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Arte y desplazamientos en América Latina

Márcia Batista Ramos

Migrar es reconfigurar el modo en que habitamos el tiempo, la memoria y el lenguaje.

El desplazamiento en América Latina resuena como una crónica de la pérdida, pero también como una ontología del presente. Migrar, en este territorio, rara vez es un gesto puro. No se parte solo por deseo, sino por necesidad, por urgencia y por desgaste. Se migra porque el suelo ya no alcanza, porque el trabajo se evapora, porque la violencia aprieta, porque la historia —esa administradora persistente de desigualdades— vuelve inhabitable lo cotidiano. Pero también se migra por curiosidad, por amor, por formación, por una intuición estética o intelectual que empuja hacia otros horizontes. En esa tensión entre huida y búsqueda se inscriben los cuerpos migrantes latinoamericanos: cuerpos atravesados por la falta, pero también por la potencia.

Pensar la frontera como experiencia encarnada obliga a convocar los restos, las huellas y los silencios que artistas como Doris Salcedo han hecho visibles. Sus muebles sepultados en cemento, sus sillas vacías, insisten en una verdad incómoda: el hogar —ese espacio que debería ofrecer amparo— se ha convertido en un lugar de duelo. El arte no formula aquí respuestas políticas directas; opera de otro modo. Se vuelve una herramienta sensible capaz de tocar el vacío desde el cual parte el migrante, de hacer perceptible aquello que los lenguajes institucionales no logran nombrar.

Las prácticas artísticas contemporáneas en América Latina han hecho de esos cuerpos un territorio de pensamiento. No los observan desde afuera: los habitan. El cuerpo migrante, exiliado o diaspórico aparece como archivo vivo, como superficie donde se inscriben las marcas del desarraigo, la traducción constante, la negociación identitaria. En performances, instalaciones, obras visuales y narrativas híbridas, el cuerpo se vuelve frontera móvil: porta lenguas mezcladas, gestos aprendidos y desaprendidos, memorias fragmentarias que no siempre encuentran un lugar en los relatos oficiales.

El exilio —forzado o silencioso— ha modelado una estética de la interrupción. Las obras nacidas desde la experiencia del desplazamiento suelen renunciar a la linealidad y optar por el montaje, el corte, la superposición. La diáspora introduce un tiempo quebrado: un antes que no termina de irse y un después que nunca se asienta del todo. De ahí emergen lenguajes visuales que trabajan con restos, documentos incompletos, fotografías desplazadas de su contexto, mapas intervenidos que ya no orientan, sino que interrogan. El archivo deja entonces, de ser una promesa de estabilidad para convertirse en una práctica afectiva, vulnerable, abierta a la reescritura.

Para el arte latinoamericano contemporáneo, las fronteras no son solo líneas trazadas en un mapa. Son experiencias que atraviesan el cuerpo. Son el idioma que se quiebra en la boca, el acento que delata, el nombre mal pronunciado, el cuerpo leído como extraño, incluso cuando permanece quieto. Son también fronteras emocionales: la culpa de quien se fue, la nostalgia sin idealización, la sensación persistente de no pertenecer del todo a ningún lugar. El arte trabaja estas fronteras como zonas de fricción, no para borrarlas, sino para volverlas visibles y pensables.

En el diálogo histórico y contemporáneo entre América Latina y Estados Unidos, estas tensiones se intensifican. La migración hacia el norte ha sido leída con frecuencia desde matrices utilitarias o securitarias. El arte introduce otra lógica. Desde el sur, los artistas responden con estrategias de reapropiación simbólica que desmontan estereotipos, cuestionan las narrativas del éxito migrante y revelan las violencias estructurales que sostienen ciertas promesas. No se trata solo de influencia cultural, sino de traducción forzada, de resistencia estética, de negociación constante entre visibilidad y exotización.

Esta fricción alcanza una intensidad particular en la frontera México–Estados Unidos, donde la reconfiguración del lenguaje adopta formas colectivas y tecnológicas. Proyectos como Transborder Immigrant Tool, del colectivo Electronic Disturbance Theater 2.0, desplazan el arte hacia el terreno de la desobediencia civil. Al diseñar una herramienta de geolocalización que guía a los migrantes hacia fuentes de agua en el desierto mientras recita poesía, el lenguaje poético deja de ser metáfora para convertirse en tecnología de supervivencia. La poesía funciona aquí como brújula vital y como pensamiento crítico encarnado.

En esa misma frontera, el proyecto Border Cantos de Richard Misrach y Guillermo Galindo recoge los objetos abandonados en el cruce —ropas, bidones de agua, restos materiales— y los transforma en instrumentos sonoros. Aquello que antes marcaba la huella anónima del paso se convierte en vibración, en sonido, en reclamo. El desarraigo ya no solo es visible: resuena e irrumpe en el espacio acústico de la memoria colectiva.

En relación con Europa, la migración latinoamericana arrastra inevitablemente la larga sombra colonial. El desplazamiento artístico dialoga con museos, academias y circuitos que históricamente han hablado sobre América Latina más que con ella. Frente a ese escenario, muchas prácticas contemporáneas ensayan gestos de desobediencia: alteran lenguajes curatoriales, introducen memorias incómodas, cuestionan la supuesta neutralidad del archivo y devuelven la mirada. Europa aparece así no solo como destino, sino como campo de disputa simbólica, donde se negocian sentidos, legitimidades y silencios heredados.

En esta línea, artistas como Regina José Galindo y Teresa Margolles convierten el cuerpo en archivo. Al trasladar al museo la materialidad del suelo fronterizo —el polvo, la sangre, los restos— obligan a esos centros de poder a respirar aquello que preferirían mantener a distancia. Sus obras no solicitan empatía: exigen responsabilidad. Devuelven la mirada y quiebran la comodidad del espectador.

El arte latinoamericano contemporáneo no se limita a representar la migración y el desplazamiento: los encarna como forma de pensamiento. En estas prácticas, la inestabilidad no aparece como excepción, sino como condición desde la cual se reorganizan el tiempo, la memoria y el lenguaje. El cuerpo deviene archivo vivo, la frontera se vuelve experiencia sensible y el desplazamiento deja de ser solo tránsito para convertirse en método crítico. Lejos de suturar la herida, el arte la mantiene abierta, no como espectáculo del dolor, sino como espacio de interrogación. Allí, la identidad no se fija ni se resuelve: se construye en movimiento, en la fricción constante entre pérdida y potencia, entre memoria y porvenir.

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