Mirna Luisa Quezada Siles

Cada febrero, Copacabana, en el departamento de La Paz, Bolivia, cobra vida con una devoción única durante la fiesta de la Virgen de la Candelaria, celebrada en conmemoración de la purificación de la Virgen María y la presentación del Niño Jesús en el templo. Esta imagen, de origen estrictamente boliviano, fue tallada por el escultor indígena aymara Francisco Tito Yupanqui alrededor de 1580 y entronizada localmente el 2 de febrero de 1583, fusionando la tradición cristiana católica universal con la cosmovisión andina del altiplano boliviano.
Francisco Tito Yupanqui, creó esta efigie autóctona en madera de maguey con rasgos mestizos aimaras, desafiando prejuicios coloniales al rechazar modelos europeos directos y ganando aprobación tras examen en La Paz. De casi un metro de altura, muestra a la Virgen con el Niño en el brazo izquierdo, vela purificadora y palomas, y preside la Basílica de Copacabana bajo mantos y joyas votivas, declarada Patrona de Bolivia en 1925.
El agustino Alonso Ramos Gavilán documentó en su «Historia del Célebre Santuario de Nuestra Señora de Copacabana» (Lima, 1621), tras visitas en 1618, las procesiones, misas y milagros desde 1583 en este sitio boliviano, consolidando su fama entre indígenas y españoles del altiplano. Esta obra temprana registra la devoción como fenómeno local, posicionando Copacabana como uno de los santuarios marianos más antiguos de América.
No es solo el movimiento de peregrinos ni el flujo de turistas lo que transforma al municipio en estas fechas, sino una energía profunda que parece emerger del Lago Titicaca y de las montañas que lo rodean. La festividad de la Candelaria no es únicamente un evento del calendario religioso, también es un recordatorio de que Copacabana sigue siendo, ante todo, un espacio de fe viva y espiritualidad compartida, donde la religiosidad no se observa desde fuera, sino que se vive y se camina.

Ubicada a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar, Copacabana es el corazón espiritual del lago sagrado y uno de los símbolos más potentes de la religiosidad andina y católica del país. Antes de la llegada de los españoles, esta región ya era un centro ceremonial importante, vinculado al culto solar y a deidades lacustres. Con la evangelización, esas antiguas creencias no desaparecieron del todo, sino que encontraron nuevas formas de expresión. La Virgen de la Candelaria se integró así a un universo simbólico previo, convirtiéndose en protectora del lago, de los navegantes, de los hogares y de quienes emprenden viajes físicos o espirituales.
Acercarse a Copacabana ya es parte del ritual a partir del cruce del Estrecho de Tiquina, con el lago extendiéndose como un espejo infinito que invita al silencio y a la contemplación. Para muchos peregrinos, ese trayecto marca el inicio de una disposición interior distinta, una pausa frente al ritmo cotidiano. Sin embargo, esa experiencia espiritual contrasta con carencias materiales que parecen haberse normalizado con el tiempo, como el deterioro del transporte lacustre y la falta de cuidado en los servicios básicos que acompañan al turismo, una tensión constante entre lo sagrado y lo descuidado.

La Basílica de Nuestra Señora de Copacabana se impone como el centro simbólico de esta fe persistente. Construida entre los siglos XVII y XVIII, combina elementos del barroco mestizo con una sobriedad que dialoga con el entorno altiplánico. Sus muros de piedra resguardan a la Virgen tallada por Tito Yupanqui, una imagen pequeña en tamaño, pero enorme en significado, que desde hace más de cuatro siglos convoca promesas, agradecimientos y plegarias. Coronada canónicamente en 1925, la Virgen de Copacabana fue reconocida oficialmente por la Iglesia como una de las devociones marianas más importantes de Bolivia, reforzando un culto que ya estaba profundamente arraigado en el pueblo.
Al frente de la basílica, la Capilla de Velas recoge el lenguaje silencioso de cientos de devotos que encuentran en la llama encendida una forma íntima de diálogo con lo sagrado. Allí se concentran peticiones por salud, trabajo, protección familiar y buen destino en los viajes. Las velas, el humo del incienso y las flores crean un ambiente cargado de simbolismo, donde la fe se expresa más con gestos que con palabras.

Pero Copacabana no es solo su basílica. Existen otros espacios que amplían la experiencia espiritual y cultural, como las ruinas arqueológicas que recuerdan su pasado prehispánico y la Iglesia de Colquepata, recientemente remodelada, que se suma al patrimonio religioso del municipio y permanece aún fuera del radar de muchos visitantes. Estos lugares refuerzan la idea de que la fe en Copacabana no está concentrada en un solo punto, sino dispersa y viva en el territorio.
El Cerro Calvario representa quizás la prueba más clara del sincretismo que define a Copacabana. Allí, la ch’alla, las ofrendas a la Pachamama y las mesas rituales conviven con el viacrucis católico, demostrando que la fe, en este lugar, no excluye sino integra. Durante la festividad de la Candelaria y en otras fechas importantes, el cerro se llena de personas que suben con cruces, miniaturas, flores y deseos. Desde su cima, el Lago Titicaca se revela no solo como paisaje, sino como presencia espiritual, como un cuerpo de agua que guarda memoria y sentido.
El turismo, motor económico del municipio, creció de manera sostenida y coloca a Copacabana entre los destinos más visitados del país, especialmente en fechas vinculadas a la Virgen. La bendición de objetos, viviendas y vehículos, práctica extendida y profundamente simbólica, muestra cómo la devoción se adapta a la vida contemporánea sin perder su esencia. Sin embargo, ese crecimiento no fue acompañado del cuidado necesario. Calles deterioradas, señalización insuficiente y espacios públicos descuidados contrastan con el mensaje espiritual que el lugar transmite. A ello se suma la necesidad urgente de más contenedores de basura y de letreros educativos que inviten al visitante, interno y externo, a respetar y proteger un entorno que no es solo turístico, sino sagrado.
La preocupación ambiental añade otra capa a esta reflexión. La contaminación del lago, las aguas residuales sin tratamiento adecuado y la deficiente gestión de residuos sólidos ponen en riesgo no solo al ecosistema, sino también al sentido espiritual que históricamente acompañó a estas aguas. En Copacabana, cuidar el lago es un acto de fe tanto como de responsabilidad. La Virgen de la Candelaria, entendida por muchos como protectora de estas aguas, interpela a la comunidad y a las autoridades a asumir un compromiso real con el entorno que da sentido a su devoción.
Así, cada febrero, la fiesta de la Candelaria no solo renueva una tradición religiosa, sino que abre una conversación más amplia sobre identidad, memoria, cuidado y coherencia. Copacabana celebra a su Virgen entre procesiones, cantos y velas, pero también se mira a sí misma, consciente de que preservar lo sagrado implica cuidar tanto la fe como el lugar que la sostiene.