Christian Jiménez kanahuaty
Pensar en la educación en todos los niveles en el siglo XXI implica pensar los hábitos de consumo y las representaciones sociales de los estudiantes. Pero también sus expectativas y perspectivas de futuro.
Cuando se cruza una serie de variables que tienen que ver con la edad, las perspectivas de futuro, las ideas alimentadas por el consumo cultural a través de espacios virtuales como las aplicaciones y metaversos, lo que resulta es un sujeto social y cultural altamente poroso.
Poroso en un sentido muy concreto. Está definido porque por un lado, la información que obtiene está mediada por la Inteligencia Artificial y los motores de búsqueda y generadores de contenidos. Estos en algunas ocasiones o no están contextualizados o son superficiales, pero les son de utilidad a los estudiantes sólo para aprobar el examen. Al mismo tiempo, esa información en otras ocasiones tampoco está confirmada o contrastada.
Lo cual implica dos situaciones, que la información que se maneja es errónea y que por lo tanto se escribe, reporta y explica desde supuesto equivocados.
Pero, el segundo termina siendo el más importante. Atenta sobre todo con la memoria. Estudios recientes explican que las aplicaciones y redes sociales tienen un impacto directo en la capacidad intelectual de los usuarios. El sistema de atención se ha reducido en un 45% en sólo una generación. Lo que implica pensar que si hasta 25 años la atención media de una persona rondaba los 40 minutos, ahora esa atención alcanza solamente 15 minutos. Lo que ya es un indicador a tener en cuenta sobre el ritmo y frecuencia de las clases y sus horarios.
Ahora, otro punto sobre este particular es la capacidad de retención de información. La sobreexposición no genera sólo un déficit en la atención, sino cansancio, aburrimiento y dispersión. Estas últimas atentan contra el ritmo cardíaco, las etapas del sueño para alcanzar el sueño profundo. Y ansiedad que se replica en tristeza, hambre o tendencia a la violencia y susceptibilidad.
Al mismo tiempo, la capacidad de retención de información, atenta contra la sinapsis, que es la capacidad inherente que tienen las neuronas para conectarse entre sí y generar ideas, recuerdos, conocimientos y almacenar información, activando la memoria a corto y largo plazo. Todo esto dentro de esquemas educativos de alto rendimiento y profesionalización está contemplado más o menos en procesos de adquisición de conocimientos y para fortalecer destrezas y capacidades.
Pero también debe ser modificado no por la presencia de la Inteligencia Artificial en el aula, sino fuera de ella, porque después de todo los estudiantes pasan más horas al día en otros espacios que dentro de instituciones como el colegio o la universidad.
Sin embargo, estos procesos también están mediados por los algoritmos cuando por ejemplo, los estudiantes hacen una búsqueda en su buscador de preferencia para establecer qué carrera es más rentable en tiempo y materia.
Sucede que los años para alcanzar la profesionalización para algunos jóvenes es demasiado y prefieren carreras técnicas o ligadas al mundo de las redes sociales y creación de contenidos. En principio porque monetizar un contenido parece ser un factor ideal que motiva. Y hace ver que adquirir destrezas, conocimientos por base del esfuerzo y la lectura no es rentable.
Así que los algoritmos son ajustados para ya no buscar una carrera, sino para ver que tendencia en redes sociales congrega más atención y genera más dinero. Entonces, los espacios virtuales que se generan por creadores de contenido empiezan a estallar y se convierten en los referentes sociales a través de los cuales las personas pueden lograr cumplir sus sueños. Y los sueños que tienen están a su vez mediados por otros creadores de contenidos que según sus presentaciones muestran una vida de lujos, viajes, dinero y atención.
La atención no es poca cosa en un mundo donde la representación social de los sujetos ya no está dado por la ideología, el sexo, el género o los conocimientos, sino por la atención y el tipo de actividad que se realiza. Los contenidos no marcan una profesionalización, pero si una compartimentación de los nichos de atención. Van desde las personas que explican libros y películas hasta aquellas que venden contenido para adultos.
Todas estás plataformas y personas están a su manera legisladas según el país dentro de un sistema ambiguo que choca con la discusión entre lo público y lo privado y es que el metaverso como contexto que propicia la construcción de entornos virtuales y las aplicaciones y redes sociales, es el que ha distorsionado lo que es real de lo que es ficticio y lo que es privado de lo que público.
Y si bien esto tiene implicaciones para la democracia, para la participación política, la acción colectiva, la información económica y deportiva, lo que sí está claro es que marca uno de los motivos de la dispersión y erosión estudiantil dentro de las universidades.
