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Mary Shelley y el moderno Prometeo: un mito eterno

En la historia de la literatura hay obras que se convierten en mitos y atraviesan generaciones con la misma fuerza de su primera aparición. Frankenstein o el moderno Prometeo, escrito por Mary Shelley en 1818, es una de ellas: un relato nacido en medio de tormentas y desafíos intelectuales que se transformó en espejo de la ambición humana, del miedo a lo diferente y de la soledad del rechazo.

Jorge Larrea Mendieta

«Recuerda que soy tu criatura: debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído, a quien privaste de alegría sin culpa alguna. En todas partes veo felicidad de la que solo yo estoy irrevocablemente excluido. Fui benevolente y bueno; la desgracia me convirtió en un demonio. Hazme feliz y volveré a ser virtuoso.» – Frankenstein.

El 1 de febrero de 1851, Londres despedía a Mary Wollstonecraft Shelley, pero el mundo jamás pudo despedirse de su criatura. Con apenas diecinueve años, había escrito Frankenstein o el moderno Prometeo, una novela que no solo inauguró la ciencia ficción, sino que se convirtió en un mito moderno, capaz de atravesar siglos, idiomas y culturas. La muerte de Shelley cerró la vida de una mujer marcada por la tragedia y la genialidad, pero abrió la eternidad de una obra que sigue interpelando a la humanidad.

La gestación de Frankenstein es ya parte de la leyenda literaria. En el verano de 1816, en Villa Diodati, Suiza, Mary se encontraba junto a Percy Bysshe Shelley y Lord Byron. Las tormentas que oscurecían el cielo, el desafío de Byron de escribir historias de terror y la atmósfera de misterio dieron lugar a una visión que cambiaría la literatura: un científico que osaba desafiar a los dioses creando vida artificial. De ese instante nació una obra que, publicada en 1818 en tres volúmenes y de manera anónima, pronto se convirtió en un fenómeno. En 1823, ya con su nombre en la portada, Mary Shelley se consagró como una voz única en la literatura universal.

La novela abre con una advertencia que resuena hasta hoy: “Aprende de mí, si no de mis preceptos, al menos de mi ejemplo, cuán peligroso es adquirir conocimiento y cuán más feliz es el hombre que cree que su pueblo natal es el mundo entero, que aquel que aspira a ser mayor de lo que su naturaleza le permite.” En estas palabras se condensa la tensión central de la obra: el conocimiento como poder y como condena. La criatura, por su parte, expresa con desgarradora claridad la tragedia de su existencia: “Yo era benevolente y bueno; la desgracia me convirtió en un demonio. Hazme feliz y volveré a ser virtuoso.” Shelley nos muestra que el monstruo no nace malvado, sino que es la sociedad la que lo margina y lo empuja hacia la violencia.

La recepción de la obra fue sorprendente. Traducida al francés en 1821 y al alemán en 1823, pronto alcanzó otras lenguas como el italiano, el español y el ruso, hasta llegar a más de treinta idiomas en la actualidad. Se calcula que existen miles de ediciones y millones de ejemplares vendidos, aunque no hay cifras exactas acumuladas. Lo cierto es que Frankenstein se convirtió en uno de los clásicos más difundidos de la literatura, comparable en alcance a Drácula o Don Quijote.

El impacto cultural fue inmediato y duradero. La criatura de Frankenstein se transformó en un símbolo universal del miedo a lo diferente y del rechazo social. La historia plantea preguntas que siguen vigentes: ¿hasta dónde puede llegar la ciencia sin perder de vista la responsabilidad moral? ¿Qué ocurre cuando la ambición humana desafía los límites naturales? Estas interrogantes han convertido a la obra en un referente en debates sobre bioética, filosofía y tecnología, especialmente en la era contemporánea marcada por la inteligencia artificial y la biotecnología.

El cine consolidó la imagen icónica del monstruo. La primera adaptación apareció en 1910, producida por Edison Studios, pero fue en 1931, con Boris Karloff bajo la dirección de James Whale, cuando el monstruo adquirió su rostro definitivo: cuadrado, con tornillos en el cuello, una presencia imponente que se grabó en el imaginario colectivo. Desde entonces, más de setenta películas han retomado la historia, y el mito ha inspirado cómics, series, videojuegos y debates académicos. Kenneth Branagh intentó devolverle su hondura filosófica en 1994, y cineastas contemporáneos como Guillermo del Toro han manifestado su interés en nuevas versiones.

Críticos y escritores han visto en Frankenstein una obra que trasciende géneros. Harold Bloom afirmó que “Frankenstein es el mito más importante de la modernidad, porque nos recuerda que la creación humana puede volverse contra su creador.” Mario Vargas Llosa señaló que la novela es “una metáfora de la soledad y del rechazo, que convierte al monstruo en un espejo de nuestras propias miserias.” Estas lecturas muestran que la obra no es solo un relato de terror, sino una profunda reflexión sobre la condición humana.

Mary Shelley, hija de la filósofa feminista Mary Wollstonecraft y del pensador William Godwin, supo unir en su obra la fuerza del pensamiento crítico y la sensibilidad literaria. Su vida estuvo marcada por la pérdida de su madre al nacer, la relación compleja con su padre, la fuga con Percy Shelley y la muerte de varios de sus hijos. Esa experiencia de dolor y fragilidad se refleja en la novela, que es también un grito contra el abandono y la soledad. Shelley rompió las barreras de género en un siglo XIX dominado por hombres y demostró que la voz femenina podía ser innovadora, profunda y universal.

Hoy, más de doscientos años después, Frankenstein no es solo una novela: es una advertencia, un espejo y un mito. La criatura y su creador siguen caminando entre nosotros, recordándonos que el pasado no está muerto, ni siquiera ha pasado. Mary Shelley nos legó una obra que no envejece, que se renueva con cada lectura y que nos obliga a mirar de frente nuestras propias verdades amargas. En la era de la inteligencia artificial y la biotecnología, sus preguntas son más urgentes que nunca. ¿Qué significa crear vida? ¿Qué responsabilidades acarrea el poder de la ciencia? ¿Qué ocurre cuando el creador abandona a su criatura?

Este artículo busca rescatar la dimensión humana y épica de Mary Shelley y su obra. Frankenstein es un mito eterno porque habla de nosotros, de nuestras ambiciones y de nuestros miedos, de nuestra capacidad de crear y de nuestra incapacidad de asumir las consecuencias. Es un texto que nos recuerda que la literatura no solo narra historias, sino que ilumina las sombras de la condición humana. Mary Shelley, con su joven pluma, nos entregó una obra de colección que sigue viva, capaz de interpelar a nuevas generaciones y de recordarnos que el conocimiento sin ética puede ser tan luminoso como devastador.

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