Los dos Papas, Bergoglio y Morales

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Ya ni jocoso resulta ver a los líderes “comunistas” reptar la escalinata vaticana para recibir la bendición de una mano no tan sancta. Bergoglio, “el papa peronista”, parece afectado por la misma enfermedad de los realistas (monárquicos) del siglo XXI. No se trata de mal cálculo: sabe bien que la única propuesta salvadora para la iglesia está en volcarse al sabor populista, pero, a pesar de que la carta ya sea defenestradora o eternizante de un gobierno se encuentra en la economía y no en la política, la base otrora sólida de estos individuos hábiles en lucrar con el dolor de los pueblos se ha modificado y tiembla. El Cristo redivivo, según muestra con claridad la copia del rancho del presidente como pesebre navideño, concuerda con su público de feroces escribidores y doncellas mal habidas, en que nada queda enfrente suyo aparte de eternidad. Me pregunto que habrá comentado Francisco al respecto. Quizá preguntó quiénes eran los reyes magos (o las reyas, para seguir la aberración lingüista del socialismo bastardo), y si María era la señora Ayma de Orinoca y si José… bueno, ahí hay un conflicto conyugal mítico en la Biblia que mejor ni tocar.

Cuentan que el tema fue Chile, el fatídico mar que se desea con fervor como vía de escape ilegal para las producciones oscuras de Bolivia; por eso los cárteles del mundo entero avalan y apoyan esta justa demanda que de acuerdo a los intereses particulares en juego resulta falaz. El beneficio del pueblo, para quienes pudieran pagarse el viaje, estaría en remojar las carnes en aguas bastante frías, no otro. Las grandes movidas históricas siempre se hacen -y han sido- para los poderosos, estén estos ya tiznados de rojo o de azul, no importa. Hay ricos y hay pobres; el discurso cae por su propio peso. O se gobierna de manera colectiva, sin líderes endiosados, o siempre estaremos bregando con desigualdades y humillante justicia. O se toma el poder y se lo rige de manera realmente popular, juiciosa, responsable y equilibrada, o tenemos a estos monstruos que quieren apoltronarse en la silla para siempre. Para eso, por supuesto y con gran antecedente histórico, también hay solución.

Francisco I, el papa y no el riguroso y excéntrico rey de aquella Francia opulenta, se caracteriza por ser calculador. Dice lo que le conviene. Se codea con la hez gobernante del planeta y, de cuando en cuando, aporta con palabrejas que se divulgan como memes por las redes sociales con cierto sentido profético. No tendría a este, ni en fotografía, en la pared de la cocina. Mejor una desnuda recortada de un periódico mostrando elementos físicos que reales, tangibles quizá, pero no ostentosos y embusteros como los de los papas, reyes, princesas, divas y cabareteras aquí expuestos.

El aliciente del déspota Donald Trump ha revitalizado a estos tiranos menores. Si arriba, en la cumbre de la pirámide, lo hacen, por qué no hacerlo debajo, con poblaciones más expuestas a la burla y el engaño. La cháchara democrática, que pareciera va a convertirse en objeto obsoleto, veta de conversar acerca de lo que realmente consiste el derecho de los pueblos hacia sus líderes, las opciones que se tienen, se deben y se pueden, de tomar la sartén por el mango. Si a un gobernante le asiste el derecho “humano” de ser dios, a otros les asiste el suyo de ser iconoclastas, rebeldes y hasta subversivos. Si el tirano remueve la baraja para confundir figuras y palos, el otro bien puede quemarla y tirarla a la basura, que en el juego de la vida hay barajas y barajas en gran número, no definiciones ni entelequias.

Mientras tanto, que dios y los achachilas los bendigan, que aquí estamos ocupados en contar plata.

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