22, calle de León Tolstoi, Kiev

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A Victoria Nedohybchenko

Todos estaban enamorados de Anna Ajmátova: Blok, Mandelstam, Gumiliev… Cuando leo sus memorias y menciona un lugar cercano a Kiev donde vivía su madre, me digo que estoy aquí. Qué privilegio.

A cuadra y media está el Jardín Botánico, el Parque Shevchenko. Yo que soñé con las páginas de Molnar y el Botánico de Budapest, me siento ahora en un banco grisáceo y escucho caer las hojas amarillas, redondeadas, de un árbol que desconozco. Pasa un perro detrás de algo arrojado por su ama, algunos niños con sus padres, dos, tres jubilados tomando sombra. El gusto por el decaimiento, la senectud de esto que todavía podría ser Europa Central pero se tira al este y tiene tártaros en los ojos de sus mujeres bellas. La felicidad para mí carga color de otoño.

Inicialmente, al ver las gradas sombrías me espanté. Olía a humedad; sabía a tiniebla. La diferencia con la colorida comida marroquí de Sabah en aquel piso 7 del Madrid de ayer, era obvia. Aquí los pintores habían dotado al espacio de crudo color de orín. El ascensor para dos, tres ajustados. Piso quinto.

Han pasado 7 días y estoy más que conforme. Este silencio es refugio grato de lectura y escribir. Volvería a abrir las chirriantes puertas metálicas, a ver la neblinosa penumbra de las cinco. Podría anotar un libro entero en mi silla plegable con escritorio negro. Un vaso de agua que imagino vodka en homenaje a Bukowski. De él entré a un bar con su nombre y estaba vacío. Cerveza en botella Stella Artois. Salí, prefería el bar popular de cerveza ucrania donde todos me creen turco. ¿Bolivia? Qué animal será ese en las llanuras de África.

Siete días y en cuatro me voy, retorno a la más o menos paridad norteamericana, a ganarme el dólar para comprar ladrillo y reconstruir, que el edificio caído ya reclama por concreto y teja. Por lecho y vino, Bach y Haití.

No apuro el vaso de vodka-agua. En calzoncillos escribo, azules como varoniles deben de ser, con calcetines negros y rombos rojos, pensando en rostros que he visto estos días y que han arrebatado a mis hijas pensando en un papá orate. Que esta nieve de barba no refleja el corazón de hierro, y los pantalones esconden, todavía, las piernas de un zaguero paraguayo, de esos que dan leña.

A mí venía a tocarme la calle de León Tolstoi, Lva Tolstoho en ucraniano. A mí que adoro al santón que no era muy santo y bastante irascible. Todos los trenes de Rusia me llevan a él. Todos amaban a Anna Ajmátova. Yo también. Y Modigliani.

Ya me conocen en el mercado besarabo, y ayer, domingo, que entré temprano bien peinado con lustrosos zapatos, las tres dependientas sonreían, hablaban entre sí y reían. No soy tonto para no darme cuenta, no necesito el idioma. Y algo coqueto soy, vanidad de feo, y jugué al extranjero tonto para ver brillar ojos azules.

A cada rato tomo un expreso amargo. Eso, en Ucrania, me gustó, los cafés al paso, en autos con las puertas abiertas y una máquina, en una silla con otra y una vieja de pañoleta que hasta menea el azúcar en tu vaso si lo pides. En la acera. Café informal, no es mala idea. Y hay cerveza al paso, un cuartito con varias pilas en la pared y la nota de a qué cerveza pertenecen. Te la llevas en botella de Coca Cola, en un vaso plástico, o la bebes parado, al pie de las ametralladoras. No hay sillas. Tome y váyase, no discuta ni converse.

Cero grados en el exterior. Una buena ducha caliente me ha disipado dudas acerca de mi hombría. El día, así gris, pinta bien. Voy a extrañar mi casa del 22 de la calle Tolstoi, y mis paseos por el parque. Vuelvo a una modernidad cómoda pero a veces sosa.  Si regreso, quién sabe. Lo sabrá ella.