Maurizio Bagatin
Un día fui marinero. En mi fantasía viajé con piratas y tuve aventuras con Huckleberry Finn, viajé sin lanzar ancla en ningún puerto, saltando de una quimera a otra, abandonando las proas y desviando siempre las rutas al último momento. Luego, muchos años después, alcancé la costa jónica, San Vito y su mar cristalino, de una transparencia fulminante. Ahí la escuela naval y su mundo anclado al pasado: jerarquías, ordenes, y todas estas vainas del servicio militar. Para dejarla para siempre. Y así fue, “tocata y fuga” de casi dos años entre puertos y puertos, como alguien que aquí llamarían chasky. Llevaba de ida cartas y mensajes en código y traía de vuelta los aromas de todos los mares que abrazan la península.
El perfume de mar me invadió esta mañana, la sal marina sobre la piel, y los inmaculados cuerpos blanqueándose y al mismo tiempo bronceándose. Hace más de treinta años atrás cuando me atreví en escribir una poesía dedicada al mar. A sus profundidades.
Mis padres me visitaron en aquella Ariminium que ya no conservaba el estado de ánimo de Malatesta, de Paola y Francesca como tampoco el Amarcord de Fellini. Era otra. Era la Rimini de uno de los veranos de los años ochenta, así desbordada y desbordante, infiel a sí misma, irreconocible. Para mis padres fue una aventura inolvidable, desafío a un mundo pueblerino arrinconado en interminables canículas sosegadas. La noche de su llegada me invitaron una pizza que el pizzero logró quemar; sabor a mar y ceniza, a fuego salado y a tiempo encostrado. Un recuerdo que nunca borraron de su mente. La avería del coche en su viaje de retorno no fue tan gran evento como lo de la pizza quemada.
Recordaba a Caorle, tranquilo centro de pescadores que en verano se transforma. A todos los pequeños puertos los prefiero en invierno, cuando el mar desata su ira y enfurecido me recuerda al Moby Dick. Una mujer cantaba que “el mar en invierno es como una película en blanco y negro”. Béla Tarr. Tierra sin dioses y con muchas tragedias. Conchas que se pulverizan en las playas desiertas, humedad salitrosa que penetra la madera de los esqueléticos vestuarios, de los barcos abandonados, que enmohece las banderas sobrevivientes al verano. Encanto cruel también para el capitán Ahab. El viaje de Magallanes fue así brutal: “En vano gritan, se retuercen y gesticulan los engañados nativos, invocando el nombre de un Dios mágico, Setebos -Shakespeare ha tomado prestado de ellos su nombre” narraba la enorme peripecia Stefan Zweig.
El Adriático es Jano bifronte. A una orilla toda la finísima arena sin transparencia, a la otra las rocas de un choque milenario. A una orilla los residuos de paludes, malaria e industrias contaminadoras, a la otra el silencio balcánico que es orquesta al despertar. En su final es la memoria del retorno de Virgilio, Bizancio y su perfume oriental. Lepanto de lejos que observa y recuerda. El Jonio es Caronte que guía en el Averno muchos hombres y mucha historia. Es el oro y el humo negro de Tarento, dos mares dentro de un golfo. El mar Tirreno es etrusco. La memoria de Heródoto y los vulcanes, las interminables islas que fueron patrias y tumbas. De lejos el canto de sirenas inmortales y el viaje de Ulises, para nosotros una sirena encantadora, Lighea. Sigue el eco de Napoleón y de Garibaldi, la ventana siempre abierta al Mediterráneo y al continente más grande, África.
Y ahora que el mar es así tan distante.
“Entre el mar y yo”
Seco a los rayos ardientes
espuma babosa en los bordes del muelle:
eres el brillante columpio
de un deseo imposible.
Fluyes en vísceras
para luego emerger
plácido, de mármol
nudo a las gargantas quemadas, secas
salado y dulce
de la eternidad que ostentas en ti.
De un asalto retiras la ola
ofreciendo parte de ti
al verso ventilado
que lleva gotas
a una sangrienta y seca tierra.
¡Ah! Cómo descansas
alto, profundo,
de todos los volúmenes
en ti ambiguos.
Cómo despiertas en la concha
el monstruo del letargo
inhumano.
Como cancelas en la concha
el modelado y
lo transfiguras de una eliminación
ondulante;
entre las piernas
y el pecho femenino.
Cuantos mares antes de los océanos infinitos.
Nota: De la traducción de la poesía: traducir es siempre traicionar. Traducir poesía es mucho más. La traducción, como sostenía Ortega y Gasset, debería ser considerada un género literario. La traducción de esta poesía es de mi autoría, hecha traicionando mí misma escritura.