Miguel Alfonso Ávila
El ambiente en el restaurante El Parián, en el corazón de la ciudad paceña, era denso, saturado por el vaho de la fritura recalentada que flotaba entre las mesas y el incesante bullicio de la calle. Afuera, la ciudad rugía: los vendedores ambulantes pregonaban sus mercancías al compás de los micros que subían por la empinada avenida, estrujando sus frenos de aire en un silbido metálico y agónico.
El dirigente, don Humberto Quispe, con movimientos lentos y calculados, se limpió los restos de grasa de los labios con un pañuelo de lino blanco antes de encarar el enjambre de micrófonos que lo aguardaba en la entrada.
—Este gobierno hambreador nos está matando —declaró con voz engolada, proyectando una gravedad impostada que contrastaba con el brillo de sus gafas de marca y la pulcritud de su traje de cachemir—. ¡Nuestra lucha es hasta las últimas consecuencias! No descansaremos hasta que los derechos de los hermanos campesinos sean reconocidos por la Casa Grande del Pueblo.
Al terminar su arenga, saludó con la mano derecha en alto, emulando un misticismo revolucionario, y regresó a su mesa. Sobre el mantel blanco reposaban los restos de un fricasé de llama y una jarra de cerveza vacía. Su secretario, un hombre escuálido que cargaba un cuaderno como si fuera un escudo, se acercó con un susurro eléctrico:
—Jefecito, afuera están los delegados de Omasuyos. Dicen que ya no tienen coca para el acullico, que se les acabó el chuño y que los echaron del alojamiento por falta de pago.
Quispe acomodó un bolo de hoja selecta en su mejilla y apuró el último sorbo de su bebida antes de responder con indiferencia:
—Diles que la lucha requiere sacrificios, muchacho. Si el gobierno nos ve durmiendo en hoteles con calefacción, dirán que no hay crisis. Que se queden en la plaza San Francisco; ahí se ven bien para las fotos. Mañana enviaré a los fotógrafos temprano para que los retraten con la basílica de fondo.
Al salir, el aire gélido golpeó a la comitiva. Un campesino de manos agrietadas se acercó tímidamente, sujetando del brazo a su hijo:
—Jefecito… nos prometieron comida y los cien pesitos. Los hermanos lloran de hambre.
—Paciencia, compañero —mintió Quispe sin detener el paso hacia su vagoneta climatizada—. Al camarada que traía la remesa lo detuvo la policía. Es un sabotaje. Aguanten por el Proceso de Cambio.
El cristal blindado aisló al dirigente del frío, dejando al campesino en la acera, mirando cómo los faros del vehículo se perdían en la niebla como dos ojos de fuego que se alejaban.
Bajo los arcos góticos de la Basílica de San Francisco, el frío de los Andes brotaba del suelo como una humedad punzante que calaba hasta los huesos. Los campesinos, unos cuarenta hombres, mujeres y niños de las comunidades de Omasuyos y Aroma, acomodaban cartones de cajas de zapatos y lonas rotas para protegerse del granito helado de la plaza. A lo lejos, más allá del valle que se perdía en la neblina, el Illimani comenzaba a teñirse de un azul violáceo con el primer aliento de la noche, actuando como un espejo macabro que reflejaba el brillo de la Casa Grande del Pueblo: ese bloque de vidrio y acero que dominaba el horizonte paceño.
—Mira, Ciprián —dijo un hombre joven llamado Aníbal, frotándose las manos para calentarlas y señalando hacia la cima del nevado—. Dicen que ahí arriba, en los pisos altos de la Casa Grande, el jefe mayor tiene saunas, jacuzzi y alfombras de seda importadas. El brillo que ves en la nieve no es el sol, es el reflejo de sus luces que nunca se apagan, ni siquiera cuando llueve o nieva.
Ciprián, un hombre de cincuenta años con el rostro curtido por el sol y el viento, suspiró mientras repartía un poco de coca seca que había guardado en un trozo de pañuelo:
—Ese brillo no nos calienta, muchacho. Es como el fuego del rayo: hermoso de lejos, cuando lo ves caer en la cima de los cerros, pero si te acercas, te carboniza hasta dejarte solo cenizas.
—La Pachamama no miente, Ciprián —replicó Rosa, una mujer de ojos oscuros que envolvía a su hijo de cinco años en una manta de lana de oveja con motivos de colores—. Pero ellos sí. Nos dicen que somos «soldados de la causa», pero a los soldados se les da de comer y un techo donde dormir. Esa luz allá arriba… esa es nuestra sangre convertida en electricidad para sus aires acondicionados y sus luces de neón.
