Patxi Irurzun
Aquellas navidades, Odnat-Nevni-Yot-Seolem, sultán de Mogadiscio, regaló a don Carlos, Príncipe de Viana, una jirafa, que vino a sumarse a la colección de exuberantes animales que poblaban los fosos, pajareras y jardines de la corte de Olite: leones melenudos, búfalos de aguas, lobos cervales, parlanchines loros de colores…
A don Carlos el obsequio le complació particularmente, pues a diferencia de a otras bestias, conseguía dar de comer a la susodicha jirafa con sus manos, dado que la cabeza de esta sobresalía hasta lo alto del muro del patio en que fue recluida. De ese modo el príncipe podía acariciar y palmear su cuello, susurrarle confidencias en las pequeñas y puntiagudas orejas, bromear con ella imitando los gestos desbocados de su mandíbula cuando triscaba las hojas con las que la alimentaba…
Pese a todo lo cual los ojos de la jirafa mostraban siempre un brillo de tristeza y melancolía.
Don Carlos interpretó entonces que el animal necesitaba otro tipo de atenciones que su compañía no podía satisfacer, de modo que, transcurrido un año de su llegada a Olite, hizo traer a Olite un macho que mitigara la soledad y los instintos de la cuadrúpeda.
Así fue en cuanto a lo primero: la pareja se convirtió en inseparable, caminaban siempre juntos y, cuando el príncipe se acercaba a darles de comer, sus cuellos se estiraban trenzándose, trepando el muro como dos hiedras enredadas. Mas en lo referido a lo segundo, al apareamiento, no parecían mostrar mucha prisa, así que don Carlos, impaciente, mandó llamar a los dos mamporreros más hábiles del Reino.
Poco acostumbrados, no obstante, a los animales exóticos y sus longilíneos atributos sexuales, durante la monta, que se complicó sobremanera, pues además aquellas otras navidades una copiosa nevada había cubierto el patio, los inseminadores acabaron resbalando y derribando torpemente al macho, con tan mala fortuna que este al caer se partió el cuello y murió en el acto, nunca mejor dicho.
Durante los días siguientes, la hembra permaneció tumbada sobre la nieve, con el cuello hecho un ovillo sobre su propio y trémulo cuerpo, los ojos cerrados, inapetente y mortecina.
Pero lo más curioso de todo fue que, durante los escasos días que tardó en fenecer, las motas naranjas de su piel fueron desdibujándose, hasta que su cuerpo se tornó completamente blanco.
Finalmente, en la mañana del Día de Reyes, en el lugar en que la jirafa solía recostarse, encontraron solo un montón de nieve que comenzaba, lentamente, a derretirse y bajo el cual, una vez que se fundió por completo, apareció un corazón agrietado pero que aún conservaba la forma del mapa de África.