“El gaúcho no es un mito pintoresco. Es una herida que aprendió a caminar erguida.”
Márcia Batista Ramos
No encuentro en mi memoria el momento exacto en que me sentí parte de mi tierra. Sólo sé, que yo me hice gaúcha antes de pronunciar la palabra Brasil. Porque no fue un instante, ni un gesto, tampoco una palabra dicha en voz alta. Fue el tiempo y el viento. Fue algo que se fue asentando, como el polvo fino de la pampa, hasta volverse inevitable.
Antes de sentirme parte de ésa hermosa tierra, hubo paisaje observada por la ventana del tren, del ómnibus o del asiento de atrás en el auto de mi padre. Las “coxilhas” onduladas, sin urgencia. El campo abierto, donde el horizonte guarda las noches estrelladas detrás del poniente más espectacular de la tierra. Y el viento, siempre el viento, enseñándome que avanzar no es ir lejos, es apenas saber sostenerse.
Yo no aprendí a amar a mi tierra en los libros de historia o cantando los himnos en las horas cívicas. Sencillamente, mi amor por mi tierra no comenzó en un decreto, ni terminará en una bandera. Comenzó en la tierra roja que se abre bajo el sol, con el horizonte que promete un nuevo día.
Creo que el Río Grande do Sul no se explica, pues al igual que el tiempo, se atraviesa. Y en ese atravesar, uno aprende pronto que nadie llega a tiempo para decirnos quiénes somos.
Mis bisabuelos vinieron de Europa llegaron de lejos, cruzando mares con los bolsillos llenos de ausencia, con la paciencia del que espera milagros. Portugal, Italia, Alemania: nombres que traían historias incompletas, lenguas que se fueron adelgazando con los años, manos dispuestas al trabajo y una nostalgia que no pedía consuelo, pero ardía bajo la piel.
Otros bisabuelos no llegaron: fueron traídos a la fuerza, arrancados de su origen, despojados del nombre, convertidos en cuerpo útil, en fuerza sin voz, anotados en registros que no guardaban memoria de dónde fueron desgajados. Ellos también aprendieron a amar el Rio Grande do Sul, pero desde el dolor.
Todos ellos, aprendieron a querer esa tierra que se dejaba habitar y para amarla había que aprender la lentitud del pasto, la obstinación del ganado, la ética del que sabe que nadie vendrá a salvarlo y que cada uno se salva a sí mismo. Ellos sabían que el trabajo no pide permiso y al llegar encontraron tierra dura, pero honesta.
Los bisabuelos dejaron una herencia silenciosa que todavía sostiene mis pasos, además, me dieron esa sangre y mis ojos vítreos, nostálgicos y adoloridos. Todos ellos se quedaron en mí: en la resistencia callada, en la dignidad que no se arrodilla, en la memoria que no acepta el olvido como destino
Mis abuelos nacieron desparramados como semillas por todo el Estado, cuando el suelo ya no era promesa, sino realidad. No se preguntaron si pertenecían o no. Apenas trabajaron, criaron, resistieron. Eso bastó. Y ellos sin querer fueron paisaje. Fueron campo abierto. Fueron espera.
Mis padres crecieron con una idea clara de que esta tierra no se abandona, aunque a veces duela. La amaron sin estridencia, como se ama lo que no necesita defensa constante. Tenían esa forma de estar en el mundo con una mezcla de orgullo y cautela.
Yo nací después.
Nací en medio de todo eso. En la continuidad invisible de generaciones que no pidieron permiso para pertenecer. Nací con los pies hundidos en la “coxilha”, con el viento empujándome el nombre hacia adentro y con el silencio de la pampa enseñándome que pertenecer no es quedarse.
Pertenecer es llevar adentro.