A medida que la vida avanza la sensibilidad se hace más porosa que la razón —cuyas raíces se topan con la arena del tiempo debajo del suelo fértil. Sentir las emociones a flor de piel y poder expresarlas se convierte en un privilegio de quienes han vivido una vida plena. Es bueno dejar que la esencia de humanidad nos cubra con su manto de dignidad. Al fin y al cabo, para qué vivimos si no es para dejar un legado visionario de valores humanos.
Esto es algo que no entenderán los que viven del cálculo oportunista, del engaño premeditado, de la traición a los amigos y de la inversión de valores, con las mil excusas que pueden encontrar, coartadas para justificar trayectorias torcidas, guiadas por la ambición de poder y de los privilegios efímeros que proporciona.
El jueves 5 de febrero me hice estas reflexiones a raíz de una feliz coincidencia que me tocó vivir. La cámara de diputados rindió homenajes a dos queridos amigos, Antonio Eguino y Antonio Araníbar. Al primero en la mañana y al segundo en la tarde, en el nuevo edificio de la Asamblea Legislativa (un hormiguero donde “trabajan” menos del 20% de los “padres y madres de la patria”), curiosamente en el mismo auditorio que lleva el nombre de Salón de Interpelaciones, que para el común de los mortales —como yo, y otros que nos hicimos la misma reflexión, suena a cámara de torturas.
Antonio Eguino y Antonio Araníbar son amigos entrañables por razones diferentes y a la vez concurrentes, por ello me parece apropiado referirme a ellos en un mismo texto, a partir de la coincidencia de la fecha de los homenajes que ambos recibieron no solamente de los diputados que acogieron la iniciativa y la impulsaron, sino de la multitud de amigos que los rodearon y acompañaron en ambos actos.
Antonio y Antonio son personas de talento e integridad que han contribuido al país durante más de 60 años, uno desde la actividad cinematográfica y el otro desde la política. Ambos tuvieron la oportunidad de ser servidores públicos en diferentes niveles y áreas del Estado, y ambos se caracterizaron siempre por su honradez, su honestidad, su ética y su compromiso con el país. Ninguno se enriqueció, ni dentro ni fuera del Estado, sino que se dedicaron con absoluta idoneidad a trabajar por el bien de Bolivia, sin otra ambición que la de servir. Eso, entre otras cosas, tienen en común: integridad, lealtad, honestidad, ética y compromiso.
Y esto es importante decirlo para las nuevas generaciones que durante los 20 años nefastos del MAS dejaron de comprender los valores, tal como los entendíamos en el siglo pasado. Al joven que tenía 10 años de edad en 2006 —cuando el MAS subió al poder— y que ahora tienen 30 años, le ha sido imposible conocer otra cosa que no sea la corrupción, el oportunismo, el tráfico de influencias y la repartija incalculable de los bienes comunes del patrimonio de todos los bolivianos, en función de una revancha con la historia mal entendida.
A ellos hay que explicarles que antes vivíamos con valores, que la lucha política era decente, que en el poder o en la oposición existía el respeto por las diferencias ideológicas, que un adversario no es un enemigo. Salvo, por supuesto, en el caso de las dictaduras militares (Barrientos, Banzer, Natusch, García Meza) y de los gobiernos autoritarios masistas (que ocuparon el poder durante más tiempo que todas esas dictaduras militares sumadas).
Antonio Eguino fue víctima de la dictadura de Banzer, estuvo preso algún tiempo por su actividad de cineasta, porque así es siempre: el autoritarismo es enemigo de toda acción que promueva la democracia y la libertad de expresión. Películas como “El coraje del pueblo” de Jorge Sanjinés, donde Antonio hizo la fotografía, son relatos sobre la historia de Bolivia que los militares no querían ver ni dejar ver. En París, donde pasé el exilio de Banzer, organizamos una campaña para lograr la libertad de Antonio Eguino. Grandes actores y directores de cine firmaron una carta exigiendo su liberación.
Antonio Araníbar acaba de regresar después de 20 años de exilio. Para ser más claros: los gobiernos del MAS y la “justicia” torcida y corrupta le robaron 20 años de su vida. No fue solamente exilio, fue peor: el MAS se ocupó de presionar a otros gobiernos de América Latina para que Toño no pudiera seguir la meritoria carrera internacional que tenía. Algo parecido hizo Banzer cuando instruyó que para ingresar a Bolivia los bolivianos requeríamos una visa.
Antonio y Antonio aman a Bolivia y aman la vida democrática, porque sólo en democracia puede florecer la libertad y la cultura. Sólo cuando existe el libre juego de ideas y el pensamiento crítico se puede derrotar al pensamiento único, que es siempre vertical, abusivo y aplastante. Los militares y el MAS quisieron imponernos el pensamiento único, los unos vestidos con uniforme y los otros disfrazados de impostura indigenista. En ambos casos resultaron bribones, aunque el MAS superó a las dictaduras militares en los niveles de corrupción. Y ojo: muchos que militaron en la antigua izquierda fueron cómplices, aunque luego hayan dado vuelta a su chaqueta o hayan desaparecido de los titulares.
Antonio Eguino y yo nos conocemos desde principios de la década de 1970, es decir, somos amigos desde hace 55 años. Como en toda amistad, hemos tenido acuerdos y desacuerdos, lo cual ha servido como amalgama para unirnos más y valorarnos mejor. La amistad es lealtad, no es obsecuencia. Colaboré en la etapa inicial de la escritura de los guiones de una de las cuatro historias de Chuquiago (la película boliviana más taquillera de nuestra historia), junto a Luis Espinal y Oscar Soria. Desde que regresé a Bolivia en junio de 2013 nos hemos visto regularmente, pero más aún en años recientes. Nunca nos falta tema de charla los miércoles en su apacible casa en Taypichullo.
