la familia Tribilín seguía creyendo en sus aventuras descabelladas, de las que se beneficiaban socios de dudosa reputación que paulatinamente fueron desapareciendo con el dinero. Algunos adoptaron una actitud de negación, no querían ver la realidad que había creado el hermano bellaco, cada vez más gordo, fumando y sonriendo como un Ekeko, desplazándose en un auto lujoso.
Cansados de la falta de resultados los demás hermanos se dieron cuenta de que la situación era demasiado grave, juntaron voluntades y decidieron por fin quitarle el poder ilimitado que habían confiado al hermano que acabó por desvanecer la fortuna que la familia Tribilín había acumulado durante varias generaciones, trabajando arduamente con honestidad y constancia, favorecida cada año por los ciclos escolares.
Otro hermano asumió la tarea que le encomendaron y se hizo cargo de los negocios, pero se dio cuenta de que la situación era aún más caótica y difícil, aunque el hermano mayor –que se había alejado convenientemente del núcleo familiar– seguía insistiendo en que él lo había hecho muy bien y que gracias a sus apuestas riesgosas la familia había vivido tiempos de bonanza, olvidando que esa sensación de bienestar era una ilusión, producto del endeudamiento y de la extinción de todos los bienes.
No era fácil que los hermanos entendieran la gravedad de la situación porque el discurso triunfalista del hermano mayor había calado en la psicología de la familia y cualquier intento de acercarse a la realidad con un discurso más racional y apegado a los hechos, no era bien recibido.
Demasiados años de mentiras habían penetrado en el subconsciente colectivo. Se avecinaban tiempos difíciles pero la familia no era consciente de ello y tendía a culpar de la dramática situación, no a quién había sido causante de ella, sino a quien ahora trataba de mantener a flote la economía familiar.
Cuando llegaron las fiestas de Carnavales, todos en la familia Tribilín se dedicaron a la diversión con los pocos centavos que cada uno tenía en sus bolsillos, como si su futuro no estuviera en riesgo, festejaban quizás para esconder la situación apremiante.
El hermano que ahora estaba a cargo de los precarios negocios familiares dejaba que dilapidaran lo poco que les quedaba, en cerveza y disfraces carnavalescos, con el criterio de que al menos la familia estaría distraída durante unos días, aunque no había nada que festejar.
Luego de la distracción carnavalera los demás hermanos regresarían exigiéndole cuentas de la empresa familiar, a pesar de que él les había advertido –cuando se hizo cargo desde la gestión– de que no habría durante bastante tiempo dinero suficiente para que pudieran sostener un nivel de vida como el de antes.
Les insinuó que tendrían que ajustarse los cinturones y dejar a un lado los gastos superfluos, los viajes y las salidas a restaurante. Las compras del mercado tendrían que reducirse, tendrían que mirar los precios para comprar lo más barato y consumir menos carne y menos productos importados.
Inconscientes de esa situación o quizás para borrarla de sus mentes, la familia Tribilín se entregó de cuerpo entero a gozar del Carnaval de ilusiones. A su regreso les esperaba otra vez la cruda realidad.
Alfonso Gumucio es escritor y cineasta.