Ahora, este fenómeno interfiere con el mercado y la composición del trabajo. Ya se pasó del trabajo manual al trabajo intelectual, pero hay en la actualidad un nuevo tipo de trabajo dado por la farándula, la creación de contenidos de entretenimiento y la creación de entornos unipersonales donde el trabajar muestra su estilo de vida, comenta sus miedos, deseos; prepara comida, hace guías turísticas por la ciudad, revisa juegos de vídeo, o narra partidos de fútbol de hace 5 o 10 años. Esta diversificación de vendedores de contenido tiene acogida y logran recaudar dinero por estas actividades. Pero su trabajo no es necesariamente la construcción o elaboración de algo nuevo, sino la utilización de algo existente para dotarle de un nuevo significado.
Así, este trabajo que más que un trabajo virtual es un trabajo de adaptación de viejos saberes y acciones humanas es el que nutre el sentido común hoy en día. Y es por eso que se tiene la noción de un adanismo cultural, político, económico y social. Un adanismo que no es sino la posibilidad de hacer de cuenta que todo vuelve a iniciarse una vez según la persona que encuentra y cuneta un dato que se cree encontrado por primera vez.
Hay una narrativa implícita en esa acción y ella completa la producción de sentido sobre el trabajo de adaptación, y es esta adaptación la que sostiene la época de opacidad y simplificación de los saberes, conocimientos y profesiones.
Por ello, cuando hablamos de algoritmos también estamos hablando de este tipo de trabajador que saca una ventaja del nuevo capitalismo, y hace que todo conocimiento precedente se simplifique y al hacerlo le quita profundidad y capacidad intelectiva, comprensiva y proyectiva del mundo. Este trabajador al final es que mina cualquier posibilidad de reorganizar el mundo. Son los operadores del sistema capitalista que nace de la interacción de empresas tecnológicas y plataformas virtuales.
Estos son los trabajadores que difunden una idea del mundo, del dinero y de la notoriedad. Y son las que terminan dinamitando desde dentro las universidades al expandir la idea de que es mejor crear contenidos que estudiar y que es mejor conocer una fracción del mundo que la totalidad y que es más rápido e inmediato el disfrute en la juventud que en la edad adulta.
Por tanto, lo que se encuentra con estas variables en movimiento tiene que ver con la educación, tecnología, los algoritmos que relacionan a los mismos creadores de contenidos y la posibilidad de ver cómo está cambiando el trabajo y los oficios. Y si esto cambia, la educación también debe cambiar. No se trata de migrar a entornos virtuales, ni fusionar estado y educación con metaversos, sino establecer líneas de conducta de los nuevos estudiantes dado que ellos mismos se ven como usuarios que ven un vídeo, una película o otro creador de contenidos. Cuando como consumidores consumen estos contenidos, tienen la capacidad de poner pausa, adelantar o saltar lo que les aburre, contradice, incomoda y molesta. Lo mismo desean hacer con la educación, carreras, materias y lecturas. Quieres saltárselas, adelantarlas o descartarlas. Y en ese sentido el contexto se pierde y se demanda a la Inteligencia Artificial, por lo tanto, nace otro bucle que se alimenta a sí mismo.
Pero lo que no se percibe es que esto es malo o ineficiente para la persona, sino que la percepción es contraria, que el contenido es el errado, esto es porque los demás creadores de contenido han emanado esa noción.
En un mundo donde los contenidos complejos y profundos son malos, lo que resta es una resistencia cultural o una diversificación de las oportunidades laborales o una nueva elaboración de los aspectos centrales de lo que se entiende por educación, conocimiento y pensamiento crítico. Pero todo esto no tendría sentido si antes no se tiene una mínima noción sobre el mundo que nos rodea. No sólo el cambio climático o la migración o la violencia. También sobre la producción de alimentos, el desequilibro entre salarios para hombres y mujeres, o el elevado coste de la vivienda y los impuestos. Si añadimos estos factores económicos a la relación de variables, la presentación de la realidad se vuelve insostenible en el tiempo.
Y en segundo lugar porque hace mucho más incierto el futuro de la humanidad, de los conocimientos, las artes y las ciencias. No es que vayan a desaparecer o se terminen para siempre los científicos, artistas, educadores u otros profesionales, sino que estos o serán reemplazados por Inteligencias Artificiales generadoras de contenidos o esos contenidos serán demandados cada vez de manera más fragmentaria o menos completa. Así como ahora no se busca discos completos de música, sino sólo canciones.
Al moverse sobre ese eje de constitución de otras necesidades, aparece en el mundo nuevas maneras de interacción social, nuevos empleos, nuevos trabajos y nuevos modos de acumulación de riqueza y en paralelo, las universidades y carreras pierden estudiantes y pasan a ser objetos del pasado como conectados con la realidad.