Antonio Araníbar y yo nos conocemos también desde la década de 1970, aunque no logro recordar cuándo ni cómo fueron nuestros primeros encuentros, probablemente alrededor de la COB, que yo solía frecuentar primero como novel periodista de El Nacional a principios de esa década (durante el gobierno de Juan José Torres), y a fines de la misma década como columnista del semanario Aquí (de 1979 en adelante). Tengo fotos de las marchas en las que el MIR se lucía por la fuerza de su juventud y de sus convicciones. Eran otras épocas. Nuestra amistad se paseó por Perú y Ecuador, a través de amigos comunes, y se estrechó en México, donde coincidimos durante un par de años por trabajo. Vivíamos muy cerca el uno del otro, en Polanco, y solíamos almorzar juntos casi todos los domingos, con Ivonne y Katherina. Es una época de gratos recuerdos a pesar de que el propio Toño no sabía que su exilio ya había comenzado y duraría tanto.
Los homenajes del 5 de febrero a Antonio y Antonio surgieron de iniciativas diferentes, pero ambos se caracterizaron por el enorme cariño que reinó en el ambiente.
El homenaje a Antonio Eguino fue gestionado por el Sindicato de Trabajadores Técnicos del Cine y Audiovisual Boliviano (SITTCAB), quienes consideran que es el cineasta del que más aprendieron. Los técnicos avivaron la iniciativa de declarar el 5 de febrero, cumpleaños de Antonio, como el Día del Trabajador del Cine Boliviano, y la diputada Pamela Jaldín Vélez levantó el guante. La declaratoria tomará un tiempo todavía, pero tuvimos un hermoso homenaje que montaron los técnicos en el Salón de Interpelaciones, donde Paolo Agazzi, Marcos Loayza y Raúl ‘Pitín’ Gómez, dijeron breves palabras.
Cuando habló Antonio, embargado por la emoción, olvidó narrar una anécdota que me había contado el día anterior y que resume su relación fraternal con los técnicos: la trayectoria de Freddy Delgado, uno de los mejores foquistas y asistentes de cámara del cine boliviano, que lo aprendió todo con Antonio desde que la madre de Freddy, que era lavandera en casa de Antonio, le pidió un trabajo “de cualquier cosa” para su hijo adolescente.
Antonio Eguino supo depositar su confianza en los técnicos, que dieron lo mejor de sí mismos para que pudieran llevarse a la pantalla producciones cinematográficas tan ambiciosas como “Amargo Mar” o “Los Andes no creen en Dios”. Ramiro Valdez, entre otros, ha sido el autor de este homenaje, aunque como es su estilo, se ha mantenido detrás de bastidores. La producción de un corto video sobre el cine detrás de las cámaras y el valor del trabajo de los técnicos de cine, fue parte del acto.
El homenaje a Antonio Araníbar fue gestado en la cámara de diputados, resultado de la complicidad de dos parlamentarios: Juan del Granado y Santiago Ticona. La sala estaba llena de amigos leales, más allá de las siglas políticas. El respeto y cariño por Toño flotaban en el ambiente. El presidente de la Cámara de Diputados, Roberto Castro Salazar, entregó el Reconocimiento Camaral, y los otros dos diputados dijeron algunas palabras. Juan del Granado subrayó la enorme estatura moral y ética de Araníbar, más allá de sus casi dos metros de estatura, y el diputado Santiago Ticona fue aún más vehemente y sin pelos en la lengua cuando señaló al masismo como responsable de un exilio tan prolongado como penoso.
Cuando le tocó a Toño ponerse de pie con dificultad para leer el discurso de cuatro páginas que había escrito, un silencio absoluto reinó sobre el Salón de Interpelaciones, solo interrumpido de vez en cuando por aplausos. Comenzó citando los versos de la emblemática canción “De regreso” de Matilde Casazola: “Desde lejos yo regreso / Ya te tengo en mi mirada / Ya contemplo en tu infinito / mis montañas recordadas / ¡Ya contemplo en tu infinito mis montañas recortadas!”
La voz de Toño recorría con dificultad las líneas impresas y se rompía de emoción contagiosa en los momentos en que recordaba episodios dolorosos, como el asesinato de ocho compañeros de la dirección clandestina del MIR en la calle Harrington, el 15 de enero de 1981. Al escuchar esa voz quebrada por los años y por la injusticia, todos en la sala queríamos en nuestro fuero íntimo fortalecerla y elevarla con nuestro sentimiento colectivo de profunda empatía y complicidad. Las últimas palabras del discurso de Toño las dirigió a su pequeña bisnieta, vestida de intenso rojo, que se acercó en ese momento a la palestra: “Matilde, tienes un compromiso con la historia”.
Hace poco volví a ver una vieja entrevista de Julio Cortázar en el programa “A fondo” de Joaquín Soler Serrano en la televisión española. En ella el autor de “Rayuela” expresa que valora más la intuición y la emoción que la racionalidad. Dice, por ejemplo, que es de los que se conmueve cuando ve una película y sale de la sale disimulando los ojos humedecidos. Así me he sentido yo el jueves 5 de febrero al ser partícipe del homenaje a estos dos queridos amigos: Antonio y Antonio.
Alfonso Gumucio es escritor y cineasta.