Mientras tanto, en la suite presidencial del hotel Mirador, Quispe pedía un whisky Etiqueta Negra. Para él, esos cuerpos en la plaza no eran personas; eran herramientas de presión, fichas de cambio en una partida de ajedrez financiero. Cerró las cortinas de terciopelo y se recostó en sábanas de algodón, repasando el discurso de traición que pronunciaría al día siguiente.
El alba en la autopista La Paz-El Alto no trajo luz, sino una neblina gris con olor a caucho quemado. Los campesinos, debilitados, habían bloqueado el paso con piedras. A las ocho de la mañana, un rugido de motores resonó en la vía. No eran los víveres; eran los buses blindados de la policía táctica.
—¿Dónde están los jefes? —preguntó Aníbal, mirando hacia atrás. La retaguardia estaba vacía. No había prensa ni dirigentes. Estaban solos.
Un estallido seco rasgó el aire. Una granada de gas lacrimógeno cayó a los pies de Rosa. El humo blanco y asfixiante envolvió la escena. En ese momento, Aníbal miró su celular. Una transmisión en vivo mostraba a don Humberto en un set de televisión con calefacción:
—Lamentamos informar que grupos radicales e infiltrados están provocando violencia. Los hermanos legítimos ya se están retirando tras el acuerdo que hemos firmado con el Gobierno.
Ciprián dejó caer la piedra que sostenía. El peso de la traición era más doloroso que el gas en sus pulmones. Mientras la policía avanzaba con el ritmo monótono de sus escudos —tac, tac, tac—, los campesinos comenzaron a huir por los cerros, dispersos y derrotados. Con la fe convertida en ceniza, sentían el aire de la traición como si el Illimani se derritiera sobre ellos. En medio del caos, Aníbal escuchó la voz de un anciano que aparecía entre el humo: «Sabía que esto pasaría; no es la primera vez. No queda más que volver a nuestros ayllus».
El viaje de retorno fue un calvario de tres horas sobre un camión frutero. El hijo de Rosa, el pequeño Jhamil, no volvió a ser el mismo. El humo blanco había colonizado sus pulmones. A partir de entonces, su tos se convirtió en un sonido seco, como el crujir de las ramas muertas; un ritmo que marcaba los días en la pampa desolada.
En la soledad de su casa de adobe, Rosa comprendió que el silencio del altiplano se había roto para siempre. Cada vez que Jhamil tosía, ella sentía el ardor del gas en sus propios ojos; la tos era el eco de la traición de Quispe entrando en su hogar. Una tarde, Rosa tomó su telar, pero sus dedos se negaron a repetir los patrones de siempre.
—La lucha es para los que tienen qué comer al volver —susurró, mientras acariciaba la frente febril del niño.
Rosa comenzó a tejer de nuevo, pero ya no buscaba la simetría de las flores ni los colores del arcoíris. Sus manos, guiadas por la tos de Jhamil, crearon figuras oscuras: vagonetas con ojos de fuego, hombres de lino con lenguas bífidas que devoraban sacos de chuño y nubes blancas que atrapaban a niños pequeños. Era un código nuevo, una escritura de lana para que la memoria no se disolviera como el humo.
Cuando las otras mujeres de la comunidad se acercaban al pozo, Rosa extendía su manta. Ya no era solo una prenda; era una lección.
—Miren este hilo —les decía, señalando una figura dorada pero opaca—. Este es el brillo que no calienta. No escuchen sus promesas, porque sus palabras terminan en la garganta de nuestros hijos, volviéndose piedra y tos.
Así, Rosa convirtió el dolor en pedagogía. Mientras Jhamil crecía con los pulmones heridos, la comunidad aprendía a leer el engaño en los nudos de Rosa. El tejido de las verdades amargas se volvió el mapa con el que los comuneros aprendieron a distinguir a un líder de un mercader.
Tres años después, el poder, ese amante voluble, abandonó a Humberto Quispe. Un «bono de gestión» ilegal salió a la luz y sus aliados de ayer fueron los primeros en señalarlo. Terminó sus días en una celda de la cárcel de San Pedro, a pocas cuadras de la plaza donde había abandonado a los suyos.
Una madrugada de invierno, la calefacción de la prisión falló. El frío de La Paz, ese que él siempre había visto tras vidrios blindados, entró en su celda como un cobrador implacable. Humberto, tiritando bajo una frazada de plástico barata, se acercó a los barrotes. En su delirio, creyó ver que miles de ponchos blancos bajaban del Illimani. De repente, el silencio de la celda fue interrumpido por un sonido imaginario pero ensordecedor: una tos seca, infantil y persistente que parecía succionarle el aire.
Lo encontraron al amanecer, con los ojos fijos en la montaña indiferente. En su mano derecha apretaba un viejo amuleto de piedra, una roca tan fría y dura como las verdades que Rosa seguía tejiendo, incansable, en la inmensidad de la pampa.