40 años de una ilusión

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Celebrar los 40 años de la democracia boliviana es un acto de autocomplacencia ingenua y no de racionalismo; mucho menos de crítica constructiva. Celebrar el 10 de octubre es celebrar algo que ya no se tiene hace mucho tiempo. Como si un matrimonio felizmente casado hace muchos años celebrara sus bodas de rubí cuando la verdad es que en él ya no hay amor y, por tanto, está a punto de divorciarse. Como si esa pareja celebrara la pura formalidad de estar casada ante las leyes y bajo la formalidad de un papel vacío y sin espíritu, habiendo desechado el compromiso verdadero de renovar, un día a la vez, el amor que algún día se juró. Aunque duela, celebrar 40 años de democracia es algo similar a esa historia de amor aparente.

Hay una analogía muy fuerte entre la concepción de nación y Estado de Renan y Ortega y Gasset, por un lado, y la concepción del amor de San Pablo, por otro: ambas realidades se hacen día a día, en una batalla de resistencia que se funda en la voluntad diaria de soportar al otro y construir un algo común que dé sentido de futuro. Eso no ha ocurrido en estas cuatro turbulentas décadas de supuesta democracia en Bolivia.

¿Hablamos del régimen del MAS? No exclusivamente. Hablamos del periodo casi inmediatamente posterior a la conquista de la democracia en 1982. Concretamente, de los años que van de 1989 a 2022, sin querer decir con esto que el MNR del 85 al 89 haya sido un dechado de democracia. Todos aquellos gobiernos, pese a haber sido tolerantes en cuestiones de libertad de prensa y opinión y a haber implementado ciertas reformas de fondo en la Constitución, no encarnaron una verdadera democracia debido a la corrupción y el clientelismo que siguieron campeando en ellos. Ninguno fue un gobierno realmente liberal, uno que, por ejemplo, quitara los privilegios al estamento político, eliminara el cuoteo, transparentara los gastos del Estado o implementara una profunda reforma en el Órgano Judicial o en la educación, acciones todas ellas imprescindibles si se quiere hablar de una democracia genuina. De hecho, durante estas cuatro décadas la cultura política y las mentalidades bolivianas se mantuvieron casi intactas, y ello es la prueba inequívoca de que realmente hay bien poco que celebrar.

Es más. Mi lectura es profundamente reprochable para con esos partidos y sus gestiones, pues fueron sus malas prácticas las que le abrieron de par en par las puertas al populismo de izquierdas que hoy está carcomiendo los pocos resabios democráticos que quedan en Bolivia.

Piénsese solo en esto: Si durante estos cuarenta años hubiera habido democracia —una verdadera y real democracia, un ambiente en el que la política no estuviera secuestrada solamente para élites mediocres—,  los partidos no se hubieran desacreditado tanto, el sistema no hubiera implosionado y, por tanto, el populismo de izquierdas no hubiera irrumpido en el escenario nacional. (Uruguay y Chile, por ejemplo, son modelos —al menos hasta el momento— de cómo una democracia real puede establecer un sistema institucional sólido que no se desestabilice por los movimientos progres, populistas o izquierdistas). Pero como eso no ocurrió, se cumplió el profético aunque no siempre deseable presagio de Zavaleta Mercado: lo nacional-popular terminó tomando el poder.

El boliviano debería celebrar 40 años de elecciones periódicas, pero no de democracia. Elecciones periódicas es una cosa; democracia, otra muy diferente. Pero las elecciones periódicas, según mi modesto entender, no deberían ser motivo de tanta alegría. Y es que el boliviano promedio no se da cuenta de que mientras más elecciones existen (el acabose de esta situación es la elección de magistrados) la democracia es mucho más débil y la sociedad mucho menos libre. La mayoría de la población boliviana cree que mientras a más plebiscitos y procesos electorales asiste, más libre, empoderada y soberana es; cree que asistir a procesos electorales relativamente frecuentes es sinónimo de que se le está confiriendo más soberanía y más poder ciudadano. Incluso hace unos días un columnista de prensa, plagándose a los convencionalismos históricos y probablemente defendiendo los festejos por el 10 de octubre, me dijo que democracia y corrupción pueden coexistir. Eso nos dice que incluso los intelectuales bolivianos tienen una idea conformista o distorsionada de lo que es una verdadera democracia. Entonces, es natural que la población quede gobernada por caudillos y demagogos que reproducen la situación de una democracia aparente, una que solamente está en las leyes y la Constitución, pero no en la realidad.

Así la situación, los que creemos tener un mínimo sentido crítico de la realidad no tenemos que celebrar nada. Más al contrario, mucho que lamentar.

Ignacio Vera de Rada es profesor universitario